— ¿Acaso pretendes dejar todo esto y venir con nosotros? — preguntó sorprendido el margariteño.
— ¡Desde luego! — fue la rápida y segura respuesta —. Y cuanto antes mejor, porque a Hernando se le ha metido en la cabeza seducirme, y cada día me resulta más difícil quitármelo de encima.
— Le mataré — dijo el capitán Jack con un tono tan impersonal que su propia mesura desconcertó por un instante a su hermana, que por fin le colocó la mano sobre el antebrazo al tiempo que negaba una y otra vez con un tono claramente despectivo.
— Olvídalo — musitó con una leve sonrisa —. Ni siquiera merece la pena ensuciarse las manos por él.
— ¿Olvidarle después de todo lo que nos ha hecho sufrir?
Celeste Heredia reparó en la absorta expresión de su padre, que parecía querer mantenerse al margen del espinoso tema, y por último se volvió de nuevo hacia su hermano.
— Todos sabemos que la mayor parte de la culpa fue de mamá — dijo —. Y ya tendrá suficiente castigo cuando descubra que perdió a su familia y ahora va a perder también su casa y todos sus privilegios porque me consta que hace tiempo que Hernando no la soporta. Si no la ha echado ya es porque está convencido de que pronto o tarde le ayudará a convencerme de que acepte sus propuestas.
— Aunque así sea — dijo Sebastián —, no volveré a dormir tranquilo si le dejo con vida.
— Con matarle no solucionarías nada, y tal vez lo único que sacases en limpio fuese perder la vida, con lo cual todos saldríamos perdiendo — le hizo notar con muy acertado criterio la muchacha —. Le consta que muchos quieren asesinarle y se ha llevado a más de la mitad de la guarnición a Cumaná porque ni siquiera allí se siente seguro.
— ¿Y para qué ha ido a Cumaná? — preguntó sorprendido su padre.
— El gobernador le ha mandado llamar. Al parecer un grupo de esclavos cimarrones se ha establecido en las selvas del Orinoco y hay quien asegura que eran suyos.
— ¡Ya lo creo que lo eran! — puntualizó Sebastián —. Yo mismo los liberé. Y ahora entiendo por qué me dio la impresión de que La Asunción se encontraba desguarnecida. No es normal que apenas se vean soldados por las calles.
— Nadie osaría atacar La Asunción.
— ¿Ni siquiera en una época en que en los almacenes de la Casa deben de guardar una fortuna en perlas…?
— Este año en los almacenes apenas hay perlas — dijo al instante Celeste con una marcada intencionalidad que tuvo la virtud de que su hermano la observara de reojo para inquirir un tanto desconcertado:
— ¿Qué pretendes decir con esto? ¿Es que ya ha llegado la Flota?
— Aún no — fue la sonriente respuesta que parecía esconder un divertido secreto —. Pero es que cuando Hernando comenzó a inquietarse al saber que un barco pirata merodeaba por la costa le insinué que sería mucho más seguro que ocultara las mejores perlas en casa.
— ¡No puedo creerlo! — exclamó asombrado Sebastián — ¿Aquí? ¿En esa casa?
— ¡Exactamente! No me costó convencerle de que nadie sospecharía que están guardadas en un barrilito que a su vez se halla dentro de una enorme barrica de amontillado, en la bodega. — Sonrió con picardía —. Y allí siguen, esperando a que alguien se las lleve.
Su padre pareció reaccionar a cuanto se estaba diciendo dirigiéndole una severa mirada de reconvención:
— ¿Acaso se te ha pasado por la cabeza la idea de apoderarte de ellas? — quiso saber.
La respuesta llegó rápida, descarada y espontánea, muy de acuerdo con el desconcertante desparpajo que siempre había caracterizado a una niña cuyos hábitos no parecían haber cambiado un ápice con el paso de los años.
— ¡Naturalmente! — exclamó agitando cómicamente la larga y oscura melena —. Hace años que pienso en ello, y ten en cuenta que si esas perlas desaparecen porque Hernando las ha sacado de los almacenes contraviniendo todas las reglas de la Casa, será la propia Casa la que se preocupe de castigarle encerrándole en la más profunda de las mazmorras por el resto de su vida. — Le guiñó un ojo y añadió —: ¡Conozco sus métodos!
