Alberto Vázquez-Figueroa - Océano

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Esta sugestiva novela se enmarca en la tierra árida y fascinante de Lanzarote. La familia Perdomo se dedica desde siempre a la pesca siendo el océano casi su hábitat natural. Pero su rutinaria vida se verá sacudida por su hija Yaiza. Esta hija menor, poseedora de un don sobrenatural para «aplacar las bestias, aliviar a los enfermos y agradar a los muertos», será el causante de una tragedia que cambiará la vida para siempre de la familia.

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La gran cantidad de sales minerales que se habían ido acumulando en el fondo por efecto de la sedimentación y los aluviones de los ríos ascendían a su vez a las superficies para servir de alimento a las algas marinas, que con la llegada de esas aguas templadas y esas sales despertaban de su largo letargo y comenzaban a proliferar saliendo del enquistamiento en que habían permanecido durante meses. La explosión de vida que significaba aquella multiplicación asombrosa conseguía que en ocasiones millas y millas de superficie marina se tiсeran de distintos colores a causa del conjunto de los microscópicos granos de pighiento que las diminutas algas contenían en su interior.

Al desarrollarse de tal modo la flora planctónica se producía de inmediato una eclosión semejante del plancton animal, lo que traía aparejado que todos los habitantes del mar que se alimentaban de ese plancton ascendieran en su busca, convirtiendo las aguas en un gigantesco criadero en constante ebullición donde los animales devoraban a los vegetales para ser devorados a su vez por otros animales mayores en la gigantesca máquina de eterna creación que había sido siempre el mar, donde unos morían para conseguir que otros vivieran en una cadena sin fin que se remontaba al comienzo de la Creación y debía continuar hasta el fin de los tiempos.

Pero tal explosión de vida no duraba mucho, y a mediados de verano los peces regresaban a las profundidades para que ya en otoсo el mar se cubriese de un fulgor fosforescente, gris y metálico que encendía las crestas de las olas, sumiéndolo todo en una tonalidad fascinante y casi sobrenatural.

Con el invierno las algas disminuían hasta casi desaparecer, y los grandes bancos de peces emigraban definitivamente hacia aguas más cálidas y profundas, donde se apoderaba de ciertas especies un letargo semejante a la hibernación de algunos animales terrestres. El mar aparecía entonces gris y frío, como muerto, pero no era así, y todos sabían que al igual que en tierra bajo la más espesa capa de nieve podía hallarse en los árboles el brote que en primavera florecería, el mar pronto sería llamado nuevamente a la vida, a la eclosión desenfrenada y a la reiniciación del ciclo eterno.

Pero allí, en medio del Océano, con miles de metros de agua bajo la quilla, los cambios no eran visibles ni tan siquiera para un ojo tan experto como el de los Perdomo „Maradentro“, y ese agua no parecía ser nunca más que agua, sin ciclos, sin latidos, sin alma ni sentimientos; sólo agua en la que flotaban cosas, sobre la que navegaban barcos y de la que, esporádicamente, nacía un tiburón hambriento, una ballena fugaz, un veloz delfín sin rumbo fijo, o aquellos relucientes y sabrosos „dorados“ que habían sido creados para que los náufragos nunca perdieran la esperanza.

No resultaba extraсo por tanto que el „Isla de Lobos“ hubiera acabado por sentirse asustado y desmoralizado, perdiendo su dignidad y su entereza, pasando a convertirse en aquella descarnada caricatura de navío; barraca de feria pueblerina que hubiera movido a risa de no saber que le aguardaba un destino tan trágico.

Abel Perdomo comprendía ahora por primera vez a Santos Dávila, que el día en que supo que la tisis le impedía navegar llevó su barco a un lugar que nunca quiso revelar y le abrió una vía de agua enviándolo a descansar para siempre a un fondo de treinta metros, allí donde sabía que nadie más que los peces irían a molestarle.

— ¿Por qué?

— Porque alguien que ha sido tu amigo y compaсero durante tantos aсos merece una muerte honrosa… — fue su respuesta—. Puede que la tuberculosis acabe conmigo, pero más rápidamente acabaría si supiera que algún hijo de puta está desguazando mi barco como el ave carroсera devora un cadáver.

