César Vidal - El último tren a Zurich

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Premio Jaén de narrativa infantil y juvenil
Otoño de 1937. Un adolescente llamado Eric Rominger, originario de una población rural, llega a Viena con la intención de cursar estudios de arte. De manera inesperada, en su primer día en la ciudad, descubre la violencia de los camisas pardas y conoce a Karl Lebendig, un poeta con el que trabará amistad. En los meses inmediatamente anteriores a la invasión de Austria por las tropas de Hitler, Eric descubrirá igualmente el amor de Rose y, sin proponérselo, despertará a una vida nueva y totalmete distina a todo lo que hubiera podido imaginar. Pero entonces el Fürer erntra como victorioso conquistador contra Viena.

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Como es lógico comprender, el estudiante no se sentía en absoluto satisfecho con aquel temor que lo paralizaba. De hecho, mientras regresaba a la pensión se dedicaba a mascullar en voz baja reprensiones que sólo le tenían a él como objetivo. Se decía con acento airado que era un estúpido, que no podía esperar nada en esta vida si se comportaba de esa manera, que estaba perdiendo el tiempo tontamente y que, antes de que pudiera darse cuenta, habrían llegado las Navidades sin haberle dicho una sola palabra. Todo eso se lo repetía una y otra vez, causándose un profundo pesar, pero sin llegar a infundirse la suficiente valentía como para quebrar el hielo de su timidez.

– En la vida… ¡en la vida! voy a conseguir hablar con esa chica-, solía exclamar, medio airado, medio deprimido, cuando llegaba al portal de la pensión.

Otro joven que hubiera padecido la timidez de Eric quizá se habría dejado llevar por el sentimiento de derrota, permitiendo que le apartara de sus obligaciones académicas. Con él sucedía todo lo contrario. Ciertamente, la imagen de aquella muchacha inaccesible se apoderaba de su mente y le arrastraba a fantasías que tenían como escenario el parque de Schönbrunn, paseos por el Prater, conciertos en la Opera o largas sobremesas en tranquilos cafés. Sin embargo, en lugar de inmovilizarlo, lo impulsaba a trabajar con una enorme intensidad, como si de esa manera le resultara más fácil soportar todo. Acababa así sus deberes pulcra y rápidamente, y, a continuación, procedía a dibujar de memoria para ejercitar su capacidad artística.

De esa manera, comenzó a elaborar una colección de bocetos inspirados por la muchacha de los cabellos castaños. En algunos, aparecía trazado un retrato de perfil; en otros, se recreaba en detalles como el cabello o las manos. Incluso no faltaban los que simplemente reproducían uno de sus ojos o el hoyo de la barbilla. No otorgaba Eric ningún valor a aquellos dibujos, pero cualquier conocedor del arte habría afirmado que ponían de manifiesto una memoria, una firmeza de pulso y una capacidad para delimitar espacios y volúmenes realmente excepcional, tan excepcional que al muchacho nunca se le hubiera pasado por la cabeza poseerla.

Por la mente de otro joven que no hubiera sido Eric no habría tardado en revolotear la idea de aprovechar su capacidad como dibujante para ganarse el corazón de la muchacha. Sin embargo, el estudiante veía las cosas de una manera muy distinta. Lo que salía de sus manos no le parecía nada excepcional y, aunque le hubiera dado esa impresión, el pudor le habría impedido valerse de ello para acercarse a la joven que colmaba sus pensamientos.

Aquella mezcla de ensueños, trabajo y contacto con la belleza permitió durante algunos días que Eric pudiera sentirse casi compensado por no lograr entablar relación con aquella muchacha que, una clase tras otra, se sentaba a unos metros de él. Sin embargo, semejante tranquilidad estaba destinada a durar muy poco. Concluyó, de hecho, una nublada mañana de lunes.

Ese día, el profesor de la segunda hora se retrasó unos minutos. Seguramente no fueron más de dos o tres pero, incluso en su brevedad, se revelaron fatales. Eric miraba de reojo a la joven cuando percibió que un alumno, situado en uno de los asientos colocados al otro lado del corredor abandonaba su lugar y se dirigía hacia su banco. Rubio, de ojos claros, cuerpo atlético y paso decidido, no debía de medir menos de un metro noventa. Sin embargo, antes de que pudiera sopesar todas esas circunstancias, el desconocido había llegado hasta la muchacha y había comenzado a hablar con ella.

