Alberto Vázquez-Figueroa - Océano
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— Tu padre espera que al atardecer empiece a soplar de nuevo el viento.
Yaiza Perdomo negó convencida:
— No lo hará.
•
Pedro «el Triste» se enteró en la taberna de Tinajo de que los «Maradentro» habían tenido que abandonar la isla a causa de la persecución a que les sometieran los hombres de don Matías Quintero, y que dado lo cochambroso del falucho en que habían embarcado lo más probable era que estuvieran sirviendo ya de pasto a los tiburones del Atlántico.
El cabrero se limitó a escuchar la discusión que mantenían de mesa a mesa dos grupos de jugadores, sin intervenir ni hacer gesto alguno que pudiera indicar que el tema le interesaba, permaneciendo muy quieto en su rincón, apoyado en la pared tan impasible como si jamás hubiera oído hablar de los Perdomo «Maradentro» ni le importara en absoluto lo que pudiera ocurrirle a cualquiera de sus miembros.
Pero le importaba.
Cuando los jugadores dejaron la charla y se limitaron a los monosílabos y exclamaciones propios del dominó, pidió con un gesto al tabernero un nuevo vaso de ron que paladeó despacio, preguntándose si tal vez era en parte culpable por el hecho de que Yaiza Perdomo — la Yaiza que tenía el «DON» y a la que se sentía tan extraсamente ligado— se encontrara inerme en medio del Océano.
«Si hubiera permitido que mataran a su hermano, nada de esto habría pasado — se dijo—. Ya la venganza habría concluido…»
Ni un solo día se había arrepentido de haber dejado a Dionisio y al «Milmuertes» encerrados en una gruta de las Montaсas del Fuego e incluso hubo un momento, cuando aquel tipo malencarado subió al monte a amenazarle, en que se sintió orgulloso de sí mismo y de su acción, pero ahora aquellos vociferantes jugadores le hacían caer de improviso en la cuenta de que tal acción se volvía en su contra, no por ella en sí misma, sino por las consecuencias que traía aparejadas.
— El viejo parece decidido a aniquilarlos aun cuando se escondan bajo tierra… — había asegurado uno de ellos—. Roque Luna dice que se está dejando morir de tanto odio como le reconcome las tripas…
Pedro «el Triste» apenas recordaba a don Matías Quintero, aunque le había visto pasar por la polvorienta carretera que separaba Tinajo de Mozaga en un enorme «Buick» de color guinda que era probablemente el mejor automóvil que circulaba en aquellos momentos por los caminos de la isla, porque su mirada siempre había quedado más prendada de los relucientes cromados del vehículo o su blanca capota de lona levantada en los días de verano, que del hombre de anteojos ahumados y delgado bigote que se sentaba, muy recto, tras el volante.
Don Matías Quintero era hijo y nieto de padres reconocidos; era dueсo de casas, tierras y viсas, y había estudiado en «La Península», aquel lugar remoto y mítico del que Pedro «el Triste» jamás había conseguido hacerse una idea muy concreta, pues lo único que había logrado averiguar sobre él, era que allí residía el Gobierno, allí se había librado una terrible guerra civil, y de allí venía todo lo bueno, y en especial todo lo malo, de cuanto acontecía en las islas.
Dionisio y el «Milmuertes» eran peninsulares, al igual que lo era el otro, el del tatuaje en el brazo y la cicatriz en el pecho, y en todos sus aсos de escuchar desde un rincón de la taberna charlas de parroquianos, nunca había oído hablar ni tan siquiera medianamente bien de los «godos», ni había sabido de uno solo que hubiera hecho algo positivo en provecho de Lanzarote y de sus gentes.
Pero a él personalmente los «godos» no le causaron nunca daсo ni habían interferido en su existencia hasta que vinieron a pedirle que buscara a Asdrúbal «Maradentro», constituyendo siempre una especie de misterio o nebulosa apenas diferente de aquellos otros «más extranjeros aún», rubios, muy blancos de piel y estrafalarios, que esporádicamente aparecían por la isla, y a los que no lograba entender una sola palabra.
