Francisco Ayala - Muertes de perro

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La historia satírica del ascenso y caída de un dictador sudamericano sirve a Francisco Ayala para analizar distintos problemas morales. El autor, con un lenguaje preciso, convierte su preocupación por la degradación humana en una interesante novela para un lector adulto y comprometido.

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– Nada -me contestó con énfasis-. ¿Podrá creerme, Pinedo? Lo que se dice nada -y me miró en silencio.

Enseguida contó que, por ayudarla, Concha había insistido en que concurriera a probar fortuna en las reuniones donde, bajo su iniciativa, un grupo de personas distinguidas, versadas y serias establecían contacto semanalmente con el Más Allá desde una salita apartada de Palacio. Ella, que por entonces ya se había instalado allí, para complacerla -no hubiera podido negarse-, empezó a acudir, «pero con pocas esperanzas, imagínese; pues ¿cómo iba a invocarle si precisamente la dificultad consiste en que no consigo recordar su nombre? Llamarlo por el de Antenor sería como gritar en el desierto; y hasta parecería una burla, después de la revelación que él me hizo de su verdadera personalidad, tan distinta… Sin desmerecer a Antenor: muy distinta, y perdóneme, de la suya. Qué le voy a decir: Antenor era buenísimo, nunca ocasionó daño a nadie, y hasta para morirse fue considerado, lo hizo sin dar guerra, sin producir molestia alguna, salvo, claro está, el inevitable susto. Pero de cualquier manera, ¿cómo comparar? Quisiera que usted me entienda.»

La entendía.

– ¿De modo que nunca?…

– Nunca. Tan sólo una vez, un espíritu majadero, o burlón, o tarado (porque también los hay, naturalmente), me quiso embromar dirigiéndose a mí para hacerse pasar por la Presencia Maravillosa; y va y me dice: ¿Me conoces, Loreto? (como si fuera una mascarita); mira, Loreto: yo soy aquel que tú sabes. Pero cuando le apreté las clavijas, exigiéndole que pronunciara su nombre, el muy desgraciado se quiso salir por la tangente: Tú me conoces bien. -respondió-: Soy el Sagrado Corazón de Jesús… -Lo mandé a freír espárragos con sus chuscadas de mal gusto. Pero la verdad es que ¡qué no hubiera dado yo, qué no daría por sentirlo a Él hablarme de nuevo!

Conforté su ánimo lo mejor que pude; pero al mismo tiempo aproveché la oportunidad para aventurar la opinión de que el trato con los espíritus resulta siempre incierto y puede llegar a ser funestísimo; y de que muchos de los males que han llovido y llueven sobre nuestras cabezas se concitaron precisamente en esas mismas sesiones de los martes, donde ella, en cambio, no había conseguido la más pequeña luz. Si un espíritu burlesco le había querido gastar una broma cruel, otros, malvados, habían engañado al joven Requena, espoleando sus ambiciones y persuadiéndolo a que hiciera lo que había de perderlo, a él y al país entero… Loreto meditó un momento; sonrió. A ratos no parecía tan necia.

– No de todo han de tener la culpa los espíritus -dijo al fin-; o, por lo menos en este caso, no es suya la culpa principal. -Reconoció que, en realidad, su amiga Concha era quien había dado ahí los pasos decisivos, con gran susto de parte suya, pero sin que estuviera en su mano evitar nada, porque cuando ella venía a enterarse ya estaban las cosas hechas, o a medio hacer, y no había vuelta posible. -La verdad es -reflexionó-, que Concha era una especie de torbellino: nos arrastraba a todos, hasta que ella misma se sumió, tragada por el vórtice de su propio arrebato.

