Maria Siliato - Calígula

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En el fondo de un pequeño lago volcánico, muy cerca de Roma, descansan desde hace veinte siglos dos barcos misteriosos, los más grandes de la Antigüedad. ¿Cómo llegaron estas naves egipcias a un lago romano? Una inscripción en el interior de los barcos puede ser la clave: el nombre Cayo César Germánico, más conocido como Calígula, sea tal vez la respuesta. Esta extraordinaria novela ofrece una nueva visión de la excéntrica y controvertida figura del emperador Calígula, tan despreciada y cuestionada por la historia. Un niño que logró sobrevivir y aprendió a defenderse en un medio hostil, un muchacho que veneraba a su padre y que junto a él descubrió y se enamoró de Egipto. Un joven marcado por la soledad, el dolor, arrastrado a la locura por el asesinato de toda su familia, víctima de las intrigas del poder. ¿Cabría ahora preguntarse si el gran verdugo, el asesino brutal, no fue en realidad una víctima?

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El retrato del poeta Fedro. El herma bifronte (Fedro-Esopo) que el emperador quiso para su poeta fue realizado realmente. Ese mármol tan bello y singular ha sobrevivido al paso del tiempo, aunque hasta hace muy poco no se ha interpretado correctamente su significado.

La mujer que fue madre de Nerón. De la hermana traidora del emperador tenemos una estatua, actualmente en el Museo Lateranense. Dado el volumen del pecho y de las caderas, no debía de ser muy joven cuando posó. Quizá ni siquiera hubo conexión psíquica e intelectual con el artista que la esculpió, porque el rostro es inexpresivo y las diferentes capas de tela caen pesadamente sobre el cuerpo, sin ninguna armonía. Se observa, en cambio, una materialidad instintiva, quizá también una notable fuerza física. Las manos son asimismo muy fuertes. Casi aflora un anuncio de la energía con la que, años después, luchó desesperadamente cuando su hijo Nerón mandó matarla.

El ajuar votivo para la Diosa Madre Isis y la pequeña Bastet. Cuando vació la hija del emperador, en Lugdunum, el inventario del suntuoso ajuar votivo fue grabado en una placa y colocado en el templo nemorense: collares, pulseras, vestidos de seda, sistros, pebeteros. Fue encontrado después de muchos siglos, aunque en ese momento nadie conocía su origen.

Los desconocidos edificios egipcios. El sueño no cumplido del viaje a Egipto dejó huellas arqueológicas. En torno a 1830, un estudioso llamado Girolamo Segato viajó al alto Egipto y encontró un templo que los griegos habían llamado Tentyris y nosotros llamamos Denderah, pero cuyo nombre místico era Iunit Tentor. Las paredes exteriores estaban recubiertas de enormes bajorrelieves. Cleopatra, la última reina, estaba allí con su hijo Tolomeo César. Junto a ella aparecía sorprendentemente un emperador romano que llevaba los antiquísimos emblemas faraónicos: la cobra sagrada y el disco solar a modo de corona, el cetro con cabeza de lebrel, la fina fusta y el jopesh de hoja curva en la cintura. Vestido de este modo, el emperador ofrecía a la diosa de los mil nombres, Isis Mirionima, la nave sagrada. Pero el bajorrelieve no estaba terminado, la cara no era reconocible, en los cartuchos no había sido grabado el nombre imperial.

Girolamo Segato vagó por las inmensas ruinas. La arena había cubierto suelos, escalinatas, bases de pilares y columnas, se había amontonado formando dunas contra las paredes y bajo los pórticos. La desmesurada altura del templo parecía aplastada, pero su longitud era colosal. En el antiguo Egipto, si se añadía a un templo -por devoción o como agradecimiento por una victoria- un vestíbulo, una sala o un pórtico, este se construía siempre en el lado de la entrada. Girolamo Segato, hundido en la arena, entró y enseguida vio una vastísima sala hipóstila, sostenida por dos grupos de doce columnas. Y se quedó atónito, porque no eran pilares de estructura egipcia, sino columnas de la época imperial romana. Así pues, un desconocido emperador romano no solo se había hecho representar en aquellos bajorrelieves, sino que había añadido al templo un gran vestíbulo, un nuevo jont. ¿Quién podía haber llegado hasta allí? Los emperadores del siglo n, sobre todo Adriano, habían dejado monumentos importantes, pero se conocían; eran citados, como una gloria, en sus biografías. En este caso, en cambio, el silencio era absoluto.

