Francisco Ayala - Muertes de perro
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No podría asegurar yo que fuera él quien urdió la trama de este gobierno durante aquellas horas terribles de desorden e indescriptible pánico: alguna vez tendré que averiguar ese punto; pero lo que no deja lugar a dudas es que, por lo menos, cuando estos antropoides se vieron en lo alto, recurrieron mansamente a nutrirse de sus sabios y venerables consejos; y ellos, que de todo el mundo desconfiaban, se fiaron de él. Yo no sé cómo se las arreglaría aquel valetudinario para captar sus voluntades hasta metérselos así en el bolsillo; sé que, por una rara casualidad, los conocía a los tres, y había tenido algo que ver con ellos, cada uno por su lado; no sólo con Tacho Salpic ón, cuyos ahorros de Intendencia administraba muy satisfactoriamente el prudentísimo anciano, sino con La Bestia, desde sus tiempos deportivos, y también con el otro, con el sargento de la Policía. De modo que cuando yo, en el desconcierto de aquellas primeras jornadas, visité y me puse a frecuentar la casa de Olóriz, no sospechaba hasta qué punto había dado en la tecla. La reflexión me aconsejaba, desde luego, abstenerme del contacto con doña Loreto, que, sobre ser viuda de un general de vieja cepa, estaba viviendo en Palacio y pertenecía al círculo íntimo del régimen caído; pero fue el instinto quien me avisó del árbol a que debía arrimarme en busca de sombra [122]. A su amparo vivo, aunque nadie puede sentirse muy en seguridad al lado de este viejo ladino. La misma manera como ejerce él su influencia tremenda, sin que se note, sin que se sepa, sin uno solo de los gajes, ventajas y satisfacciones del mando, aparte la propia de ejercitarlo, me permite estar cerca de él, verlo a cualquier hora del día o de la noche, hablarle; pero, al mismo tiempo, me coloca a su entero arbitrio, como si yo fuera uno más de los títeres que él mueve con sólo un dedo, y al que puede tumbar cuando le plazca, dejándolo tirado.
Así y todo, vamos viviendo, vamos trampeando con la vida. Y ya los días pasados me pareció que no sería imprudente, quizás ahora todo lo contrario, buscar a Loreto y, como quien no quiere la cosa, obtener de sus labios datos, preciosos sin duda, que ella y nadie más que ella posee acerca de la génesis de los acontecimientos actuales, cuyo bosquejo preparo. Estaba persuadido de que las noticias proporcionadas por la amiga, confidente y quizás cómplice de la Primera Dama no sólo complementarían la información contenida en las memorias del secretario de la Presidencia, no sólo servirían para confirmar o rectificar a éste, sino que aportarían también elementos inéditos, sobre todo a partir del momento en que el coronel Pancho Cortina puso punto final con su pistola a las caligrafías de Tadeo Requena. Mis esperanzas no quedaron defraudadas. Olóriz me dio las señas actuales de mi tía Loreto y, después de haberme puesto de acuerdo con ella por teléfono, allá me encaminé a visitarla.
No estaba escondida, ni creía, la muy inconsciente, haber tenido nunca motivo para esconderse; simplemente, cuando una partida de forajidos entró en Palacio y, so pretexto de seguridad personal para la interesada, se llevó presa a la ex Presidenta -cosa que ocurrió al día siguiente de morir Bocanegra-, ella, Loreto, se apresuró a meter en un maletín lo más necesario y acudió en busca de hospitalidad a las puertas de un matrimonio amigo, quienes, por si fuera poco prestarle habitación, unos días después huyeron a refugiarse, del otro lado de la frontera, en una factoría holandesa de la cual eran accionistas, y le dejaron por suya, y a su cuidado, la casa entera. Allí estaba instalada como una reina cuando llegué a verla. Nuestra conversación resultó al comienzo -se comprenderá- un poco violenta, hecha de excesivo interés por la suerte respectiva y de ofrecimientos exagerados. Yo me preguntaba qué pensaría de mí aquella necia, y supongo que ella por su parte estaría preguntándose algo por el estilo: que qué tripa se me había roto, para acordarme de ella e ir de pronto a buscarla. Pero al poco rato ya empezamos a sentirnos más cómodos ambos, y la conversación se prolongó por fin durante varias horas. Tantos horrores han sido menester para que, al cabo de años y años, se rompa el hielo