Alberto Vázquez-Figueroa - Maradentro

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Apasionante final para la trilogía. Los Perdomo Maradentro son una familia que huye de Lanzarote para rehacer su vida en tierras venezolanas. En ese lugar, siguen sucediéndose inesperadas situaciones por ese particular hechizo que Yáiza ejerce sobre los hombres.
Tras varios cambios de morada, finalmente se instalan en la Guayana venezolana donde, la hermosa Yáiza vivirá una mágica transformación.

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Estaba más triste que nunca el „guaica“ aquella noche; más melancólico y lejano; más muerto y más descoso de estar vivo, y no alzaba ni un instante los ojos que mantenía fijos en las llamas, repitiendo una y otra vez su monocorde cántico:

Omaoa nos dio el sol,
que trae la vida y ahuyenta las tinieblas.

Omaoa nos dio los bosques,
que se dejan atravesar por los grandes ríos.

Omaoa nos dio la Tierra,
que alimenta las raices del bananal y el „pijiguao“.

Omaoa nos dio los monos y las dantas, que se dejan cazar por los „yanoami“.
Omaoa nos da la vida,

hasta que quiera conducirnos a la cima del Gran
Tepuy.

Cesó en su canturreo y en su balancearse, y cesó de igual modo de contemplar el fondo de las llamas, para volverse a observar los verdes ojos que le contemplaban a su vez.

— ¿Dónde está Omaoa? — inquirió como si en verdad imaginara que Yáíza podía proporcionarle una respuesta —. ¿Por qué no me lleva al Gran Tepuy, en lugar de castigarme de este modo?

Todos los muertos de todas las razas y todas las religiones hacían siempre idéntica pregunta porque al parecer la muerte era la única cosa capaz de equiparar a un pescador canario con un indio de la selva, y al igual que para aquéllos Yáiza nunca tuvo respuesta, tampoco la tenia ahora para el „guaica“ que permaneció largos minutos aguardando, y al fin inclinó de nuevo la cabeza y repitió:

Omaoa era su nombre,
y nada había a su alrededor.

Yáiza continuó estudiándolo; tratando de averiguar por qué razón era ya el único difunto que acudía a visitarla, y qué extraña fuerza poseía para haber conseguido alejar a todos aquellos que de continuo la asaltaban y que tal vez empezaban a abandonarla porque el fin, algún tipo de fin que no conseguía imaginar, se aproximaba.

El largo viaje concluía, de esto estaba segura, porque había llegado a la más alejada y desconocida de las regiones del planeta a ponerse en manos de la más primitiva de las tribus y tenía que estar a punto ya de „tocar fondo“ en aquella descontrolada caída en la que había arrastrado consigo a toda su familia. Que los difuntos le hubieran olvidado, no significaba, a su modo de ver, más que una confirmación de que lo que temía y anhelaba, estaba cerca.

Omaoa nos da la vida,
hasta que quiera conducirnos a la cima de Gran
Tepuy.

Y el mayor tepuy de La Guayana se destacaba ahora claramente contra el azul del cielo, majestuoso y coronado de nubes, recordándole con obsesiva insistencia los dibujos del libro que más le impresionara durante sus años infantiles.

¿Era allí donde habitaba el dios de Xanán?

Comenzaba a amanecer; los cánticos se diluyeron al tiempo que se diluía en la glauca luz de la mañana la silueta del indio, y la alta selva despertaba a un nuevo día fresco y radiante que no conseguía alejar sin embargo la densa pesadez de sus presentimientos.

Sobre su cabeza una rama pareció cobrar vida y los redondos ojos de una „cuamacandela“ la espiaron sin que pudiera leer en ellos ni agresividad, ni miedo. Luego, el venenoso reptil se hundió entre un espeso racimo de anchas hojas de color verde-azuloso, pues era allí tan oscura la selva, que muchas plantas de baja altura adquirían aquella tonalidad azul que les permitía captar mejor la escasa luz que les llegaba a través del follaje.

Asdrúbal avivó el fuego y puso a asar los plátanos que les había regalado el día anterior Sven Goetz, y Zoltan Karrás abrió los ojos, observó a Yáiza y sonrió levemente:

— ¡Buenos días! — dijo.

