Maria Siliato - Calígula

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En el fondo de un pequeño lago volcánico, muy cerca de Roma, descansan desde hace veinte siglos dos barcos misteriosos, los más grandes de la Antigüedad. ¿Cómo llegaron estas naves egipcias a un lago romano? Una inscripción en el interior de los barcos puede ser la clave: el nombre Cayo César Germánico, más conocido como Calígula, sea tal vez la respuesta. Esta extraordinaria novela ofrece una nueva visión de la excéntrica y controvertida figura del emperador Calígula, tan despreciada y cuestionada por la historia. Un niño que logró sobrevivir y aprendió a defenderse en un medio hostil, un muchacho que veneraba a su padre y que junto a él descubrió y se enamoró de Egipto. Un joven marcado por la soledad, el dolor, arrastrado a la locura por el asesinato de toda su familia, víctima de las intrigas del poder. ¿Cabría ahora preguntarse si el gran verdugo, el asesino brutal, no fue en realidad una víctima?

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El proceso de Julia, la hija de Augusto. La cruel maniobra de desinformación política en torno a los asuntos de Julia, la hija de Augusto -una de las primeras, y con más éxito, de la historia clásica-, se mantuvo durante siglos. Escribir sobre historia era casi siempre una pesada cuestión de mitos preestablecidos, citas y copias. Era, además, una empresa masculina; las voces de la otra mitad del mundo permanecían despreciativamente sometidas. Decenas de solemnes y austeros historiadores, ciegos a todas las incongruencias, describieron esa perversa tragedia como un castigo necesario, infligido por un noble padre a una hija «disoluta».

La villa de la isla de Pandataria. Se ha descubierto que para construir el puerto de la isla donde más tarde Agripina fue condenada a morir -actualmente Ventotene-, su padre, Agripa, el gran marino, había retirado sesenta mil metros cúbicos de roca excavando hasta una profundidad de tres metros bajo el agua. En la planicie llamada hoy punta Eolo quedan los restos de una monumental escalinata, mosaicos y mármoles coloreados, con nichos que albergaban estatuas de jardín. Apareció también un pórtico, y los restos de las termas y de un templete espectacular. La villa fue saqueada durante siglos, además de sacudida por terremotos. Poco a poco, casi todo fue cayendo al mar. Los Borbones de Nápoles instalaron allí una torre de vigilancia y utilizaron como durísima galera una enorme cisterna que conservó el nombre de Gruta de los Presidiarios. Sir George Hamilton, que vivió treinta y cinco años en Nápoles como embajador británico, llevó a cabo la última expoliación devastadora. Pero la nave, cargada con estatuas, bronces y mármoles, se hundió en algún lugar desconocido del Tirreno. Los objetos que se salvaron están en el British Museum.

La villa tiberiana de Sperlonga. La villa y la spelunca fueron abandonadas y devastadas a partir del siglo IV. En un refugio situado en mitad de la cuesta se instaló un célebre anacoreta cristiano. Y como Tácito, hablando de ese lugar, lo había llamado con imprecisión nativo in specu, gruta natural, cayó en el olvido y nadie se sintió tentado de buscarlo. Ese espacio tan revelador desde un punto de vista psicoanalítico salió de nuevo a la luz por casualidad en el año 1957, ante la mirada atónita de los ingenieros que estaban construyendo una autovía. Los arqueólogos acudieron inmediatamente y se constató lo incompletas o desorientadoras que son a veces las informaciones de los historiadores, incluso de los famosos. De la arena se recogieron los siete mil trozos en que alguien, con histérica brutalidad, había roto el titánico grupo marmóreo de Escila. Mientras lo reconstruían con exquisita paciencia, se vio que era el más grande de la antigüedad romana, y contemplarlo de cerca corta la respiración todavía hoy.

Los pretorianos. Los soldados pretorianos organizados por Elio Sejano se ganaron rápidamente una peligrosa fama de tener tendencia a revueltas y conspiraciones, y se mantuvieron como cuerpo durante tres siglos. Los disolvió Constantino, pero para sustituirlos por milicias devotas a él y al nuevo poder que estaba naciendo. Han llegado hasta nosotros algunos retratos suyos en mármol. El casco es tan ajustado que les forma arrugas en la frente, de manera que presentan una expresión ceñuda. Los cubremejillas y el protector de la barbilla son anchos y pesados, encierran el rostro con una dureza invulnerable, intensa como un voto religioso. De hecho, Tiberio eligió como distintivo para ellos el escorpión africano, de aguijón largo y curvado, fatalmente decidido a morir con tal de matar al enemigo.

