— Me pregunto cuál de los dos está más borracho… — sentenció Mario Zambrano—. O cuál más loco… Si yo, por beber ron y enamorarme de una chiquilla inalcanzable, o usted, por fumar esos asquerosos puros y tratar de convencerme de que durante cuatro días he dado asilo a una hija de los dioses…
«Mamá Shá» tardó en responder, ocupada como estaba ahora en extraer del bolso un grueso ovillo de lana y dos largas agujas de hacer calceta.
— Yo no trato de convencerte de nada… — dijo al fin—. Pero por poca sensibilidad que tengas, te bastará con mirar a tu alrededor y comprender que ahora esta casa es distinta, porque el espíritu de esa criatura permanece aquí… Es como si las paredes y los muebles se hubieran impregnado de su esencia, y por mucho que ese barco la aleje, nos ha dejado parte de ella… — Le miró con fijeza y esa mirada era casi una súplica—. ¿Me permitirás venir a menudo a sentarme en silencio y llenarme de su presencia…?
— ¡Mientras no convierta mi casa en una especie de Santuario de su gente…! No me gusta el «Vudú», ni los que lo practican… — Bebió de nuevo y se sirvió el resto de la botella—. Antes usted y su magia me divertían, pero después de lo ocurrido ya no es lo mismo…
— Nadie lo sabrá, puedes estar seguro… — Sonrió, mostrando su enorme hilera de blanquísimos dientes—. Este es un secreto que nos pertenece… Y no debes sentir tanto desprecio por el «vudú»… — aсadió—. Hay mucha charlatanería, es cierto… Sobre todo entre los haitianos y los brasileсos, que lo han convertido en una prolongación del Carnaval, pero cuando se estudia a fondo abre los ojos a muchas cosas que nunca hubiéramos siquiera imaginado.
— Prefiero no conocerlas…
— ¿Te da miedo saber…?
Mario Zambrano se había puesto en pie al comprobar que había agotado hasta la última gota de ron, dejando la botella sobre una mesa repleta de botes de pintura, pinceles y frascos de petróleo y aguarrás. Se aproximó luego a la baranda, apoyándose en ella, y contempló largo rato el mar, cuya inmensidad se había tragado ya la embarcación.
— Me voy al puerto… — dijo al fin sin volverse—. Creo que si me quedara acabaría tirándome al mar.
— Emborrachándote no conseguirás nada, hijo… — sentenció la negra—. Y no tienes que tratar de olvidar, sino todo lo contrario: lucha por recordar que una vez conociste a una persona como ella. Te hará bien.
— Usted lo ve desde otro punto de vista, y no puede entender lo que siento…
— Sí que lo entiendo, hijo, pero también sé que es mejor así. —Agitó la cabeza mientras cambiaba de manos la labor—. Aunque ella no fuera una niсa, jamás conseguirías ser feliz a su lado. Hubieras vivido siempre aterrorizado por la idea de perderla, porque sabes muy bien que no es para ti… Si estás así sin apenas conocerla, imagina lo que sería si en verdad hubiera llegado a pertenecerte…
— Nunca me pasó por la mente la idea de que me perteneciera, «Mamá Shá»… No al menos de la forma que usted piensa… Me cree, ¿verdad?
— Sí, hijo… Te creo… Pero el tiempo te hubiera hecho cambiar… Cuando se ama a alguien se desea tenerlo… Y tenerlo para uno solo, en propiedad exclusiva… Y ella es de todos… De todos y de nadie… — Lanzó un hondo suspiro—. Ese será su destino… Y lo fue desde el día mismo en que nació, porque es un ser demasiado perfecto.
Mario Zambrano permaneció un largo rato oteando el horizonte, y al fin se encaminó a la pequeсa escalera que bajaba directamente al sinuoso camino que descendía a la playa.
— ¿Se queda…? — inquirió a punto ya de marcharse.
— ¡Si no te importa…! — La negra sonrió levemente—. Me agrada estar aquí y notar su presencia a mi alrededor… — Bruscamente el tono de su voz cambió enronqueciendo—. De hecho… — aсadió—. es como si una extraсa fuerza me impidiera marchar… Sé que no volverá nunca, pero sé, también, que tengo que quedarme.
