Maria Siliato - Calígula

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En el fondo de un pequeño lago volcánico, muy cerca de Roma, descansan desde hace veinte siglos dos barcos misteriosos, los más grandes de la Antigüedad. ¿Cómo llegaron estas naves egipcias a un lago romano? Una inscripción en el interior de los barcos puede ser la clave: el nombre Cayo César Germánico, más conocido como Calígula, sea tal vez la respuesta. Esta extraordinaria novela ofrece una nueva visión de la excéntrica y controvertida figura del emperador Calígula, tan despreciada y cuestionada por la historia. Un niño que logró sobrevivir y aprendió a defenderse en un medio hostil, un muchacho que veneraba a su padre y que junto a él descubrió y se enamoró de Egipto. Un joven marcado por la soledad, el dolor, arrastrado a la locura por el asesinato de toda su familia, víctima de las intrigas del poder. ¿Cabría ahora preguntarse si el gran verdugo, el asesino brutal, no fue en realidad una víctima?

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Sabino manifestó su interés prácticamente con las mismas palabras que las empleadas por Sertorio Macro en los tiempos de Tiberio:

– Si faltase el emperador, lo mejor que podría pasarme es ser enviado a una legión cualquiera en la frontera con los partos, si me dejan vivo.

Pero Calixto era mucho más astuto que él y Sabino, delatado por su propia declaración, se encontró irremediablemente atado a él. Calixto, indulgentemente, le prometió el agradecimiento del hombre de confianza para el que conquistaría el imperio.

Calixto encontró a ese hombre de confianza y agradecido en el anciano Claudio, el tío del emperador, el latinista y etruscólogo que llevaba toda la vida metido en la biblioteca. Ligeramente cojo, tenía fama también de padecer un leve retraso mental. Había inventado tres nuevas letras para el alfabeto latino que a todos les parecían superfluas. Había escrito sobre Etruria, sobre Cartago, sobre la Roma de los primeros siglos. Estaba catastróficamente indefenso ante el encanto de una mujer. Había tenido dos o tres bellas e inquietas mujeres, y todos reían de la torpeza con que importunaba por igual a las jóvenes esclavas extranjeras y las atónitas consortes de sus más queridos amigos. Un hombre que -esta vez de verdad- no causaría problemas a los senadores y, como símbolo inútil y fácilmente manejable, dejaría el poder en manos de las dos irreductibles facciones en que el Senado estaba dividido desde hacía casi cien años.

El futuro daría la razón a los cálculos de Calixto. Pero Calixto había hecho que el anciano Claudio quedara indisolublemente unido a él el día que le susurró, como si se tratara de una afectuosa confidencia:

– Tu sobrino Cayo César ya sospecha de todo el mundo. Incluso de ti. Está pensando en envenenarte.

Dejó que el anciano se sumiera en la consternación y después, como por arte de magia, trocó esta en esperanza diciéndole que, «si alguna vez alguien lograra liberar a Roma de aquel monstruo», la única persona digna de ser elevada al imperio era él, Claudio, el descendiente noble y sin tacha de la terrible pero gloriosa familia.

– Pero prométeme que, de todo esto, no se te escapará ni un suspiro. Si hablas, perderemos todos la vida en un momento.

El viejo prometió. Y Calixto logró mantener aquel pacto absolutamente en secreto, convirtiéndolo en un as guardado en la manga.

Sin embargo, el punto más espinoso y violento del plan -el que debía no solo ser un éxito sino ser preparado sin despertar sospechas y ejecutado con inexorable rapidez- era la acción material de matar al emperador. Era terrible, efectivamente, imaginar qué les sucedería a todos si el emperador saliera indemne o lo socorrieran a tiempo sus fieles y despiadados germanos.

– El riesgo es enorme -dijo fríamente Valerio Asiático a sus colegas-. Recordad que una espera demasiado larga pone en peligro el secreto, como se vio con el episodio de Betileno.

Decidieron febrilmente apresurarse, y Calixto encontró al inesperado ejecutor precisamente en el primer prefecto de las cohortes pretorianas, el mayor y el de más confianza, el oficial que se encargaba de las operaciones de seguridad más delicadas y, por lo tanto, podía desmontarlas mejor que cualquier otro: se llamaba Casio Quereas, es decir, el hombre que tres años antes había entregado a Calixto la fatal nota escrita por Sertorio Macro.