XVIII

Esta conversación con mi tía Loreto, que duró varias horas, me ha permitido conocer, entre otras muchas cosas de interés positivo, detalles inapreciables acerca de la muerte de Bocanegra, cuyas particularidades parecían destinadas a quedar tan en la oscuridad como si se tratara del asesinato de un remotísimo rey godo. Me refirió Loreto que esa noche terrible, cuando ya ella estaba dormida desde hacía quién sabe el tiempo, quizás de madrugada, vino a despertarla su amiga golpeando con urgencia a la puerta de su cuarto, e irrumpió en él como una tromba, toda desmelenada, para echarse de bruces sobre su cama sin pronunciar palabra. Sólo al cabo de un buen rato y de muchos ruegos, «Mi voz fría, apática, le anunció sucintamente: -Tadeo ha matado a Bocanegra. (Aun entre nosotras -me aclaró Loreto-, solía llamarle a su marido Bocanegra, no Antón.) -Agregando: -Por celos. -Yo, imagínese, Pinedo, me quedé estupefacta. ¡Por celos! De momento no pensé en las consecuencias tremendas de esa noticia; pensaba: ¡Por celos!, y no podía creerlo. Que un amante sienta celos del marido, no es imposible, ni tan raro. Pero ¿celos Tadeo? Yo sabía bien lo tormentos [123]as que eran las escenas íntimas entre ese muchacho odioso y la loca de Concha; más de una vez me había tocado en suerte el desagradable papel de testigo y mediadora; pero no eran cuestiones de celos; era que él la detestaba, y se debatía con la desesperación de quien lleva una piedra atada al cuello, de la cual quisiera y no puede librarse. La insultaba; un día, delante de mí, le dio un empujón que la hizo trastabillar hasta una butaca… ¿Por celos? No, acaso, por aversión. Y ella, a su vez, había llegado a aborrecerlo también desde el fondo de su alma. Si yo fuera a contarle, Pinedo… Pero continúo: estando yo turbada con estos pensamientos y ella tirada siempre, boca abajo, en mi cama: ¡clac!, se oye un disparo. Uno solo, claramente; y luego otra vez el silencio. Concha, que seguía con la cabeza entre los brazos, se irguió, venteando como un perro; y enseguida, de un salto, se puso en pie, y me dijo con voz tensa, pero ahora casi alegre: -¿Has oído? Voy a avisar enseguida. -Y descolgó la extensión de teléfono que teníamos instalada en mi antecámara, para comunicarse con el coronel Cortina. Yo estaba muy confusa; no entendía nada; pensé que Tadeo se hubiera suicidado, después de cometido su crimen. Pero Concha le estaba gritando ya a Pancho Cortina que viniera sin tardanza, que algo muy grave había ocurrido; que el Presidente, sabiéndose traicionado por ese miserable de Tadeo Requena, acababa de liquidarlo… A mí, la cabeza me daba vueltas. -Yo no salgo de mi escondrijo, ¿sabes, Pancho?, hasta que la situación esté despejada -había concluido ella-. Despejada, ¿me entiendes? -Quien no entendía era yo, Pinedo. Le garanto que la cabeza me daba vueltas. En un primer momento creí como digo, que a lo mejor Tadeo se acababa de pegar un tiro. Ese disparo único, en medio del silencio de la noche, si era cierto lo que ella me había comunicado al entrar, no podía ser otra cosa. Pero ahora resultaba… Más tarde se supo -así lo vocearon radios y periódicos- que el disparo lo había hecho, en efecto, el secretario Tadeo Requena, quien mató de la manera más alevosa a su jefe valiéndose de su propia pistola, cuando éste se hallaba en cama. Era verdad, pues, lo que en el primer momento me había comunicado Concha. Sin embargo, cuando ella me lo dijo, todavía no se había oído detonación alguna. Es cosa que no comprendo. Si yo estoy en mi sano juicio, eso no puede ser: ahí hay un misterio, y por más vueltas que le doy no consigo descifrarlo.

Yo me sonreí para mis adentros. Las puntuales memorias de Tadeo me habían proporcionado la clave de ese misterio; yo había leído por adelantado el desenlace en las últimas páginas de la novela y, como un detective que se reserva ciertos datos para sorprender al lector, estaba en condiciones de desenredar la trama. He aquí que la Primera Dama acusa a su amante, el secretario Requena, de haber matado al Jefe del Estado, su esposo; y, sin embargo, sólo más tarde suena el disparo homicida. ¡Problema! Mas yo no tenía interés alguno en ofrecerle la solución a Loreto. Le planteé otra cuestión:

– Y ¿cómo se explica que nadie acudiera al ruido?

– Eso mismo me preguntaba yo en aquellos momentos, viendo que nadie, en efecto, rebullía. Pero, después de todo, la cosa no es tan rara. Para empezar, la mayor parte de los empleados duermen fuera del Palacio; y los que duermen allí, o dormían, era en la otra ala, mientras que nuestras habitaciones quedaban del lado de las oficinas. Además, si alguien oye un tiro procedente de esa parte, lo más fácil (hay que suponerlo) es que meta la cabeza debajo de la sábana y se quede quietito, para evitarse líos. En cuanto al cuerpo de guardia, queda lejos. El resultado es que, hasta no escucharse, luego, la serie de disparos, uno, dos, tres, cuatro, con que Pancho Cortina ejecutó sumarísimamente y por su propia mano al magnicida, y enseguida el barullo de la escalera, no empezó a acudir gente… En cuanto a la conducta de Cortina, había sido bastante rara y temeraria, ¿no le parece a usted, Pinedo? Llega, acompañado no más que de tres o cuatro hombres, y todavía los deja al pie de la escalera: él solo sube a enfrentar quién sabe qué situación; y luego, en lugar de detener al secretario, lo mata sobre el terreno. ¡Cualquiera entiende!

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