— Buenos días…

— ¿Estamos cerca?

— Más que ayer.

— Pero menos que mañana… — rió el húngaro —. ¡Chica lista! — Se puso en pie, estiró los brazos bostezando sonoramente y por último señaló hacia el Sur —. Te advierto que, según tengo entendido, detrás de ese Tepuy acaba el mundo.

— El mundo acaba en el lugar en que uno muere, y eso nadie puede evitarlo aunque se empeñe en caminar hacía atrás — replicó Yáiza en el mismo tono —. Aunque creo que tiene razón y en ese tepuy acaba todo.

— ¿Te lo ha dicho „él“?

— No. No ha dicho nada. Está triste, aunque no debería estarlo porque pronto será libre.

— Si es posible, me gustaría que dejarais de decir sandeces tan de amanecida — rogó Aurelia desde su „chinchorro“ —. Estoy hasta el moño de oír hablar de un indio muerto como si fuera un miembro de la familia. Lo que estamos haciendo resulta de por sí bastante incongruente para que, además lo amenicemos con diálogos imbéciles. — Se puso en pie y comenzó a ayudar a su hijo menor a preparar el desayuno —. A veces me pregunto por qué no os pongo en fila como cuando erais niños, os doy una bofetada a cada uno, y nos volvemos a casa… ¡Si vuestro padre viviera!

Se habla levantado con mal pie, anduvo refunfuñando toda la mañana, y sus protestas arreciaron cuando alcanzaron la orilla de un ancho y caudaloso rio al que no habla más forma de cruzar que atravesando un frágil „puente colgante“ que parecía ideado para uso exclusivo de funámbulos de circo.

— ¿Cómo pretenden que pasemos por ahí? — se asombró —. Eso no resiste el peso de una persona.

— Resiste — aseguró Zoltan Karrás —. Es un auténtico puente „guaica“. Los construyen a conciencia y se asegura que algunos han aguantado en pie más de cincuenta años.

— ¿Cómo puede saberlo, si usted mismo dice que hasta aquí no ha llegado nunca ningún cristiano?

— Porque los „guaicas“ aprendieron la técnica de los „guaharíbos“, que son sus parientes más próximos, y los „guaharíbos“ siempre han sido famosos construyendo puentes, pues son la única tribu de la región a la que no le gusta navegar. Son „patas largas“, grandes caminadores eternamente nómadas, y por eso necesitan puentes. No tiene nada que temer; el secreto está en agarrarse a la liana de arriba e ir resbalando los pies por las ramas resbaladizas y ondulantes que aparentaban querer quebrarse a cada instante.

— ¡A mi edad! — mascullaba una y otra vez —. ¡Dios mío! ¡A mi edad y metida en estas cosas…!

Constituía un cómico espectáculo colgando asustada de aquel ridículo „puente“ de salvajes, pero a Yáiza se le antojaba un hermoso espectáculo, pues mostraba hasta qué punto su madre y sus hermanos hablan sido capaces de seguirla hasta aquel lugar „en que acababa el mundo“, dispuestos a compartir su destino aunque estuvieran convencidos que el suyo era un destino que nunca podrían compartir.

Los Perdomo Maradentro continuaban siendo una familia aun bajo las mas difíciles circunstancias y eso le enorgullecía, pero sabía que había llegado el momento de liberar a los suyos de la carga que significaba seguirla a todas partes, y aquél debería convertirse en su último puente, puesto que más allá tan sólo se distinguía una amplia llanura cubierta de espesos bosques que ascendían hacia el nacimiento de aquel tepuy que marcaba el final de su largo camino.

Una hora más tarde y a unos tres kilómetros del río, selva adentro, tropezaron con los restos de un poblado indígena que la vegetación había comenzado a invadir, aunque no existían restos de viviendas propiamente dichas, sino que todo el conjunto constituía una gran vivienda circular de unos treinta metros de diámetro que dejaba en el centro un patio abierto hacia el que ascendían los techos que partían del semiderruido muro exterior.

El conjunto obligaba a pensar en una pequeña plaza de toros, y se advertían perfectamente delimitadas las zonas correspondientes a cada familia en las que se distinguían las manchas que habían dejado en el suelo los fogones, y las marcas de los „chinchorros“ en los postes.

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