La residencia del monte Vaticano. Tras la detención de Agripina, la residencia fue abandonada. La ocupó brevemente, y la amplió, el último emperador de la dinastía Julia-Claudia, Nerón. Más tarde, las terribles leyendas medievales sobre el emperador asesino de cristianos, suicida y condenado, fantasma sin sosiego, dejaron en torno a ese lugar un aura de miedo. Después, la zona fue en gran parte ocupada por los edificios cristianos del monte Vaticano. Por último, los restos de la villa se perdieron bajo otras construcciones: un solemne criptopórtico, fragmentos de mosaico en algunos sótanos, una columnata en el claustro del Hospital del Espíritu Santo… Ya en nuestros días, aparecieron espléndidos frescos, entre ellos la victoriosa batalla naval de las Égates: Augusto está de pie en la orilla con el manto púrpura: desde las naves, los suyos llevan ante él un prisionero. Se ve también a su hija, Julia, y la imponente figura de Agripa victorioso a su espalda. Se dice que otra parte de la residencia -no sabemos cuánta- fue destruida a finales del segundo milenio para construir un espacioso aparcamiento. Al parecer, entre los escombros aparecieron fragmentos de mármol, ladrillos antiguos, trocitos de frescos…

Res gestae. Casi todos los bronces y los mármoles en los que Augusto había querido grabar su historia para la eternidad y de los que, por orden suya, se habían hecho réplicas en todas las provincias del imperio, desaparecieron a causa de la inconsciente avidez material de muchos en el transcurso de los siglos. Para empezar fue despedazada, y probablemente depositada en un horno de cal, la inmensa losa de Roma, de la que quedan pocos fragmentos. Pero afortunadamente se salvó la copia esculpida en una piedra durísima en la ciudad de Ancira, en Galacia, que es la actual Ankara; olvidada durante mil quinientos años, fue redescubierta por un culto y curioso embajador alemán acreditado ante el imperio otomano. Apareció otra copia, nada menos que después de diecinueve siglos, en la antigua Apolonia, en la Anatolia turca. Y una tercera, por último, en Antioquía de Pisidia. Estaban todas muy dañadas, pero, cotejándolas, se ha recuperado la formidable inscripción entera y se ha descubierto una sutil diferencia. El texto de Ancira dice: «Post id tempus, dignitate omnibus prestiti», es decir, «Desde aquel momento fui superior a todos en dignidad». En cambio, el texto de Antioquía cambia una palabra, solo una; en lugar de dignitate pone auctoritate: «superé a todos en autoridad», que es una férrea declaración de poder. Y nos preguntarnos: ¿cuál fue la palabra. que utilizó Augusto?

Forma Imperii. De este glorioso mapa esculpido en mármol, el primero del mundo occidental, solo poseemos la descripción del geógrafo griego Estrabón, que lo vio entero y nuevo. Sin embargo, en torno a 1480, llegó a manos de un anticuario de Augsburgo, Konrad Peutinger, la copia utilizada en los últimos tiempos del imperio por un general romano desconocido. Peutinger lo imprimió, y eso es cuanto nos queda. Se conoce con el nombre de Tabula Peutingeriana.

El teatro de Sertorio Macro en Alba Fucense. Conocemos la sorprendente iniciativa artística de aquel rudo marso únicamente por una placa encastrada en una puerta monumental y porque tres siglos más tarde, en la época en que el emperador Teodosio declaraba fuera de la ley todos los cultos no cristianos, alguien -que esperaba en vano que vinieran tiempos mejores- bajó del pedestal la pesada estatua del dios Hércules y, para salvarla, la enterró en el templo, donde permaneció intacta hasta que un afortunado arqueólogo se puso a excavar.

CAPÍTULO IV

Villa Jovis en Capri. Sus dimensiones eran realmente imperiales. Los sucesivos pisos del edificio, hasta la exedra, alcanzaban una altura de más de sesenta metros. El trazado para el paseo imperial diario, el ambulatio, medía noventa y dos metros, la dieciseisava parte de un milliarius [3] , la milla romana, y permitía -según los dictados higiénicos- calcular con exactitud el ejercicio físico realizado. Sin embargo, desde el día que Tiberio, moribundo, partió de Capri, la deslumbrante y odiada Villa Jovis cayó en el abandono. Dieciocho siglos después, en 1793, Fernando de Borbón dio permiso para «excavar» y personajes insaciables escarbaron, devastaron y vendieron cuanto pudieron encontrar. Incluso arrancaron los grandiosos pavimentos en opus sectile, y el rey de Nápoles compró las más preciosas taraceas para el palacio de Capodimonte. En 1860 las pobres ruinas -nido de las depravaciones de Tiberio según los excitantes relatos de personajes como Suetonio y Dión Casio, reproducidos con pasión pornográfica por sus sucesores- fueron confiadas a un eremita del lugar.

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