Francisco Ayala - Muertes de perro
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Todo eso es tonto, de acuerdo; y en resumidas cuentas, no tiene importancia alguna en comparación con las licencias a que en privado se entregaba la Primera Dama y, sobre todo, con la conspiración en que por último envolvió a Tadeo Requena, empujándolo a perpetrar un acto cuyas con secuencias habían de ser fatales para ellos mismos y para el país entero. El caso de la perrita japonesa no pasa de ser una muestra bastante inofensiva en sí misma de sus ansias de figurar y de prevalecer; y si tan comentado fue, es porque ahí la frivolidad aparece en estado químicamente puro, además de hallarse implicados los gringos, cuya sola existencia suele ser ya motivo de indignación entre nosotros. Por supuesto, hacia el Coloso del Norte derivaron las críticas más implacables, y con toda razón. No se imaginan ciertas gentes cuan ofensivas pueden resultar a veces sus mal calculadas amabilidades…
Véase, como complemento del caso, la versión que suministra en uno de sus habituales informes el Ministro de España. Con su estilo prosopopéyico [102], da cuenta a la Superioridad de la muerte de una galguita japonesa, propiedad de la esposa del Jefe del Estado, acontecimiento nimio, dice, que sin embargo no ha dejado de tener repercusiones dignas de tomarse en cuenta. «Es tal la atmósfera de adulación aquí reinante -añade-, que un hecho tan doméstico ha transcendido a la publicidad hasta adquirir proporciones increíbles; y, en ese ambiente de general histeria (de la que dará idea a V.E. el solo dato de que un locutor de radio emitió la noticia con voz tan velada que parecía ir a quebrársele en llanto), el decano del cuerpo diplomático se creyó en la obligación de convocarnos para estudiar la situación y resolver si procedía darse por enterados. Se decidió lo único razonable: que, sin carácter oficial alguno, y cada cual a su discreción, dejara caer una palabra amable en el oído de la dama.
»El colmo ha sido, dentro del cuadro de este acuerdo, la actuación del Embajador norteamericano. Ya conoce V.E. por informes míos el carácter ingenuo de Mr. Grogg, y la manera como trata de seguir las pautas de captación que su Gobierno mantiene respecto de los países hispanoamericanos. Pues bien, el hombre ha creído esta vez poner una pica en Flandes [103]regalando a la señora una perrita de la misma raza, traída, por si fuera poco, en un transporte militar aéreo, sin duda para "estrechar los lazos de amistad que unen a ambas repúblicas del Continente americano", como escribía aquí un periodista al anunciarlo. La señora, claro está, se siente halagadísima. Pero dudo de que el Presidente mismo, hombre bastante sagaz, aunque impenetrable, se deje impresionar por recursos diplomáticos tan burdos, que jamás serán bastante a contrapesar, en el fondo, el amor nunca desmentido de los pueblos hispanoamericanos hacia la Madre Patria.»
No andaba descaminado, por cierto, el Ministro de España en esta apreciación; pues el propio secretario particular de Bocanegra la confirma -testimonio irrecusable- cuando en sus memorias se hace eco, según era previsible, de tan sonado asunto. Cuenta ahí Tadeo que, a raíz de él, le preguntó su amo, con voz medio distraída, mientras firmaba unos papeles: «¿Qué te ha parecido el gesto de Mr. Grogg?»
Y como él, según su taimada costumbre, se abstuviera de contestar, todavía agregó, sin mirarlo, Su Excelencia: «¿Tú qué crees? ¿Cuánto podrá costar una bestezuela como ésa?» Y conjeturó luego: «Lo habrá pagado todo la U.S. Treasury [104] , por cierto.» Parece que aún añadió dos o tres cosas más, medio gruñendo, a la vez que emporcaba los papeles con la ceniza de su sempiterno cigarro; hasta que el joven secretario, por decir algo, comentó: «Y lo han traído en una superfortaleza del Army» [105]. A lo cual Bocanegra volvió a insistir sobre el punto: «Un perro no puede costar mucho, ¿verdad?»
En cambio doña Concha estaba encantada; también lo declara Tadeo. A Grogg le discernía ahora el título de «mi amigo»; y cada vez que el pobre tipo iba a Palacio, tenía que recibir los agasajos de la nueva Fanny. «A mí -escribe el secretario- me da no sé qué el verlo al muy pavote, colorado y risueño, hurtándole la cara a aquel bicho estúpido, que se obstina en besuquearlo con su húmedo hociquito de rata.»