En una esquina donde el viento no había acumulado demasiada arena se veían los basamentos de las veinticuatro columnas; Segato levantó los ojos y calculó que tenían quince metros de alto. Después vio un impresionante techo de piedra, dividido en gigantescos cuadrados. Allí arriba -intactos los deslumbrantes colores en la aridez del desierto- habían pintado un magnífico ciclo de imágenes. Era un misterioso texto de astronomía mágica: las treinta y seis regiones celestes y los treinta y seis decanos del año egipcio, los nombres divinos de los treinta días de cada mes y los cinco días sin nombre que inician el año; los cuatro puntos cardinales y las constelaciones; y las doce deslumbrantes barcas de las doce horas de la luz y las barcas oscuras de las doce horas nocturnas, los catorce días de la luna creciente y los de la luna menguante. Pero después aparecieron las figuras del zodíaco romano, que el antiguo Egipto no había conocido. Por lo tanto, la existencia de aquella maravillosa pintura y del edificio se debía a la voluntad de un emperador romano.

Sin embargo, sobre el constructor de esa enorme obra, que ascendía de la arquitectura a la filosofía, ningún historiador conocido por nosotros había escrito nunca una palabra. Y por fin, un día, en una esquina del techo de granito, alguien vio que, encerrado en el cartucho como el nombre de un phar-haoui, estaba esculpido el nombre del emperador romano Cayo César Augusto Germánico, conocido entre nosotros como Calígula. Se hallaba colocado en el punto en el que Isis Tiché protegía el cuadrante de Virgo, «el de su nacimiento». Entonces algunos empezaron a preguntarse por qué estaba ese nombre inscrito allí.

Más tarde, en la isla de File se descubrió un grandioso pórtico de época romana: sostenido por treinta y dos inmensas columnas, se extendía a lo largo de todo el lado occidental, hasta la entrada del antiguo templo dedicado a la diosa Isis. Pero en el lado oriental la gigantesca construcción había quedado interrumpida: enormes bloques de granito yacían en el suelo desde hacía siglos. Con todo, alguien había esculpido en la piedra el nombre del constructor: el joven emperador Cayo César Augusto Germánico. Y nadie había llegado hasta aquella lejana isla para ejecutar la sentencia de los senadores y borrarlo. «Te saludo, Isis, te saludo, reina…», decía.

Durante cinco siglos después de su muerte, el antiquísimo culto isíaco encontraría en ese templo tan lejano el último refugio. Los blemios, guerreros negros de Nubla, lo defenderían desesperadamente contra las intolerantes persecuciones de la nova religio que, desde Alejandría, remontaban el valle del Nilo. En el año 544 el emperador Justiniano decretaría en Constantinopla la muerte del pensamiento antiguo, convencido de conseguirlo: cerraría las termas públicas en todo el imperio -poniendo en marcha el inicio de la Edad Media también desde el punto de vista higiénico- y disolvería la escuela de Atenas, donde había enseñado Platón. Transformaría en iglesia incluso el templo de la isla de File y enviaría a un obispo para ocuparlo. En esos días, la última sacerdotisa de Isis Hator sería sacada del templo, despojada de las vestiduras sacerdotales, violada, arrastrada por los inmensos patios mientras era cubierta de insultos y finalmente arrojada desnuda a las rocas de la isla y allí -último demonio pagano- lapidada, enterrada bajo un montón de piedras. Ochenta años después el islam llegaría a todo Egipto.

CAPÍTULO VII

Damnatio memoriae. Un museo romano alberga el bajorrelieve de un joven emperador del siglo I, con las vestiduras y los objetos rituales del culto isíaco. Pero lo miramos sin saber quién es. La figura se halla intacta, pero las facciones están completamente borradas a golpe de cincel, y el nombre también.

Hasta nuestros días no se descubrió la exquisita sala isíaca, la misteriosa obra maestra del emperador llamado Calígula, y se constató con escándalo que, estando todavía nueva, había sido bárbaramente utilizada como cimientos de edificios sucesivos. Con un insolente desprecio hacia su refinada decoración, incluso habían construido allí una cisterna.

Hemos sabido asimismo las dimensiones de la nave que transportó a Roma el obelisco de la plaza de San Pedro. Para hundirlo y que se perdiera su recuerdo, lo rellenaron con una masa de cemento que, al solidificarse bajo el agua, conservó su forma gigantesca.

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