— ¡Dios sea loado! — no pudo evitar exclamar el a todas luces desolado Miguel Heredia Ximénez llevándose las manos a la cabeza —. Ahora resulta que no sólo tengo un hijo pirata, sino, además, una hija ladrona. ¿Dónde vamos a ir a parar?
— Yo no me considero ladrona, padre — le rebatió en tono intrascendente su hija —. Esas perlas son fruto del esfuerzo de cientos de personas a las que esos cerdos de la Casa de Contratación explotan inicuamente, y me consta que sabré hacer mejor uso de ellas. — Se acercó a él para besarle con profundo amor en la mejilla —. Considéralo como una compensación por los años perdidos.
— ¡Pero…!
— ¡No hay peros que valgan! — le interrumpió en el acto Sebastián —. Venía con la intención de asaltar la capital y apoderarme de ellas, porque hace meses que no pago a mi gente, pero esto me facilita las cosas… — Se volvió hacia su hermana y preguntó —: ¿Cuántas habrá?
— Poco más de dos mil, pero magníficas.
— ¿Y tienes una idea de cómo podrías sacarlas de la casa?
— ¡Tal como llegaron…! — respondió la muchacha encogiéndose de hombros, como si aquélla fuera la pregunta más tonta del mundo —. En la carroza.
— ¿En la propia carroza del delegado de la Casa de Contratación de Sevilla? — repitió su cada vez más estupefacto padre, en el colmo del desconcierto —. ¡No puedo creerlo!
— Es la mejor forma — replicó Celeste en el intrascendente tono que solía emplear a menudo, y que servía para que las cosas más absurdas pareciesen naturales —. Casi cada día acudo a la primera misa del convento de los franciscanos en la carroza. En cuanto quiera, me las llevo conmigo.
— ¿No te acompaña tu madre?
— Antes lo hacía, pero desde que una anciana la insultó y la escupió, no ha vuelto.
— Empiezo a tener la impresión de que está pagando un precio demasiado alto por lo que hizo — susurró apenas Miguel Heredia.
Su hija negó con suavidad y dijo:
— Para ella no es alto. Para mamá, levantarse tarde, comer lo que le apetezca, hacerse vestidos caros y tener muchos criados vale la pena el precio que tenga que pagar, cualquiera que éste sea.
— Antes no era así.
— Quizá siempre lo fue, pero nadie le dio ocasión de demostrarlo. No hay nada que le guste más que dar órdenes y que la obedezcan en el acto.
— ¿La odias?
Celeste Heredia se volvió hacia su hermano, que era quien había hecho la pregunta, para negar sin el menor rastro de rencor.
— Hubo un tiempo en que la odié por el daño que nos había causado, y porque me repugnaba verla comportarse como una perra para tener siempre encelado a Hernando, pero ya pasó. Ahora sólo la compadezco porque se ha dado cuenta de que su mundo se está viniendo abajo, y le consta que me he convertido en su única tabla de salvación. — Agitó la cabeza como si le costara trabajo admitir la realidad —. Yo, que durante todos estos años he sido su pesadilla porque con mi presencia le recordaba su comportamiento, soy su última esperanza. ¡Qué cosas!
— Deberíamos dejar de hablar de ella — señaló su padre con el tono de quien da por concluido un doloroso tema —. No conduce a nada, y sólo sirve para amargamos con recuerdos que hay que olvidar para siempre. — Tendió las manos y tomó las de ellos —. Ahora estamos juntos, y así seguiremos, con perlas o sin perlas.
— ¡Con perlas! — replicó su hija —. O me las llevo, o me las como, pero lo que es dejarlas, no las dejo.
— ¡De acuerdo! Con perlas…
— ¡Bien! — señaló Sebastián —. En ese caso lo mejor será que de momento te quedes aquí para evitar que alguien pueda reconocerte en La Asunción. — Se volvió hacia su hermana —. El sábado por la noche el barco tiene que recogerme en la playa de Manzanillo, o sea que ése será el día perfecto para que decidas ir a misa.
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