Francisco Ayala - Muertes de perro
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A las tenidas espiritistas que, con toda puntualidad, celebraba los martes bajo su dirección o patrocinio, en una salita del Palacio, un grupo de iniciados, fue a donde se le había metido en la cabeza llevarlo. «Te quedarás bobo -le había prometido ella- cuando veas qué gente acude allí; de esta semana no pasa que vengas»; pues él se había estado resistiendo, «sobre todo -explica- porque tengo la propensión, y casi el hábito ya, de resistirme a cuanto me propone la Gran Mandona [109]. Luego, cedo. O no cedo, según. Pero por lo pronto y como cuestión de principio, me resisto. Esta vez cedí, pensando que me encontraría allí por lo menos al arzobispo mitrado. En cuanto a los espíritus…»
Es curiosa la actitud de Requena frente a los espíritus; en definitiva, no difiere mucho de la que siempre observaba frente a los seres de carne y hueso. Por lo pronto, iba dispuesto a hallarlo todo mal y falso. «Si no encuentro a los espíritus, encontraré por lo pronto a personas de viso, y me daré el gusto de averiguar con qué clase de entes ultratelúricos se trata sociedad tan distinguida…» Lo divertido del caso (y no me abstendré de consignarlo, pese a su indecencia, porque después de todo la petite histoire, la nariz de Cleopatra [110], explica, aclara y hace más comprensible la Historia con mayúscula), lo divertido del caso, digo, es la razón, apenas esbozada, pero seguramente decisiva, por la que Tadeo se mostraba al comienzo tan renuente a las sesiones de espiritismo. Esta razón no era otra sino su temor a que doña Concha aprovechara la oscuridad de la sala para gastarle cierto tipo de bromas a las que, por lo visto, tenía especial afición la buena señora. A su manera fría, directa y brutal, pero con mal encubierto embarazo, lo declara el secretario. «Tanta insistencia -escribe- me fastidiaba ya. Esta mujer se cree siempre que puede llevarme, como a una criatura, a donde se le antoje. Y sobre todo, tenía yo muy pocas ganas de que no se le ocurriera aprovechar la oscuridad de la sala para ponerse a maniobrar por debajo de la mesa y reventarme los nervios. Ella se pirra por eso; le divierten las manipulaciones a hurtadillas de la gente, no sé si por el placer del riesgo o por el gusto asqueroso de ponerle el gorro al lucero del alba. Pero yo no puedo soportarlo, no le encuentro el chiste; y ya más de una vez me había visto obligado, por ejemplo, a repeler con brusco humor su mano buscona en la penumbra del auto oficial, a espaldas del chófer… Pero, por suerte -añade, aliviado-, a los espíritus, siquiera les testimonió más respeto; allí no se propasó nunca.»
No he resistido a la tentación de copiar ahora este párrafo (ya veremos, cuando haya que preparar el texto para publicarlo), porque, con toda su grosería, lo encuentro sabroso y expresivo. Como el faro de un automóvil que, inesperadamente, ilumina una escena torpe en el rincón de algún jardín público, esas palabras revelan de golpe la índole de los personajes y la naturaleza de sus relaciones, y no me refiero tanto a las relaciones carnales como a las relaciones psicológicas. El joven Tadeo estuvo siempre a la defensiva con ella; desde el primer momento. Siempre le desconfió y la temió, detestando quizás lo que había de dañino en su persona, aunque quizás sin darse cabal cuenta de en qué podía consistir o dónde residía la amenaza.
