Klas Östergren - Caballeros

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Cuando el protagonista, homónimo del autor, conoce al gentleman Henry Morgan comprende que ha dado con su alma gemela. A Klas acaban de robárselo todo, así que decide ponerse en manos de Henry: este le descubre un anacrónico mundo de lujo, y le revela que está planeando robar el oro del castillo de Estocolmo. Y entonces aparece Leo, hermano de Henry y poeta maldito, que acaba de salir del psiquiátrico.
¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?

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Henry sentía tristeza, y también indecisión y esperanza. No sabía adónde ir, pero ya no tenía por qué sentir remordimientos por abandonar a una Lana desconsolada por su traición. Ahora que toda Gran Bretaña estaba de luto, Lana no tenía por qué sentirse sola. El duelo era el duelo.

Vacas santurronas

(Leo Morgan, 1965-1967)

Después de Herbario (1962) aparecería el segundo volumen de poesía de Leo Morgan. Se titulaba Vacas santurronas y llegó a los escaparates de las librerías más o menos por la misma época en que en Suecia comenzamos a conducir por la derecha, que fue en septiembre de 1967.

Vacas santurronas mostraba una faceta totalmente distinta. Los críticos llegaron a la conclusión de que algo trascendental le había ocurrido al poeta. Su silencio de cinco años -siempre se habla de «silencio» para referirse a poetas que no están sacando constantemente poemarios; los poetas que nunca se han visto afectados por ese singular «silencio» deberían probarlo: suele ser bueno para la poesía- había sido como la calma que precede a la tormenta. Prácticamente todo el círculo de críticos vio en Leo Morgan al portavoz de una nueva generación, como el Bob Dylan del parnaso sueco, un poeta excéntrico que conjugaba un lenguaje moderno con un modernismo clásico, significara lo que significase.

Es de suponer que el poeta reaccionaría a esos comentarios con un silencio despectivo. Nunca reconoció a dios alguno. Había puesto a aquellos ídolos en un pedestal solo para poder escuchar el placentero estruendo que producía su caída. La blasfemia se convirtió en el sello distintivo de Leo Morgan.

Pero había sido un largo camino hasta llegar allí, hasta el otoño de 1967, y no resultaba difícil hacer un minucioso y extenso inventario de la formidable bolsa de valores, citas e influencias -todas las corrientes literarias desde Baudelaire hasta Ekelöf y Norén, todos los discos desde los Beatles hasta Zappa- que sacudieron y zarandearon la mente del poeta. Al igual que le sucedió a toda la juventud de mediados de los sesenta, Leo Morgan fue objeto de una inagotable corriente de impresiones y sensaciones, cuya única finalidad era consumir ideas, ropa, drogas y personas como cíclopes de un solo ojo.

Así pues, Vacas santurronas fue una gran erupción poética, que en cierto modo anunciaba la erupción política que culminaría en la primavera del sesenta y ocho. Desde un punto de vista literario, los sismógrafos acusaron un gran impacto. Muchos críticos reconocieron estar impresionados ante el furioso ímpetu, la energía poética liberada que ardía en cada sílaba. Tuvo que ser alguna especie de ángel Rilke el que susurraba al oído de Morgan.

En este caso el método poético consistía en alimentar un volcán hasta colmarlo con las figuras del culto de la sociedad occidental -algo así como una suerte menor de los Cantos- solo para dejar más adelante que todo aquel magma explotara en una erupción aniquiladora de invectivas que hacían que Dante apareciera como el más cobarde panegirista.

En oposición a la representación «tradicional» del Bien -personificado por Dag Hammarskjöld, Winston Churchill, John F. Kennedy y Albert Schweitzer, todos del siglo veinte, todos muertos-, el poeta ofrece un fértil y creciente Caos. Escudriña y castiga a sus víctimas, haciéndolas aparecer como simples e ingenuas figuras que solo aspiraban al Bien. Detrás de sus fachadas se escondían los motivos más bajos y las perversiones más abyectas -Hammarskjöld era un pervertido reprimido, Churchill pintaba a modelos desnudas, Kennedy abusaba de sus secretarias y Schweitzer propagó la sífilis entre las tribus nativas-, oscilando entre la rumorología general y las puras invenciones de la imaginación. Pero lo peor de aquellos embajadores del Bien era su corrupta Lealtad.