XV
Me pregunto si hago bien en extenderme tanto y recoger tan al detalle pamplinas como éstas, aquí encerrado en mi cuarto, cuando los principales actores del cuento han muerto ya de muerte violenta, mientras la gente afuera sigue matándose con frenesí, y pende en verdad de un hilo la vida de cada uno de nosotros. Me pregunto si son dignas siquiera de la historia pequeñeces semejantes… Pero, bien pensado, creo que sí. Sobre el fondo de la situación desencadenada por ellas, anécdotas como la referida adquieren un sentido trágico; la frivolidad puede alcanzar dimensiones trágicas; puede tener el efecto de un bofetón o de un escupitajo.
Se comprenderá que no voy a recoger los infinitos ejemplos donde la vanidad de esa mujer venía disfrazada de actividades culturales, de política social, de beneficencia, de esto o de aquello, para así engañar a algunos. He tomado ese caso único, por cuanto en él se la ve muy al desnudo. Y con desnudez tan obscena, por cierto, que los dicterios del respetable público (recuerdo bien las apreciaciones vertidas en mi tertulia de La Aurora) extendían con unanimidad a su dueña la condición perruna de la pequeña Fanny. ¡Grandísima!, era el invariable estribillo de cada nueva observación. Y ¡claro que era una grandísima! Con verla bastaba: sus actitudes, su manera de mirar, su voz un poco ronca, sus risotadas sonoras, sus vestidos, su mera presencia, rezumaban liviandad, suscitando en los hombres reacciones de agresiva concupiscencia. Pero esto, por sí solo, no hubiera sido nada. Lo verdaderamente explosivo en su persona era la mezcla de tal liviandad con la ambición. Sin este último poderosísimo ingrediente, sus trapicheos, o devaneos, no hubieran sobrepasado la categoría de peccata minuta [106] ; lo que los agravaba era el combinarse con aquella urgencia suya casi compulsiva, de intrigar, urdir y tramar sin pausa, mediante la cual se transformaban en fuerzas, y fuerzas demoníacas, lo que de otro modo hubieran podido llamarse sus debilidades. Echar sus redes, y envolver en ellas a todo el mundo: ése era su deporte. Ni siquiera creo que premeditara sus planes con vistas a objetivos claros; a lo mejor, sus designios se dibujaban, o se esbozaban, en el tejer y destejer, como simples ocurrencias, como antojos que decaían luego, olvidados; o bien adquirían fijeza obsesiva, en cuyo caso podía obcecarse tanto en el empeño, que ella misma quedara enredada con sus propios hilos.
Sospecho que algo de esto hubo en su lío con el secretario Requena, en el que tanto le sirvió de cómplice y encubridora su prehistórica amiga, Loreto. La muy imbécil, de todas maneras la hubiera secundado ciegamente, aun sin necesidad de que la otra lagartona explotara su delirante manía de la Presencia Maravillosa, canalizándola hacia las sesiones de espiritismo donde también captaría la voluntad del joven Tadeo. En cuanto a éste, es curioso el modo como llegó a dejarse arrastrar hasta una alianza criminosa -y, al mismo tiempo, descabellada-, que tan funesta había de ser a la larga para todos, no sólo para ellos, los autores de la conspiración, ni en general para los protagonistas de la escena pública, sino para la nación entera, e incluso para el infeliz cronista que reúne, ordena y pone en limpio las presentes notas. Diríase que nuestro hombre fue víctima de una fatalidad ineluctable, capaz de moverlo en contra de las más firmes propensiones de su carácter, y aun en contra de su instinto, que lo hacía reacio. Según se desprende y puede colegirse de sus palabras, así como de sus reticencias, cuando en las memorias que tengo aquí alude al espinoso tema de sus relaciones con la Primera Dama de la República, ella fue quien tomó la iniciativa, quien hizo todos los avances y quien desplegó una audacia sin límites, mientras Tadeo, fiel a su táctica cazurra de vergonzoso en Palacio [107], se limitaba a ver venir las cosas con desconfianza, recelo y una frialdad calculadora, sin jamás aventurar paso alguno al que no hubiera sido previamente, no diré invitado, sino empujado o tironeado. Antes de tironearlo hasta la cama, se le había acercado ella varias veces, con diversos pretextos; y, después del consummatum est [108], cuando sus tretas hubieron conducido al previsto fin y eran ya en cierto modo prisioneros el uno del otro, no cejó ella ni por un momento en las maniobras para rendirlo a su arbitrio, y conducirlo a donde mejor le diera la gana, como dueña y señora.
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