La villa de la esposa adolescente en Antium. Sus ruinas se encontraron después de muchos siglos: fragmentos de columnas, las estructuras de un puerto sumergido, piscinas de agua marina. Con elegante fantasía, un largo puente había unido la villa a una pequeña isla, artificialmente ampliada para convertirla en un delicioso triclinio rodeado por el mar. Pero en la Edad Media, sobre los cimientos de aquel pequeño paraíso de erotismo levantaron una torre, que se convirtió en atalaya, defensa costera y prisión. Al parecer, allí vivió sus últimos días, antes de ser decapitado a los diecisiete años en la plaza del Mercado de Nápoles, Conradino de Hohenstaufen.
La villa de Miseno y el golfo de Baia. La villa desde la que se dominaba el golfo y a la que el joven Cayo subió el día que sintió cerca el imperio, acogió más tarde a Nerón y a Adriano, y finalmente se desintegró en el marasmo general del declive. Renació como fortaleza bajo la casa de Aragón, pero tuvieron que pasar cinco siglos más para que fuera transformada en el mágico Museo del Tirreno.
El lago Averno. El poder del mito que rodeaba aquel lago siniestro era tal que, once siglos después, un religioso, Gervasio de Tilbury, profesor de derecho canónico y gran viajero, escribió al verlo que «en el fondo de sus aguas venenosas» se entreveían las puertas de bronce del infierno. Más adelante, una precisa observación geológica localizó alrededor más de setenta pequeños cráteres dormidos, redondos como ojos de Cíclopes. Mientras tanto, poco a poco, el bradiseísmo convertía en mar el lago de Baia y la clamorosa procesión de villas. La grandiosa residencia de los Pisones, situada en el lugar que hoy llamamos punta Epitaffio, quedó sumergida en el mar y su espectacular nymphaeum es en la actualidad una maravillosa aventura de arqueología subacuática.
Los retratos. De los años juveniles que marcaron tan duramente la vida de Cayo César -llamado más tarde por los historiadores enemigos Calígula-, quedan, dispersos por los museos, varios retratos. El fundador de la dinastía, Julio César, aparece, quizá en su expresión más auténtica, en un finísimo mármol que está en el Museo Pío Clementino. ¿No tiene aún los cincuenta? ¿O ya había conocido a Cleopatra? Sus mejillas están hundidas como debido a las fatigas de una guerra, mientras que su famosa calva es todavía casi inexistente. Tiene la boca cerrada y las mandíbulas apretadas, pero los labios están bien perfilados, son vivos y sensuales. Parece que esté mirando a alguien, un poco más abajo: ¿es tal vez la jovencísima Cleopatra, que -para llegar hasta él superando los controles- sale inesperadamente, despeinada, de la alfombra enrollada donde se ha escondido? Lo cierto es que en ese mármol hay una confusa mezcla de sensualidad y de poder.
Antonia está en el Museo Nacional Romano: los cabellos recogidos y sujetos alrededor de la cabeza, en ondas cuidadosamente entrelazadas que parecen una diadema; una imperceptible sonrisa en la boca cerrada, que borra la rigidez del mármol en torno a los labios; una tierna inclinación de la cabeza, como escuchando a alguien que habla poniéndose de puntillas. Actualmente hay otro retrato suyo en mármol en el British Museum, en el que también aparece con la cabeza levemente inclinada y el cabello recogido. También vemos a un joven de espesos y ondulados cabellos y mirada profunda; se parece al retrato imperial de Cayo César que se encuentra en el Museo de Nápoles, por lo que se supone que es uno de sus hermanos asesinados.
También en Nápoles, en el Museo Arqueológico, está el rostro de Octavia, la sumisa hermana de Augusta, que acoge a los huérfanos egipcios de Cleopatra y Antonio. Y Agripina, sentada, no muy joven ya; se dice que fue esculpida, después de morir por rechazar la comida, por orden de su hijo cuando fue elegido emperador. Hay algunos retratos más, todos llegados de Roma con la inmensa colección de los príncipes Farnesio.