Mario Zambrano la observó sin comprender qué era lo que pretendía decir, y al fin agitó la cabeza y se alejó, tambaleándose de un modo apenas perceptible por el empinado sendero.
Una vez a solas, la inmensa «Mamá Shá» observó todo a su alrededor, como si a ella misma la intrigase, aguzó la vista en un inútil esfuerzo por distinguir una vez más al navío, y por último se recostó en el respaldo de mimbre de la alta butaca, cerrando los ojos con aspecto de encontrarse en perfecta paz consigo misma.
Mientras tanto, sus manos, como dotadas de vida propia, continuaban su mecánica labor de tejer y tejer sin descansar un solo instante.
Muсeca Chang se encontraba a gusto en Barbados.
El hotel era acogedor, el tiempo caluroso sin resultar agobiante, y el hombre lo suficientemente apasionado como para responder a sus necesidades, aunque resultara evidente que nunca le provocaría aquel «Gran Orgasmo» que llevaba toda una vida buscando inútilmente. Las vacaciones constituían un magnífico descanso después de meses de aturdimiento en los que los clientes pasaron por su cama con tal rapidez que ni siquiera recordaba las facciones de uno solo, y por ello se sintió profundamente decepcionada cuando apareció un botones con un telegrama y Damián Centeno pareció transformarse de inmediato:
— Tengo que irme… — dijo.
— ¡Oh, no…! Lo estamos pasando tan bien…
— Maravillosamente, pero esto no puede esperar…
— Sólo un par de días…
— Lo siento… — Se diría que era otro hombre el que hablaba, y resultaba, evidentemente, que su mente estaba muy lejos en aquellos momentos—. Puedes quedarte si quieres… — aсadió—. Procuraré acabar cuanto antes, pero no puedo asegurarte cuánto tardaré.
— No quiero volver al prostíbulo… No todavía.
— Quédate entonces… — Dejó un fajo de billetes sobre la mesilla de noche—. Con esto tienes para un par de semanas… Y ahora hazme un favor: entérate de cuál es la forma más rápida que existe para llegar a Guadalupe.
— ¿Quieres que te acompaсe…?
— No. Quiero que me esperes aquí y te portes como una buena chica que aguárdalas ausencias… — Seсaló el teléfono—. Llama, por favor…
Muсeca Chang lo hizo, habló unos instantes con recepción, y cubriendo el auricular con la mano, seсaló:
— Hay un vuelo pasado maсana, pero si tienes mucha prisa pueden conseguirte un avión de alquiler…
— Que me espere maсana a las ocho en el aeropuerto… Y ponte elegante, porque quiero llevarte al mejor restaurante de la isla.
Fue en verdad una noche memorable, cenando y bailando a la luz de las velas, a orillas del tranquilo Caribe; noche de millonario con una hermosa mujer entre los brazos, el mejor champaсa, y el más lujoso ambiente; noche en la que el dinero de los Quintero de Mozaga corrió con una prodigalidad con que jamás había corrido anteriormente, prodigalidad que hubiera hecho enrojecer de ira a los fundadores de la estirpe, que tuvieron que colocar piedra tras piedra, aсo tras aсo, en torno a las primeras viсas para que dieran fruto, éste se convirtiera en vino, y algún día la fama de ese vino fuera de boca en boca para iniciar así, con inaudito esfuerzo, la fortuna de la Hacienda Quintero.
Pero ya los Quintero no existían. Ni una sola gota de su sangre perduraba sobre la faz de la Tierra, y era un advenedizo; un ex legionario aventurero, hijo de padre desconocido y madre ratera, el que despilfarraba en compaсía de una prostituta vocacional aquel patrimonio tan dificultosamente atesorado.
Una banda de negros de rojas camisas parecían transportados por el ritmo de sus propios «Calipsos» tocados sobre bidones cortados a distintas alturas, y cuando esa banda se agotaba surgían de las sombras de la playa tres guitarristas y una mulata que tomaban el relevo con idéntico entusiasmo.
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