Francisco Ayala - Muertes de perro
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»-Bueno, vamos a ver qué maravilla es ésa -dije, cruzando los brazos cuando estuvimos allí; y me quedé a la espera. Por toda respuesta, el doctor levantó al perrito y lo depositó sobre la mesilla auxiliar que había junto al lavabo, liberado de collar y cadena. Enseguida se puso enfrente y, con un movimiento brusco, alzó los dos brazos. El animalucho, entonces, tenso, a la expectativa, comenzó a abrir y cerrar la boca nerviosamente. Don Luisito escondió, rápido, a la espalda su mano izquierda manteniendo la diestra en alto; y, por fin, hizo con ella la señal que el perro aguardaba. Se oyó un ladridito, seguido de otro, y de otro, y de otro, a compás de la mano del doctor, que marcaba el ritmo; un ritmo lento, solemne y bien medido, al que sucedió luego una serie de ladridos cortos, vivos, militares: en suma, con asombro me di cuenta, no había duda: aquel perro estaba cantando, si así puede decirse [112], o estaba ladrándolo, ejecutaba, en fin, nuestro himno patrio; lo ejecutaba y, la verdad sea dicha, ¡bastante bien! Algo increíble. Había terminado el segundo tiempo; el doctor dejó caer su mano, y se quedó mirándome: ¿Qué tal? me interrogaba, satisfechísimo, con la vista. Yo no expresé nada: se me estaba ocurriendo una idea. Medité unos instantes; luego, le pregunté: -¿Y es ésta la sorpresa con que quiere usted obsequiar al jefe por su cumpleaños?
»En su cara conocí que había atinado: mi idea funcionaba. El cumpleaños del Presidente era de allí a cuatro días: ocasión de grandes festejos; y el doctor se apresuró a declarar, con un brillo de entusiasmo en los ojuelos: -Sí, precisamente; eso es; eso; pero yo quería que tú lo vieras primero; combinar las cosas contigo, programarlo todo, para que la presentación sea un completo éxito. Pienso, por ejemplo, en la ceremonia de la Escuela Politécnica; no sé si ahí, o acaso…
»Estaba excitadísimo; había picado el anzuelo. Le corté: -Conque ése era su plan… Vea, doctor, usted me va a dejar el perrito hasta la tarde. A última hora de la tarde, o bien yo se lo llevo a usted, o usted mismo viene a buscarlo, como prefiera. Tengo que pensar. La cosa es seria.
»-¿Dejarte el perro? De ninguna manera. ¿Para qué quieres que te lo deje? Yo del perrito éste no me separo. Has de saber que yo personalmente le doy de comer y no dejo que nadie lo cuide. Sólo a María Elena, a mi propia hija, se lo encomiendo cuando salgo de casa; ni siquiera de Ángelo me fío, siendo hijo mío también, porque los varones, ya se sabe cómo son.
»Aquello me indignó. El viejo me desconfiaba. -Pero venga acá, don; usted me ofende. Está bueno eso. De manera que acude a pedir mi ayuda, y ni siquiera se fía de mí.
»-Alto ahí, joven; no hay que ser tan susceptible, no hay que sulfurarse tan pronto. En primer lugar, yo no he dicho que no me fíe de ti, sino de mi propio hijo… -¿Y me va a comparar ahora con semejante… con Ángelo? Vamos, doctor, le suplico.
»Quiso sincerarse, y no se lo permití. -Nada, nada -dije perentoriamente, poniéndole al animalito su collar y cadena-; usted, doctorcito, se me marcha ahora, y deja aquí a este sabio bajo mi custodia, que yo me ocupo de disponer las cosas del modo más conveniente para usted.
»En resumen, lo despaché expeditivamente. Todavía escaleras abajo se iba protestando y haciéndome recomendaciones majaderas. -Ya sabes que a la tarde vuelvo a buscarlo.
