Y sobre todo iba a dominar la censura. Desaparecieron, o están gravemente mutilados, los testimonios contemporáneos más objetivos: Valerio Mesala, Agripa, Cilnio Mecenas, Trasea, Elvidio, las fundamentales Memorias de Augusto, de Tiberio, de Agripina, del joven Druso. Nos faltan, total o parcialmente, los escritos de Tito Labieno, historiador, cuyas obras fueron quemadas por orden del Senado; del mordaz Casio Severo, desterrado por Augusto; de Cremucio Cordo, que se dejó morir porque Tiberio había destruido su trabajo; de Pompeyo Trogo, al que conocemos solo por los epítomes de Juba y Marco Justino; de Aufidio Basso, que había tomado nota día a día de los sucesos hasta el año 49; e incluso aquellos escritos de Plinio Cayo Segundo, el Viejo, muerto durante la erupción del Vesubio, que tratan de historia. Nos falta íntegramente el libro de Tácito que habla del joven emperador, como si una mano lo hubiera retirado. Todos estos nombres constituyen para nosotros una imponente biblioteca con las estanterías devastadas. Además, los escritores supervivientes han viajado a través de los siglos, no esculpidos en piedra, sino en copias de copias de copias, hechas sin control o mal traducidas durante los oscuros siglos medievales, en bibliotecas bizantinas o en monasterios de Occidente, cuando el recuerdo del antiguo imperio estaba marcado por el odio.
Así pues, en la mayoría de los casos, para recoger fielmente una historia antigua es preciso luchar contra la incompetencia o la parcialidad de los testimonios escritos. En cambio, los hallazgos arqueológicos -edificios, inscripciones, monedas, tumbas, ostraca, mármoles y bronces, frescos, joyas, tejidos, monumentos… -irrumpen desde el pasado como la voz de un testigo incorruptible.
Maria Grazia Siliato nació en Génova (Italia, aunque es suiza de nacionalidad. Es una conocida arqueóloga e historiadora de la cultura mediterránea, además de ser la fundadora de la Sociedad de Antigüedades Paleocristianas y Arqueología, con sede en Roma. En 1920 se descubrieron en el lago Nemi, a treinta kilómetros al sur de la Ciudad Eterna, dos grandes naves, pero hasta los años noventa, gracias al trabajo de investigación de la propia autora, no se descubrió la inscripción en ellas que ha inspirado Calígula.
[1]Barrio bajo y populoso de la antigua Roma, situado al pie del Quirinal, el Viminal y el Esquilino. (N'. de la T )
[2]Esta es una traducción macarrónica que parece confundir el verbo odi (odiar) con audio (oír). El significado vertido correctamente es “ que me odien con tal que me teman ”. Aprovecho para notificar que se ha corregido en el texto la ortografía “Vitrubio” por la correcta “Vitruvio”. [Notas del escaneador]
[3]El texto del libro de tinta escribe miliarus , que no existe: También se ha corregido anteriormente el nombre del barrio romano de la Subura, que aparece escrito reiteradamente como “Suburra”[Nota del escaneador]