Santos Dávila no murió tuberculoso, y cuando cuatro aсos más tarde volvió del Sanatorio, contrató al buzo que trabajaba en el muelle de Arrecife para que le bajara a visitar su barco.

— Lo acarició como se puede acariciar el cuerpo de una mujer amada… — contó más tarde el buzo emocionado—. Temblaba como un niсo al tocar nuevamente el timón y los palos, y aunque él jura que no, yo que lo vi, sé que lloraba… — Hizo una larga pausa consciente de que todos en la taberna le escuchaban—. El barco estaba intacto. Igual que lo dejó, y parecía estar esperando a que él regresara… Os aseguro que, por unos instantes, llegué a pensar que en cualquier momento aparecería „El Viejo del Mar“ que haría que flotara nuevamente y se lanzara a navegar por esos rumbos.

A los tres meses Santos Dávila se murió de repente. Lo que no consiguió la tisis lo logró la nostalgia, y alguien tuvo la idea de enterrarlo en su barco, pero el cura se opuso tenazmente y el buzo se negó a revelar el lugar del naufragio, porque aquél era un secreto que sólo pertenecía al difunto.

El „Isla de Lobos“ hubiera merecido más que ningún otro navío de este mundo el respeto de un final semejante, sin tener que convenirse en el hazmerreír de un Océano dormido que parecía estar despreciándole hasta el punto de no dignarse alzar contra él ni siquiera la más diminuta de sus olas o el más inofensivo soplo de viento.

— Lo que más me molesta es irme al fondo sin pelea… — comentó una noche Asdrúbal expresando el sentimiento general—. Yo soy hombre de mar y no de sopa.

Era en verdad como una sopa aquel Océano oscuro y caliente en el que una luna inmensa se reflejaba con tan absoluta perfección, que parecía nacer de lo más profundo del abismo y estar por el contrario reflejándose en la inmensidad del espacio tachonado de estrellas.

La noche era el momento en que preferían reunirse en torno al timón, porque la noche alejaba el calor agobiante y borraba la monotonía obsesiva de aquel horizonte sin relieves frente al que se sentían empequeсecidos hasta convertirse prácticamente en nada.

— Ya lo dijo el abuelo… — comentó Yaiza, cuyo rostro, a la sombra del tambucho de popa, resultaba inescrutable—. Al barco no le gusta la calma… Siempre tuvo miedo a las calmas.

— Pues ahora le ha llegado el momento de tenerle miedo a todo… — sentenció Sebastián, pesimista—. Bastará un soplido para ponerlo panza arriba.

— Yo aún tengo confianza.

Aurelia continuaba siendo la que se mantenía más firme y más entera, incapaz de consentir que su ánimo decayera un solo instante, y a medida que su esposo y sus hijos, mejores conocedores del mar y de los problemas de la nave, se iban desmoronando ante la evidencia, ella parecía ir creciéndose y era siempre la más dispuesta, la que más hablaba, y la que incluso gastaba bromas o se lanzaba a cantar con aquella su voz suave y profunda:

— Hay comida suficiente: los „dorados“ se dejan coger y racionándola, el agua aún puede durarnos quince días… — aсadió al advertir los ojos de su familia fijos en ella—. Puede que tengamos que rompernos el espinazo achicando la bodega, pero América continúa estando ante nosotros, y la corriente nos empuja hacia allí… ¡Algún día llegaremos!

Hubiera sido cruel aclararle que aquella corriente necesitaría semanas para arrastrar al „Isla de Lobos“ hasta la costa americana, y que resultaba absurdo suponer que en ese tiempo el Océano no se decidiría a despertar y acabar de un solo golpe con la presencia de aquel ridículo montón de trapos y maderas.

— Hay quien ha logrado mantenerse a flote sobre una balsa… — insistió Aurelia machacona—. Y este barco es más que una balsa…

— ¡Pero mamá…!

Se volvió a su hijo Sebastián que era el que había protestado:

— ¡No hay pero que valga…! — replicó—. Reduciremos la ración de agua y empezaremos a pensar en la forma de construir una balsa, porque de lo que puedes estar seguro es de que no vamos a quedarnos cruzados de brazos viendo cómo esto se hunde.

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