En contraposición a esa noción de aparente lealtad, Leo opone el éxtasis altruista, el fuego de la combustión espontánea que es cualquier cosa menos leal. Por primera vez en su vida, Leo deja que la deslealtad irrumpa en el sistema. Ese orden que intentó establecer en Herbario aparece ahora como una quimera, un orden falso. Se trata de una revelación tan amarga como perturbadora y dolorosa.

De hecho, resulta asombroso que una editorial respetable, y además sueca, se atreviera a publicar un libro tan desmesurado y blasfemo como Vacas santurronas . Tal vez fuera por pura inconsciencia o descuido. Quizá el editor preveía una tirada corta y un exiguo número de lectores. El poeta ya no era ningún prodigio: tenía dieciocho años y su momento de gloria había pasado. No era más que una antigua estrella de El Rincón de Hyland , merecedora apenas de alguna breve mención en las revistas, que reseñaron que «ahora al dulce poeta le ha salido pelusa en la barbilla y ha escrito algunos poemas coléricos…», y cosas por el estilo.

Mientras estoy aquí sentado en el maltrecho escritorio de este apartamento siempre lúgubre, hojeando Vacas santurronas diez años después -es el ejemplar de su abuelo paterno, muy usado y con signos de admiración aquí y allá en los márgenes-, solo puedo constatar que la fuerza y la energía de la lava poética de Leo todavía perduran. Por derecho propio, el título del poema debería aparecer en alguna antología escolar, pero, que yo sepa, aún no se ha hecho. Puede que sea por una grave negligencia de los responsables de educación o, más probablemente, por la carga demasiado impactante de su contenido.

El punto de vista es brillante. Ya desde el título, Leo escudriña a sus vacas santurronas a través de la mira telescópica de un rifle máuser. El poema es una especie de largo monólogo en boca de un asesino a sueldo cuya misión es disparar contra el mojigato coro de hipócritas. Para poder matar, se ha provisto de pastillas y de la perspectiva limitada que le brinda la mira del rifle, a fin de garantizar que las víctimas nunca sean sujetos en un ambiente específico, individuos en alguna especie de contexto. Las personas vistas a través de la mira telescópica se convierten en muñecos, figuras silueteadas, casi abstractas. Esa es la condición lógica y necesaria para el asesinato: para poder matar, la víctima debe ser algo abstracto a lo que llamar enemigo, y quizá luzca uniforme para poder diferenciarlo de otras víctimas. El asesino y verdugo no puede ver al ser humano: tiene que ver un organismo abstracto, a quien él, con toda su profesionalidad, su destreza y su precisión, pueda inyectar una buena dosis de plomo que garantice su indefectible muerte.

La filosofía del asesino constituye el prólogo y preludio de Vacas santurronas , y, en mi opinión, ese pasaje se encuentra entre los más feroces, crudos y brutalmente descarnados que se hayan escrito jamás en este país.

Después de haber establecido la filosofía del asesino, las víctimas empiezan a aparecer en la mira de su rifle: «Hammarskjöld duerme en su habitación de hotel / Génesis 38 tiene orejas de perro / la vergüenza tiene ojos…», piensa el asesino, y apunta a Onan que derrama su esperma sobre la tierra. «Churchill, quién es la chica en Funchal / que se agarra a la balsa salvadora del puro…», piensa el asesino, y apunta a la pintura del ministro en Madeira. Y el poema prosigue en ese tono, hasta que el verdugo concluye finalmente su misión y limpia el mundo de esos santos, nuestras vacas santurronas. La gente está indignada y se siente abandonada; el enviado de los dioses ha dejado la tierra y cualquier cosa puede sobrevenir: el Mesías, Zaratustra o un nuevo Hitler. Ningún verso revela quién encargó su misión al asesino: podría ser un Dios desdeñado, indignado por la veneración idólatra de los humanos, o el mismo Satanás, furioso por la misma razón.

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