Quereas era un hombre franco y chapado a la antigua, valiente, físicamente fortísimo y rudo, que no soportaba, y probablemente no entendía, los chismorreos y las bromas de corte. El refinado Calixto lo humilló con un pesado juego de palabras y, como él se ofendió, le dijo que no se enfadara porque ese apodo insultante se lo había inventado el emperador. El hombre, que había sentido por el emperador la fidelidad visceral de un perro, se sintió traicionado en su honor y cayó ciegamente en la trampa. Calixto se rió para sus adentros de la inútil precaución del emperador, que había repartido entre dos personas el gran peso y el decisivo poder de aquel cargo.

El sacerdote del templo isíaco de Iunit Tentor

En aquellos días de enero, y pese al mar invernal, desembarcó en el puerto de Ostia un hombre enviado secreta y urgentemente hasta allí desde el templo de Iunit Tentor, donde el joven emperador había hecho pintar las inmensas tablas de astronomía mágica. Se llamaba Apolonio y era sacerdote. Pero Calixto intuyó que debía interceptar la precipitada visita, de modo que fue precisamente a él -el hombre que todo el imperio sabía que estaba continuamente al lado del emperador- a quien el sacerdote Apolonio informó que llevaba una profecía alarmante, nacida de la lectura de las estrellas.

– La muerte está caminando muy cerca del emperador -declaró con preocupación y seguridad-. Debe protegerse de un hombre llamado Casio.

Pero su agitación era tal que otros oídos oyeron, y Calixto no consiguió impedir que la información llegase a la ya maldita mesa privada del emperador. El emperador la leyó en la incipiente noche de enero, mientras Calixto, de pie ante él, permanecía en silencio. En las salas de los palatia, los conjurados se echaron a temblar. Si otros podían creer en premoniciones o vaticinios, todos ellos, en cambio, estuvieron seguros de que había un espía.

En una atmósfera de incontrolable terror, Valerio Asiático decidió:

– No podemos seguir esperando.

Les salvó la vida Calixto, que vio la silenciosa y violenta irrupción de sospechas en la mente del emperador y se interpuso:

– Tengo una idea… -dijo. El emperador levantó los ojos y él sostuvo la mirada de aquellos clarísimos iris entre los párpados abiertos-. Tengo una idea acerca de quién es ese traidor.

El emperador lo miraba, y él, profundo conocedor de todos los engranajes del imperio, haciendo alarde de imaginación, dijo que el objeto de la profecía era un hombre que ostentaba el prestigioso cargo de legado en Asia.

– Es Cayo Casio -acusó-. Por sus venas corre la sangre de aquel Casio Longino que apuñaló a Julio César. En su familia hay una tradición de conspiraciones, una feroz aversión hacia la dinastía. -Hablaba con una violencia tremenda, en un tono glacial, con aquella palidez amarillenta en el semblante-. Debíamos haberlo destituido. Hay que mandar que lo arresten y lo traigan a Roma encadenado.

La orden de arrestar a aquel inocente ajeno a la intriga partió de inmediato, en la gélida noche de enero, a la fulminante velocidad de los mensajes imperiales.

Anio Viniciano susurró con ironía cruel:

– Por mucho que corran los caballos y soplen vientos favorables para las naves, la distancia es grande. Los dioses nos dan tiempo suficiente para llevar a cabo la empresa.

Asiático, con su característica sonrisa, pronosticó:

– El hombre más feliz del mundo cuando se entere de que el «muchacho» ha muerto será Casio al desembarcar en Roma encadenado.

Entretanto, nadie dio muestras de acordarse de que en el restringido círculo de los palacios imperiales operaba el primer prefecto de los pretorianos, para quien todas las puertas estaban abiertas día y noche y que llevaba el nombre de Casio Quereas. Y los dioses protegieron también la memoria del emperador.

Eran momentos de fiesta: en los palacios imperiales se celebraban los ludi Palatini, y en la sala que llamaríamos isíaca se presentaban, para la corte y los amigos del emperador, elegantes espectáculos de danzas y mimos. En los palatia reinaba una feliz confusión.

Los conjurados se congregaron en un pequeño grupo inquieto.

– Los palatia están llenos de gente, podremos movernos con facilidad -dijo Saturnino, y todos, de consuno, decidieron actuar allí dentro-. En la ciudad nadie sabrá nada hasta que lo digamos nosotros…, y si hubiera que rechazar a la muchedumbre, es el sitio más defendible.

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