entre nosotros… Yo empecé por preguntarle cómo había capeado el temporal; y entonces fue cuando me contó la detención de doña Concha y todos los incidentes que siguieron. Más de una semana había tardado en averiguar dónde llevaron a su amiga; y después de saber que estaba presa en el antiguo Asilo de la Inmaculada Concepción, todavía le costó un montón de días conseguir el permiso para verla. ¡Para verla muerta! pues cuando, tras de nuevas postergaciones, la dejaron por último pasar a la enfermería, debió encontrarse allí con el horrible espectáculo… Por supuesto, Loreto se apresuró a reclamar el cadáver para que su amiga tuviera un sepelio digno, al mismo tiempo que removía Roma con Santiago exigiendo que el crimen no quedara impune. En realidad, y puesto que, como -dicen, «muerto el perro se acabó la rabia», salieron del atolladero con despachar de un pistoletazo al que, según parece, la había asesinado: un idiota del Asilo, que, «liberado» por la revolución, andaba como alma en pena merodeando siempre por allí, con la transigencia piadosa del ex conserje y actual celador de la prisión. Este, un buen hombre, y muy respetuoso a juicio suyo, fue quien impuso a Loreto de cuanto había ocurrido desde que doña Concha ingresó en la Inmaculada. Pero son cosas -se interrumpía a cada rato-, usted me perdonará, señora, impropias del oído de una dama; y ella tenía que tranquilizarlo, repitiéndole que era como una hermana para la detenida y que deseaba, necesitaba absolutamente estar al tanto de todo; con lo cual terminó enterada de las ignominias a que, de mejor o peor grado, había debido prestarse la ilustre detenida. Opinaba Loreto que a ésta, con tanto desastre, seguramente se le había debido de ir la chaveta. ¿Cómo, si no, explicar conducta a tal punto disparatada, tan…?
Yo quería, como suele decirse, meterle los dedos en la boca, para que devolviera; de modo que la interrumpí aquí:
– Pero ella, perdóneme, no sé cómo se lo diga; ella, en ese aspecto, nunca… En fin, nadie ignoraba… -Incluso deslicé una alusión al asunto de Tadeo.
Al ver que estaba informado (y esta táctica, repetida cada vez que se me quería poner reticente, dio siempre resultados infalibles), abandonando su reserva, me replicó que sí, que era cierto, pero que estaba segura, sin embargo, de que a la pobre debían de haberla forzado al comienzo porque, si bien no era una remilgada, tampoco tenía nada de tonta, y lo que había estado haciendo en la prisión era la peor de las tonterías.
– No sé, no sé -terminó mi tía, moviendo la cabeza. Después de muerta, su amiga le resultaba tan incomprensible como lo había sido en vida-. Era muy loca -dijo-. Y yo, que le seguía la corriente, más loca aún.
Se había puesto deprimida, con los ojos bajos y la voz velada: había llegado a un punto de ablandamiento. Como quien alude también, discretamente, a su propio caso personal, yo dejé caer la observación de que vivir en soledad es demasiado penoso, de modo que siempre hay que seguir la corriente de alguien: la muerte de Antenor debió de ser para ella un golpe… Aunque a tientas, había tocado en la llaga. Muy excitada, y no sin cierta vacilación, a vuelta de infinitos preámbulos, me confió entonces la historia de la Presencia Maravillosa, tal como antes queda extractada, confesándome que desde el momento mismo de la revelación no ha vivido ya un solo instante sino en la esperanza, hasta ahora nunca cumplida, de recuperar en alguna forma el bien perdido, «recordar siquiera el nombre, escuchar de nuevo su acento, ya que no pueda verle», terminó, como en una plegaria, con las manos juntas y los pesados, lustrosos párpados sobre los ojos marchitos… La oía yo, y no sabía si asombrarme de su extravagancia, o compadecerme de sus sentimientos. De cualquier modo, no deja de ser impresionante el hecho de -a menos que mixtifique o confunda- haber tenido la pobre mujer semejante sueño mientras, a su lado, en la cama, fallecía de mortal ataque el marido. Y aun en el supuesto (que, desde luego, no excluyo) de que todo fuera una fantasía construida a posteriori, no por eso su angustia es menos efectiva, menos dolorosa su obsesión, menos patética su manía. Le pregunté: -¿Y nunca después ha tenido usted barrunto alguno, nueva señal, nada?
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