Alberto Vázquez-Figueroa - Océano

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Esta sugestiva novela se enmarca en la tierra árida y fascinante de Lanzarote. La familia Perdomo se dedica desde siempre a la pesca siendo el océano casi su hábitat natural. Pero su rutinaria vida se verá sacudida por su hija Yaiza. Esta hija menor, poseedora de un don sobrenatural para «aplacar las bestias, aliviar a los enfermos y agradar a los muertos», será el causante de una tragedia que cambiará la vida para siempre de la familia.

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Tan sólo desaparecían cuando se presentaba un tiburón hambriento que giraba calmoso en torno al barco como si tratara de estudiarlo y comprobar si existía forma de partirlo en pedazos y apoderarse de la jugosa y fresca carne que escondía en su interior, pero cuando, aburridos, los escualos se hundían perezosos en el azul sin límites, los «dorados» nacían nuevamente de ese mismo azul en el que parecían haberse difuminado, materializándose de tal forma que a Yaiza se le antojaba que eran agua de mar que de improviso tuviera la virtud de compactarse y cobrar vida.

— Me da pena matarlos… — le confesó a su padre una de las veces que dejó caer sobre cubierta un hermoso ejemplar de cuatro kilos—. Tengo la impresión de que estoy traicionando la amistad que nos brindan. ¡Está tan vacío el mar cuando se alejan…!

— El «dorado» es el pez de los náufragos… — replicó afectuoso Abel Perdomo—. «El Viejo del Mar», el que creó a todas las criaturas de las aguas y reina sobre ellas y sobre las tormentas y las calmas, les ordenó habitar en mitad del Océano para que sirvieran de alimento y compaсía a los náufragos… Muchos marinos se han salvado porque los «dorados» acudieron a recordarles que en el mundo continuaba habiendo vida y permitiéndoles mantenerse fuertes ofreciéndoles su carne… — Le acarició levemente el cabello—. Ningún auténtico hombre de mar pescará por ello un «dorado» si no le resulta imprescindible… «El Viejo del Mar» se enfadaría.

— ¿Tú crees realmente en esas cosas…?

— Creer en esas cosas nunca hizo daсo a nadie… — seсaló su padre con dulzura—. No ha provocado guerras, ni odios, ni, que yo sepa, ha llevado a nadie al tormento o a la hoguera… Amar a los «dorados» y delfines, respetar al «Viejo del Mar» y a la violencia de su furia, y agradecer a las sardinas o los meros que se dejen capturar para que puedas llevar un jornal a tu casa no se me antoja más descabellado que creer que hay un tipo con cuernos esperando a que te mueras para empezar a freírte en un caldero de aceite… — Seсaló al pez que aún continuaba debatiéndose sobre cubierta—. Lo único que tienes que hacer es acortar en lo posible su agonía… En cuanto los subas mátalos, y al comértelos piensa que te estás comiendo un pedazo de mar que te ofrece su fuerza para que puedas continuar luchando contra él… — Le pellizcó la mejilla—. El mar es así de generoso con los que se le enfrentan cara a cara…

Se alejó hacia proa, con aquel su paso de marino, hecho a pasar más tiempo sobre cubierta que en tierra firme, y Yaiza no dudó de que aquel hombretón enorme y musculoso que tan suave y dulce sabía ser sin embargo tantas veces, creía firmemente en todas las historias que contaban los pescadores sobre delfines y «dorados».

Otro día les visitaron las ballenas, aunque más bien eran en realidad inmensos cachalotes perezosos que no prestaron al «Isla de Lobos» más atención que la que podrían haberle prestado a una barrica de madera que flotara, continuando impertérritos su ruta, resoplando displicentes y afectados, conscientes del poderío que les proporcionaba su tamaсo.

— ¿Adonde van…?

— ¿Por qué tienen que ir necesariamente a alguna parte… El Océano es suyo; «están» en él y se pasean a su antojo.

— ¡Pero es tan grande…! Estar aquí es lo mismo que estar allí, o a dos mil kilómetros de distancia… Es como si vagaran por la nada; como flotar en el espacio con el sol en lo alto y un abismo sin fondo bajo ellos…

— Tal vez les guste… Y ésa es la vida que eligieron… De otro modo quizá serían cangrejos; o elefantes… O acabarían llamándose Yaiza Perdomo…

— ¡Qué tonto eres…!

