El inmenso templo isíaco de Roma, en cambio, reapareció a trozos en diferentes siglos y de forma desordenada, mientras se excavaban los cimientos de palacios, iglesias y conventos, en un espacio indeterminado que va desde lo que hoy es la plaza de San Ignacio y la calle del Seminario hasta la iglesia de Santo Stefano, por un lado, y por el otro, desde la plaza del Colegio Romano hasta la plaza de Minerva y quizá pasada esta.
A mediados del siglo XV, un jardinero que estaba plantando un árbol encontró una gigantesca cabeza de mármol y, como los curiosos le molestaban, volvió a cubrirla de tierra. Más tarde se encontró una enorme masa de bronce, en forma de piña, y fue llevada a un patio del Vaticano al que le pusieron su nombre. En torno a 1515 aparecieron dos enormes estatuas tumbadas: el Nilo y el Tíber. El Nilo fue llevado al Vaticano, mientras que el Tíber se encuentra en el Louvre, en París.
Otro día aparecieron dos imponentes leones de basalto negro, que fueron utilizados para adornar las fuentes que hay al fondo de la escalinata del Campidoglio. Pero no se entendía qué significaba todo eso. La zona donde aparecían los restos era tan vasta como la actual San Pedro.
Cerca de Santa María sopra Minerva se descubrió un cortejo de animales sagrados, traídos de Egipto, con inscripciones jeroglíficas y nombres de antiguos phar-haoui que nadie supo leer: un gran león agazapado, con las patas cruzadas, una poderosa esfinge en diorita y otra, al final de la calle de San Ignacio, esculpida en el granito rojo con vetas grises del alto Egipto. Luego, también de granito, am babuino, símbolo de Tot, dios de los filósofos, y dos cinocéfalos sentados, con las palmas de las manos apoyadas en las rodillas, símbolos de la meditación. Después apareció un pie masculino de mármol, de dimensiones colosales (no queda nada más de la estatua que sostenía). Que fue fue dejado, sobre un pedestal, en el lugar donde se encontró, y que hoy se llama calle del Pie de Mármol.
En otro momento apareció un torso femenino, de mármol blanco, con vestiduras drapeadas según el rito egipcio, quizá la estatua de la diosa. La retiraron de allí y la colocaron en uno de los lados del Palacio Venecia, junto a la iglesia de San Marco. Era bellísima, grande y misteriosa, y no tenía nombre. La gente de Roma la llamó Madaura Lucrezia.
Después la tierra restituyó los obeliscos derribados. Uno procedía del lago sagrado de Sais y actualmente puede verse, con fantasía barroca, sobre la grupa del elefante de la plaza de Minerva. Otro fue encontrado junto a la plaza de San Macuto; sus jeroglíficos dicen que lo esculpió el gran Ramsés II. Lo trasladaron frente al Panteón de Agripa, que mientras tanto se había convertido en una iglesia.
Otros obeliscos yacían aún bajo tierra. Cuando aparecieron, fueron llevados uno a los jardines de la estación ferroviaria, otro a Villa Celimontana y otro al jardín de Boboli, en Florencia, mientras que otros dos acabaron en Urbino.
Para comprender cómo un conjunto de edificios tan gigantescos desapareció hasta el punto de que ya no se encuentra absolutamente nada de ellos, es preciso excluir las invasiones de los bárbaros, los aluviones y los terremotos. Hay que tener en cuenta, en cambio, que durante la Edad Media este, al igual que toda la Roma antigua, se convirtió en una cantera de refinadísimos mármoles, estatuas y frisos que eran arrojados a diario a los hornos para hacer cal. Pórticos, salas y columnatas no cayeron solos; fueron concienzudamente demolidos, trozo a trozo, para obtener materiales de construcción ya listos para usar. A principios del culto siglo XVI, por ejemplo, echaron el ojo a un gran pórtico con muchas columnas derruidas y lo utilizaron para llevar a cabo unas obras en San Pedro. E incluso en 1597 quedaban aún tantas piedras que fue posible reconstruir la Nave Clementina de San Juan de Letrán.
Alrededor de 1650 Athanasius Kircher, un jesuita originario de Fulda, de cultura enciclopédica, estudió los restos del templo, se quedó asombrado de su grandiosidad e hizo dibujos de cuanto en aquellos anos aún se podía ver. Siglos después aparecieron más restos de arcos y de grandes muros, así como impresionantes bloques de travertino.