Don Matías Quintero era por lo tanto un ser con el que jamás hubiera esperado relacionarse, pero era también el hombre que podía convertir en inútil la única cosa de provecho que había hecho en su vida.
Al domingo siguiente había tomado por ello una decisión, y ordeсando muy temprano las cabras, las dejó en el corral, silbó a los perros y emprendió, cargado con sus trampas y sus lazos, el sinuoso camino hacia la línea de volcanes de Timanfaya.
Únicamente los «bardinos» podían seguir su paso rápido y sin pausas, y a largas zancadas atravesó los cultivados campos, trepó por las laderas, se adentró en las llanuras y los barrancos de lava cuarteada, y antes incluso de que el sol cayera a plomo, penetró, iluminado por una diminuta lámpara de carburo, en la laberíntica caverna.
Muy pronto se inquietaron los perros y comenzaron a gruсir, y pasada la segunda galería, al penetrar en la alta sala cuyo techo no alcanzaba siquiera el resplandor de la llama, percibió claramente el hedor a carroсa.
Lo que quedaba del gallego aparecía acurrucado en un rincón con el revólver empuсado y el cerebro destrozado por una pesada bala que había dejado la marca de un rasponazo en la pared de lava por encima de su cabeza.
Se apoderó del arma y continuó la búsqueda, pero el cadáver del «Milmuertes» no apareció por parte alguna y los perros perdieron el rastro al borde de un ancho pozo del que siempre había tenido la impresión que se hundía en los mismísimos infiernos.
Buscó una piedra a su alrededor y al no encontrarla se las ingenió para extraer una bala de la recámara del revolver lanzándola al vacío.
Por más que aguzó el oído no percibió el impacto de su caída y llegó a la conclusión de que el «Milmuertes» había sido el hijo de Euta que más rápidamente fue a pagar sus pecados al infierno en su ora final.
Abandonó la cueva y ya al aire libre tomó asiento sobre una piedra, a unos veinte pasos de la cueva, y comenzó a amasar amorosamente su zurrón de «gofio».
Dio de comer a los perros y luego comió él, y mientras lo hacía observó la entrada de aquella caverna que nadie más conocía, y se preguntó si alguien llegaría a descubrirla y a descubrir, también, que un hombre se había suicidado en su interior con un arma que no aparecía por parte alguna.
Tal vez pasaran siglos antes de que algún cazador se aventurara por aquellos inhóspitos mares de lava, y perros como el suyo le condujeran por el complejo subterráneo hasta los restos — quizá momificados— del gallego.
Pensar en él, en «Milmuertes», y en todo cuanto había ocurrido en aquellos últimos días le resultaba en cierto modo agradable, pues tenía plena conciencia de que era lo más importante que le sucedería en su vida, y le gustaba sentarse en su rincón de la taberna y observar a los parroquianos sabiendo que guardaba un secreto que nadie más compartía.
Le mirarían sin duda de otro modo si supieran que el mustio «follador de cabras» que se emborrachaba a solas en su esquina, había sido capaz de liquidar a dos peligrosos asesinos y encararse impertérrito a un tercero, pero no pensaba contarles nunca nada, porque tan hermoso secreto se le antojaba muchísimo más hermoso y más secreto si nadie lo compartía.
El, el más miserable habitante del pueblo y tal vez de la isla, tenía algo que le diferenciaba; que le hacía superior y le permitía mirar con desprecio a los demás aunque ellos no lo advirtieran, pero contarlo sería lo mismo que ponerse nuevamente a la altura de unos zafios campesinos ignorantes, siempre dispuestos a airear a los cuatro vientos cualquier cosa que hicieran.
Al igual que él era el único ser humano que sabía que el corazón de la Tierra se comunicaba con el resto del Universo a través de la abierta herida de Timanfaya; el único que disfrutaba del embrujo de pasar una noche de luna llena tendido sobre una laja de lava del más alto de sus volcanes, y el único que entendía hasta qué punto Yaiza Perdomo poseía aún mayores poderes de los que ella misma creía, era también el único en conseguir hacer desaparecer a dos hombres definitivamente.
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