"Yo lo comprendo; nunca tuve con ella otro trato que el superficial y mínimo, pero sí comprendo perfectamente el miedo de quienes se le acercaban más. Atraía, sin duda alguna, y asustaba al tiempo mismo. Hasta se me ocurre pensar… Después de los detalles que sobre su terrible muerte me ha contado mi tía Loreto, pienso que sólo el terror debió de ser lo que desencadenara la bestialidad de aquel idiota y moviera su mano asesina. Otra explicación, no la encuentro; esos crímenes estúpidos suelen tener raíces oscuras, pero muy simples. En el espíritu entenebrecido de aquel infeliz debió alzarse de pronto una ola de pánico al sentir entre sus brazos a la señora hermosa y aureolada de prestigio (sobre todo, esto: ¡la Primera Dama!), y ver que: sonreía, ¡a él!, y que lo acariciaba, ¡a él!; y que pretendía agradarle. Sí, me imagino su espanto. Aterrorizado, agarraría entonces el pedrusco, y golpearía, y golpearía, y golpearía, hasta dejarle la cabeza deshecha…
¡Pobre Primera Dama! Caída del trono, había perdido también por completo el dominio sobre sí misma, y se puso a emplear sus habituales armas sin ton ni son, del modo más insensato, concediendo sus favores a cualquiera, a los guardias de la prisión, al primero que los solicitaba (y «solicitar» es aquí, por otra parte, un eufemismo que suena a ironía sangrienta), en búsqueda ciega de alguna protección; braceando, desesperada, como el náufrago que sólo consigue así hundirse más y más.
XVI
Esta mañana, conforme repasaba yo mis papeles, de pronto me entraron ganas de reír, aquí, solo en mi habitación. Resulta que en esta historia nuestra, que chorrea sangre por todas partes, sin embargo, tal como voy documentándola, parecería tener reservada la raza canina una actuación casi constante, con papeles bufos unas veces, y otras dramáticos; o, si dramáticos es mucho decir, por lo menos, serios. Después del episodio de la perrita Fanny (al que nadie negará carácter histórico, con intervención de las grandes potencias mundiales y fortalezas volantes en juego), un perro deberá ser también ahora el protagonista de cierto pasaje que encuentro en las memorias del secretario Requena, y que considero indispensable reproducir en su integridad, por cuanto ilustra oportunamente -aun cuando no tenga en sí mismo importancia decisiva- algunas peculiaridades del ambiente donde se incubó la actual tragedia de nuestra patria. No necesito subrayar el cinismo y la prepotencia insolente de que hace alarde Tadeo en su relato, y el extremo a que habían llegado las cosas. Sin preocuparse lo más mínimo por presentar la propia conducta a una luz algo más favorable, narra un hecho que le honra muy poco, y lo hace en un tono rebuscado quizás, de desalmada indiferencia, como si se propusiera desafiar a sus hipotéticos lectores. Cuenta que un día, poco después de abrirse las oficinas, compareció en la antecámara don Luisito Rosales, con la pretensión de entrar al despacho del señor Presidente, llevando un perro de la cadena. «Vaya una ocurrencia -comenta el secretario particular-. Por mucho que fuera ministro del gobierno, y preceptor mío, hubiera faltado yo a mis deberes de secretario privado permitiéndoselo. -Pero, doctorcito querido -le dije-, ¿cómo se le ocurre? Yo no puedo dejarlo pasar a presencia del Jefe con ese animal a rastras. Ni lo piense, doctor; ni lo piense… -Me miró con desolación, escrutando todavía en mi cara la posible revocabilidad de mi actitud. Confirmé-: Ni pensarlo -y agregué-: Además, esta mañana no lo va usted a poder ver, ni con perro ni sin perro (pues de pronto me había irritado el viejo imbécil, y ya no me daba la gana). Ahora me sonreía él, conciliador, propiciatorio. Se había resuelto a darme parte de su secreto (pues claro está que en eso había un secreto), y ganarme a su causa. Se me acercó mucho y me dijo con ojillos cómplices en voz muy baja, aunque no había nadie más en mi despacho; me dijo: -Querido Tadeo: este perrito, ahí donde lo ves, es una maravilla, y hará las delicias de Su Excelencia. No te imaginas la sorpresa que le traigo a nuestro gran hombre. Pero tú vas a disfrutar de las primicias. Sí, tú vas a tener ese privilegio. Aguarda. -Echó una mirada alrededor-. ¿Dónde podríamos apartarnos para que veas lo que este animalito sabe hacer?
«Confieso que el demontre del viejo había conseguido meterme en curiosidad. Y como no tenía nada mejor de qué ocuparme en aquel rato, ordené al conserje que no dejara pasar a nadie hasta nuevo aviso, y me fui a encerrar con el doctor y su perro en aquel mismo cuarto de baño presidencial donde por vez primera conocí al caudillo y a su plana mayor [111].
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