Hasta que no se reconstruyó y estudió el enorme plano de Roma esculpido en piedra por el emperador Septimio Severo no se comprendió que aquel espacio sembrado de ruinas había sido, a mediados del siglo I, el grandioso templo isíaco. En la actualidad, sus reliquias irracionalmente dispersas constituyen uno de los itinerarios más sorprendentes de Roma.
Altar isíaco. El senador Saturnino quería destruir el mágico altar isíaco, pero evidentemente no lo consiguió, porque en 1527 -mientras palacios e iglesias de Roma eran saqueados, ante los ojos del papa, por los lansquenetes bajo el mando de Carlos de Borbón, mientras los nobles huían a los castillos del campo y mientras tesoros de arte, joyas, objetos de plata y estatuas eran insolentemente vendidos por la soldadesca- apareció una extraña mesa de bronce, una mensa de unos seis palmos de largo, en la que parecían relucir incrustaciones plateadas y doradas.
Nada se sabía de su historia, de qué palacio o sótano había salido. No era un terroso y deteriorado objeto de excavación; se había conservado intacta y en secreto. ¿Durante cuántos siglos? ¿Dónde? Los saqueadores la pusieron en venta y un herrero llamado Bruno, atraído por su fascinante extrañeza, la compró. La limpió y bajo el polvo vio aparecer una serie de escenas damasquinadas en oro y plata auténticos: personajes que llevaban vestiduras nunca vistas; posturas que nadie sabía explicar pero que parecían rituales; y alrededor, signos que quizá eran escritura pero que nadie era capaz de descifrar. En el centro, sobre un trono, estaba sentada una figura arcana: una divinidad desconocida, coronada por la luna, con una serpiente a los pies.
El herrero presentó la mensa -esperando que le diera una explicación- al hombre que en aquellos días era conocido como el anís experto coleccionista de arte: el veneciano monseñor Pietro Bembo, humanista, noble, amante de la buena vida, embajador de la República véneta, secretario del refinado papa León X y futuro cardenal. Bembo la contempló, no explico nada porque nada ha bía entendido, pero dijo que quería comprarla. Pagó el precio que se le pedía y la expuso en sus salas del palacio Venecia.
La feliz aparición, después de tantos siglos, de la enigmática mensa abrió de golpe una ventana a un mundo sin nombre. La pasión mistérica del Renacimiento se encendió. ¿Eran extravagantes imágenes de un artista antiquísimo o tenían un sentido coherente? En el segundo caso, ¿qué representaban? ¿Una página de la historia? ¿Un mito de milenios de antigüedad? ¿Un ritual religioso? ¿Eran quizá un instrumento adivinatorio? ¿O representaban de modo incomprensible para los profanos, la ceremonia de una iniciación a lo oculto? ¿Indicaban el recorrido de un adepto al interior de una sociedad secreta, desde el más bajo y callado nivel de aprendiz hasta el más alto, esotérico y exclusivo de sumo sacerdote? ¿Eran el origen de las cartas adivinatorias y mágicas del tarot?
Durante siglos, la mensa continuó siendo un enigma, y pasó de mano en mano hasta llegar, finalmente, al Museo Egipcio de Turin. En el siglo XIX se descubrió que es una obra romana del siglo I, la época de Cayo César. Fue realizada, con gran habilidad manual, en estilo egipcio para ilustrar las fases del rito secreto isíaco, pero el desconocido artista romano copió la misteriosa escritura jeroglífica sin saber leerla.
Calixto. La atención de los historiadores pasó demasiado deprisa sobre este personaje. Suetonio, que expresa lo mejor de su talento en los chismorreos, solo dice que la conjura se formó «non sine conscientia potentissimum libertorum», no sin que ciertos libertos muy poderosos lo supieran. Sin embargo, Calixto no fue sino el necesario instrumento en el duelo soterrado, pero mortal, entre poder senatorial y poder imperial. Este duelo iba a proseguir largo tiempo y dejó rastros devastadores en las crónicas de la dinastía Julia-Claudia y luces glorificadoras, casi hagiográficas, en las sucesivas. Con esas crónicas, los historiadores construyeron más tarde el esqueleto de sus obras. Suetonio, por ejemplo, dedicó decenas de páginas a excitantes chismorreos de alcoba sobre Tiberio, Cayo César y Nerón; pero después, al relatar el atroz asedio de Jerusalén bajo el mandato de Tito, reservó una línea y media a un millón de muertos.
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