Un largo y extraño viaje, el de la colección Farnesio. Los descendientes de Paulo III, el 222.º papa -el que excomulgó a Enrique VIII de Inglaterra, aprobó la Compañía de Jesús y estructuró la Inquisición-, muerto en 1544, habían acumulado en Roma y en sus numerosas villas las más espléndidas obras maestras del arte grecorromano descubiertas en excavaciones o encontradas entre las ruinas abandonadas de la época imperial. Pero la última de los Farnesio, Isabel, con la que se extinguía la dinastía, se casó con un Borbón de Nápoles. Por eso, en 1787, en vísperas de la Revolu ción francesa, la prodigiosa colección tomó el camino de Nápoles y fue depositada sin muchos miramientos en un inmenso edificio que había servido de caballerizas reales, luego había sido ampliado y reestructurado para convertirlo en universidad, y por último transformado en museo. Y así fue como Octavia, Agripina, Tiberio y Cayo César continuaron contándonos desde allí su historia.
En Roma, en cambio, en los Museos Capitolinos, encontramos a Augusto, muy digno y todavía bastante joven, con una corona de mirto. Del admirable y pulido trabajo del mármol emerge una apacibilidad voluntaria, calculada. El hombre está como detrás de una pantalla. La boca está cerrada, pero sin contracciones; el único rasgo de dureza es el pliegue prominente de la barbilla. Mientras posaba, debía de estar concentrado en quién sabe qué pensamientos, y el artista advirtió el distanciamiento imperial. Se percibe la reserva desconfiada y orgullosa de su elevada mente, hecha para alimentar únicamente proyectos a largo plazo y, para su época, planetarios. Los ojos , en efecto, miran hacia un punto remoto. La concentración está expresada por las arrugas en el entrecejo, y resulta visible, bajo la piel, la tensión constante de los músculos.
De la despiadada y longeva Livia, la Noverca -que despejó el camino del imperio a su hijo Tiberio-, se descubre su rostro afilado, con los labios cerrados, absorto en largas reflexiones, bajo un peinado rígido y compacto, sin gracia; sus ojos miran sin ver.
Pero después nos sale al encuentro un rostro de Agripina extraordinariamente bello. Lleva un peinado distinto del de las otras mujeres célebres de la familia: el cabello está repartido hacia ambos lados de la cabeza y sobre la frente alta, casi viril. Tiene las cejas rectas y los ojos de mirada profunda, coleo su hijo Cayo César. En los lados y en la nuca, los ondulados cabellos están bien peinados, y algunos mechones caen sobre los hombros. La boca está bien perfilada y podría ser apasionada si no fuera por la línea decidida y firme de la barbilla. Parece todavía joven, pero quizá no tenga edad, pues el mármol delata cansancio. Está de frente y mira como si, después de tanto tiempo, olvidado el odio, siguiera denunciando algo.
De los días en que muchos de estos sucesos aún no habían ocurrido, los días de la gloria victoriosa, quedan los paneles de mármol que revisten los costados del Ara Pacis Augustae, en Roma: en un cortejo ritual pero a la vez familiar y espontáneo, avanzan Augusto y Livia, senadores y sacerdotes, Germánico todavía jovencísimo y el comandante Agripa, que desaparecería en aquellos meses. Su pequeño hijo Lucio -que moriría misteriosamente en la desembocadura del Ródano- va agarrado de su toga, y Antonia, desde el fondo, le acaricia la cabeza. Les sigue Julia, que todavía es joven y sonríe. Detrás de Julia camina Tiberio, idéntico a sus retratos de cuando sería emperador. Todos avanzan ordenadamente, de un panel al otro, en la suave blancura del mármol.
El recuerdo de la madre. El joven emperador que llevó a Roma, entre sus brazos, las cenizas de su madre despertó una inmensa emoción popular. La arqueología -placas, inscripciones, monumentos, monedas- ofrece un testimonio más imparcial que los historiadores: muchas ciudades construyeron en honor de la familia perseguida cenotafios o monumentos conmemorativos, como el dedicado a Druso que se encontró en Bergomum, la actual Bérgamo. O el cenotafio, con espléndidos retratos en mármol, erigido en la isla de Pantelleria y que alguien salvó de la destrucción escondiéndolo tras una pantalla de tejas. O, en la antigua Velleia, junto a Piacenza, una bellísima estatua de Agripina que María Luisa de Austria, la mujer de Napoleón, encontró y llevó a su museo.
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