Si Eric se hubiera podido ver, habría sentido compasión de sí mismo, con la mandíbula inferior caída y los ojos -probablemente la parte más atractiva de su rostro- convertidos en dos lagos de desconcierto. ¿De dónde había salido aquel sujeto larguirucho? ¿Conocía de algo a la chica? De no ser así, ¿cómo tenía la osadía de acercarse a ella? Aunque… quizá no era osadía. Quizá se trataba sólo de valor. Cuando su sorprendida y atribulada mente llegó a este punto, Eric cerró la boca completamente desolado.

La aparición del profesor obligó a retirarse al inoportuno visitante, pero antes de hacerlo arrancó una sonrisa alegre de la muchacha de cabellos castaños. ¡Una sonrisa! Pero… pero ¿por qué sonreía a ese memo? ¿¿¿Por qué??? ¿Porque era alto? Bueno, más altos eran los edificios y seguro que no se dedicaba a prodigarles sonrisas. Con estas y otras preguntas parecidas, Eric se vio sumergido en un universo paralelo, donde no había lugar para el dibujo, ya que todo estaba más que ocupado por unos celos insoportables.

Si desde que había visto por primera vez a la muchacha, Eric había estado encarcelado en un purgatorio del que no sabía cómo escapar, ahora se veía encadenado en un verdadero infierno. Mientras afilaba los lápices, o borraba un trazo mal dibujado, o intentaba no perderse por las calles de Viena, el estudiante era presa de fantasías en las que el muchacho rubio acompañaba a la muchacha de sus sueños a casa, al parque o al cine. Cuando llegaba a ese punto, Eric se maldecía por no ser veinte centímetros más alto (¡por lo menos!), por no haber nacido en Viena (¡total, vivía en ella también!), o (¡diantre!) por no ser menos tímido. Sin embargo, aún le quedaba por soportar lo peor.

Durante una semana -¡sí, una semana!- el chico alto y rubio aprovechó la menor tardanza de los profesores para llegar hasta el banco donde se encontraba la muchacha. Conversaban durante unos minutos y siempre, siempre, siempre -¿cómo lo conseguía?, ¡diantre!- le arrancaba una sonrisa.

Porque, tal y como Eric veía las cosas, la chica le sonreía, no porque lo deseara, sino porque aquel endiablado compañero la engatusaba de alguna manera invisible pero muy eficaz.

Sin embargo, si aquello ya era de por si bastante malo, no tardaría en resultar peor. Así lo descubrió cuando un día soleado, al concluir las clases, el alto se acercó hasta la muchacha, le musitó unas palabras al oído y salieron a la vez del aula.

Se trató tan sólo del inicio, porque a partir de ese día rara fue la ocasión en que los dos no se marchaban juntos al acabar las clases. Cierto es que una mañana dio la impresión de que no sería así, pero sólo lo pareció. Cuando Eric se las prometía más felices, cuando el rubio brillaba por su ausencia, emergió de algún banco distinto del habitual y llegó, insoportable como siempre, hasta la cercanía de la muchacha.

Aquella aparición inesperada, inaudita, inaguantable, provocó en Eric un pujo de indignación que nunca antes había sentido. De buena gana se habría levantado para propinar a aquel tipo altote un puñetazo en la nariz. No lo hizo seguramente porque era un muchacho educado en las mejores convenciones sociales. Sin embargo, no tenía la menor intención de quedarse quieto. Todo lo contrario. Cuando la última clase concluyera, los seguiría. Así, apenas sonó el timbre y el muchacho rubio se acercó a la chica, Eric se puso en pie decidido a alcanzarlos. No fue fácil. De hecho, tuvo que sortear a varios grupos de estudiantes bulliciosos, a un bedel encolerizado y a una pareja de profesores que charlaban animadamente, pero, al fin y a la postre, lo consiguió. A cinco metros de la salida a la calle, se colocó a su altura. Luego, apretó aún más su acelerado paso y consiguió rebasarlos. Sólo pudo lanzarles una mirada cargada de apresuramiento pero fue suficiente.

– ¿Te… te gusta Karl Lebendig? -dijo sin apenas resuello a la muchacha de los cabellos castaños.

La chica frunció el entrecejo, pero no abrió los labios. El joven alto se había quedado tan estupefacto que ni siquiera pudo reaccionar.

– Lo… lo digo -continuó Eric- por el libro que llevas…

La muchacha bajó la vista hacia el volumen que sostenía con los brazos cruzados contra su talle y su acompañante se sumó a la mirada con un gesto raro de curiosidad.

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