»Cuando me quedé solo, aún no había pensado lo que haría con el perro. Volví al retrete donde lo había dejado, lo miré y dije: -Conque eres un perro sabio ¿eh? Pues ahora mismo me vas a ofrecer una audición privada del himno nacional-. Y lo planté de nuevo sobre la mesita, con cadena y todo. Yo mismo me reía, viéndome imitar al doctor con los dos brazos en alto. ¡Ahora!, le grité al perro; e hice el gesto de la mano, tal cual había visto que el viejo lo hacía. Pero ¡como si nada! El muy taimado del bicho me miraba fijo, sin abrir el pico ni dar señales de hallarse dispuesto a entonar la melodía. Dos o tres veces repetí la mojiganga con igual resultado nulo. Aquello me enfureció. De un tirón, lo bajé de la mesa. -Así es que su señoría no se digna cantar para este negrito, ¿verdad? [113]. Pues ¡aguárdese, perro sabio!- Salí, busqué en el cajón de mi mesa una cinta y, con mucho cuidado, muy despacio, hice en ella un nudo corredizo; luego fui, le pasé el lazo por el pescuezo, y lo colgué de una percha en el guardarropa. -Así verás quién soy yo. Le presento mis respetos, señor Caruso [114]-y me incliné, mientras se balanceaba en los estertores.
»Cuando a la tarde, y bien temprano, llegó el doctor, yo no sabía cómo decírselo. -¿Dónde está el perro? -me preguntó enseguida con sofocada ansiedad. -Siéntese, doctor; siéntese; ahorita-. Él lo hizo, con una sonrisa que aparentaba absoluta confianza. Pero a la vez quería leer disimuladamente mi cara cerrada y seria. Empezó a charlar, y su locuacidad parecía inagotable. Me contó cómo había conseguido, a fuerza de paciencia, de castigos y recompensas, enseñar a aquel perro a modular el himno. Me dijo de qué manera le había venido la idea. Su primer esbozo, todavía impreciso y medio subconsciente, debió de acudirle cuando, hace tiempo, leyó en las Selecciones del Reader's Digest [115] la bella hazaña de un brasileño, criador de pájaros y patriota, que, mediante hábil, ingeniosa y paciente orquestación, había enseñado a un conjunto de aves diferentes a ejecutar el himno nacional. A mi doctor le había entusiasmado la curiosa noticia, en la que veía una muestra de cómo el hombre puede hacer que la Naturaleza, las especies volátiles y canoras de la selva, reducidas a domesticidad, concierten sus voces maravillosas para cantar la grandeza de la patria. Se lo imaginaba al brasileño parado ante las jaulas, dando la entrada por su orden a las distintas voces…
»-Pero, en realidad, aunque eso haya podido influir, lo que de veras despertó mi inspiración fue…, ni te lo imaginas. ¿Te acuerdas aquel día, en la parada, cuando un perro perturbó la solemnidad del acto con ladridos intempestivos, y yo bajé de la tribuna presidencial a propinarle una patada? Pues entonces fue que se me iluminó el cerebro. Verás: el perro estaba ladra que ladra; ya cansaba; y yo vine a acertar a darle el puntapié justo cuando la banda que tocaba el himno saltaba del andante maestoso al allegro y él empezó a proferir alaridos cambiando también el ritmo. Yo entonces me dije: ¡Caramba! Bueno, así son los grandes inventos de la Humanidad. El resto fue buscar un animalito dócil, inteligente y de buen timbre, y extremar con él la paciencia. Eso hice, y los frutos, tú los has visto. -Se interrumpió-: Bueno, anda, entrégame mi perro, que tengo prisa. ¿Has pensado cómo vamos a presentárselo al jefe? En ti confío, ya sabes. No quiero ocultarte que en ese animalito, al que tantos desvelos he consagrado, tengo cifradas mis mejores esperanzas. Espero de él no otra cosa que mi reivindicación moral. Nada más, pero tampoco nada menos. No pretendo premios, recompensas ni regalos; pero quiero hacer ante el jefe un alarde incontestable de mis dotes pedagógicas, para desmentir la maledicencia de los enemigos y opositores empeñados en desacreditar mi obra e impugnar mi capacidad como ministro de Instrucción Pública. Nada de polémicas en los periódicos, nada de argumentos y contrarréplicas, sino hechos, ¡hechos! Ese modesto perrito, capaz de entonar ante Su Excelencia el himno de la Patria; y todo ¿por virtud de quién? Pues, por obra y gracia de este humilde servidor, de este educador tan discutido y denigrado, del doctor Rosales en persona, quien, según los necios propalan, no tiene idea de lo que es la enseñanza…
»Se echó a reír del disparate. Ahora verían… Y volvió a insistir en que le devolviera su perro. -Vamos ¿dónde está mi valedor, menos irracional que quienes me combaten? [116]
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