— Tonta tú, que haces preguntas de gente de tierra adentro. ¿Adonde van las ballenas…? ¡Pues a cagar más lejos… ¡Como tienen el culo muy grande y no usan papel, necesitan mucha agua para lavarse…

Y por último acudieron una maсana muy temprano los delfines y no eran los mismos, no podían serlo, porque aquéllos se habían quedado sin duda cerca de Lanzarote y de sus costas, y a Yaiza se le antojaba que ni siquiera a un delfín se le ocurriría la idea de abandonar voluntariamente las costas de su isla.

Iban también hacia el Este y les susurró un mensaje:

— Si pasáis por el Canal de la Bocaina decid en Playa Blanca que volveré algún día y ya no me iré nunca.

Eso la puso triste y pasó melancólica el resto de la maсana, contemplando la inmensidad del Océano y preguntándose si en verdad podía ser el mismo que ella veía desde la ventana de su habitación, o el mismo que le baсaba los pies durante sus largos paseos por la playa.

Aurelia lo advirtió y vino a tomar asiento junto a ella a la sombra del tambucho de popa.

— ¿En qué piensas? — quiso saber.

— Encasa… — Se volvió a mirarla—. ¿Crees que volveremos algún día?

— Si realmente lo deseamos, volveremos… — replicó convencida su madre—. Matías Quintero no vivirá siempre, y el día que muera ya no tendremos nada que temer.

— No es cierto.

Aurelia Perdomo advirtió que todos los vellos de su cuerpo se le erizaban y un escalofrío le recorría la espalda, porque la voz de su hija había cambiado y ella mejor que nadie sabía lo que tal cambio significaba cuando lo decía sin pensar, de un modo tan brusco y espontáneo que llegaría a creerse que era otra persona la que hablaba por su boca.

Yaiza también era consciente de que aquellas palabras no habían pasado por su mente, sino que las había pronunciado como si le vinieran dictadas por un ser desconocido que a menudo la utilizaba para unos fines que la mayor parte de las veces ella misma ni siquiera alcanzaba a entender.

— ¿Qué has querido decir…?

— No lo sé.

— Cuando muera don Matías toda esta pesadilla habrá acabado… — insistió Aurelia, aunque era más una pregunta que una afirmación—. ¿O no…?

— Te repito que no lo sé.

— ¡Pero lo has dicho…!

— Sí… —admitió la chiquilla—. Lo he dicho, y cuando lo pienso me invade la sensación de que don Matías es muy capaz de perseguirnos aún más allá de la tumba… ¿No me continúa persiguiendo su hijo?

— No es lo mismo y lo sabes… — protestó Aurelia—. El chico está donde está y a nadie puede hacer daсo ya… Es el viejo el que nos atosiga, y necesito creer que cuando se vaya para siempre, ese maldito Damián Centeno nos dejará en paz definitivamente…

Yaiza contempló el mar que era como un espejo muy bruсido, roto su azul tan sólo por el destello plateado del lomo de.un «dorado» al cruzar velozmente, y trató de buscar en lo más profundo de sí misma razones que le indujeran a creer que su madre se equivocaba y la pesadilla no acabaría nunca por más que el viejo de Mozaga se fuera a los mismísimos infiernos.

— ¡No me hagas caso…! — suplicó al fin—. Estoy tan nerviosa que me cuesta hacerme a la idea de que algún día las cosas volverán a ser como lo fueron en un tiempo… ¡Ha ocurrido todo tan aprisa!

Su madre se limitó a extender la mano y rascarle suavemente el cuello, como le había gustado desde niсa que le hiciese, y sonrió viéndola girar la cabeza a uno y otro lado como una gata mimosa, permaneciendo así muy juntas y en silencio durante largo rato.

— La otra noche me habló el abuelo… — comentó al fin Yaiza sin mirarla—. En medio de la tormenta me gritó que no debía temerle ni al viento ni a las olas porque había construido el barco para que los soportara. Pero que le temiéramos al mar cuando durmiera, porque en ese momento ni él mismo sabe cuánto daсo es capaz de hacer…

— El abuelo Ezequiel siempre fue un poco excéntrico.

— ¿Incluso muerto…? — seсaló al frente, al horizonte infinito y terso—. Creo que hablaba en serio… — dijo—.Y tengo la impresión de que este mar quiere quedarse ya dormido.

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