Al emperador le gustaba la fantasía alusiva de los espectáculos de mimo, que expresaban toda posible emoción mediante la pura gestualidad del cuerpo; y a todos les pareció de buen humor, sin pensamientos siniestros, pese a que la historia de aquel mensajero de Iunit Tentor se había difundido por los palacios. En el intermedio se levantó, saludó a los amigos, regaló -sus presentes siempre eran refinadamente insólitos, ideados por la inconsciente necesidad de suscitar amor- aves raras de las provincias de Asia, metidas en pequeñas jaulas de mimbre trenzado con finas varillas de oro. Luego ofreció zumos de frutas exóticas, recién llegadas por mar de la provincia de África, aromatizados con vino.
– Ha vuelto el fiel Herodes de Judea -susurró Asiático en tono insultante-. Parece que tenga el reino en Roma y no en su país.
Mientras, Herodes se acercaba al emperador con una copa en la mano. Todos creyeron que iba a hacer un brindis, pero, en cambio, susurró:
– Sobre ese mensaje de Iunit Tentor, ¿qué has averiguado?
Llevaba en el cuello, ostentosamente, la célebre cadena de oro.
El emperador miró a los invitados que había alrededor y sonrió.
– Te dije, y tú también lo sabes, que el poder es un tigre…
– El poder eres tú -lo interrumpió Herodes con apasionamiento.
– Un tigre agazapado sobre una roca, solo -dijo el emperador, y miró de nuevo a los invitados, que le devolvían la sonrisa-, mientras una jauría de perros ladra a su alrededor. -Bebió un sorbo-. Y a lo lejos, a caballo -continuó mientras veía aparecer el miedo en el semblante de Herodes-, están los cazadores. -Le dio la copa a un siervo-. Vayamos a sentarnos -dijo. Acarició con la mirada a su hija, que reía en brazos de la nodriza.
En el segundo espectáculo, por el fondo del escenario apareció Mnester, solo, descalzo, apenas cubierto con un exiguo taparrabos de tela dorada. Su belleza sensual e impúdica turbaba a las más incorruptibles matronas; cortaba la respiración, por deseo o por envidia, a senadores y magistrados. Roma estaba llena de historias turbias, festines en los que esas danzas habían ido más allá de toda fantasía, amores carísimos y caprichosos, abandonos, desesperaciones y furores.
Mnester llegó al centro del escenario y se detuvo. Las luces resbalaban como agua sobre su piel, su torso palpitaba de emoción, el ajustadísimo taparrabos parecía descender por sus lisas caderas. Mientras todos miraban, de repente, el emperador se volvió hacia atrás, como si lo hubieran llamado a su espalda. Sin embargo, lo habían llamado dentro de su mente, pero resulta difícil oír las advertencias de los dioses. Encontró la mirada de Calixto, y Calixto se sobresaltó al sentirse mirado. El emperador vio lo pálido que estaba, igual que julio César había visto a Bruto, pero no pensó en nada. Los ojos de su mente no vieron.
Mnester bailaba. Sus ágiles tobillos morenos, sus talones golpeaban la tarima como una llamada. Sus manos se deslizaban con los dedos abiertos sobre la piel, acariciaban su cuerpo sin pudor. Conteniendo la respiración, senadores, magistrados y oficiales miraban los dedos inquietos que se enredaban entre los cordones del taparrabos. Y él, sin ver a nadie, con los ojos cerrados y los labios entreabiertos, vivía el demonio solipsista de su delirio. Sacudía la cabeza; los negros cabellos, larguísimos y brillantes, se habían soltado de la cinta y saltaban sobre sus hombros.
A ambos lados de él, en la penumbra, se movían bailarines que, con los cabellos y los brazos teñidos en tonos verdes, el ondear de los cuerpos y los velos de los trajes, evocaban una selva azotada por el viento; y detrás de ellos estaban los músicos, procedentes del Asia interior. Los sonidos, los movimientos colectivos, las angustiosas y desesperadamente sensuales sacudidas del cuerpo de Mnester representaban el hechizo del deseo, del que el bailarín no lograba liberarse, y creaban entre el público una atmósfera hipnótica.
La música aumentaba de velocidad y de intensidad, eran vibraciones cada vez más apremiantes y explícitas, y el cuerpo de Mnester se retorcía en un solitario, tormentoso placer. Por fin, mientras sus bellísimas y nerviosas manos asían el taparrabos, cayó boca abajo sobre la alfombra, estremeciéndose. Y el ligero telón de seda, con figuras de ninfas pintadas, se alzó, según la costumbre de la época, delante de él y pareció que hubieran sido las manos de las ninfas las que lo habían levantado.
Los espectadores permanecieron inmóviles en sus sitios; solo fueron capaces de aplaudir tras una pausa.
Pero, en el descanso que siguió, el emperador fue presa de su recurrente dolor de estómago.
– La mezcla de fruta y vino… -masculló.
El dolor se agudizó. El emperador se levantó e indicó con un gesto a sus amigos que no se movieran; no obstante, Milonia hizo ademán de levantarse. Él le susurró que se quedara para no alarmar a los invitados; ella obedeció en silencio, como una niña, pero se sentía contrariada. Él vio sus ojos oscuros siguiéndolo mientras se alejaba.,,Pensó que le había hablado con demasiada dureza. Durante unos instantes le dio pena. Ella pensó: «No puedo hacer nada. Pero, si es así, creo que preferiría morir».
El emperador atravesó su querida sala e inmediatamente fue rodeado, como de costumbre, por los guardias germánicos. Mientras andaba, miró alrededor y pensó: «En esta sala he conseguido aprisionar la luz. Siglos después de mí, continuarán viéndola». Calixto también se había levantado y él se dio cuenta de que se había situado a su lado. «No tenía que haber bebido -le dijo en voz baja-. Debo sumergirme en un baño caliente y comer algo.» Eso era, efectivamente, lo que le aconsejaban sus médicos. Vio que Calixto lo miraba ron ansiedad, escuchaba y no decía nada. Pero los dolores eran fuertes; levantó la mano como lo hacía cuando quería despedir al séquito y continuó, rodeado por los guardias. Calixto se quedó atrás.
Al observar estos movimientos, hubo quien sintió pánico. Pensaron que el emperador había decidido ver inmediatamente al tal Apolonio de Iunit Tentor. En la sala, los dos prefectos que estaban al mando de las cohortes pretorianas -Casio Quereas y Cornelio Sabino- se movieron uno tras otro para salir de la sala. A nadie le sorprendió, ya que su función era vigilar. Uno a uno se alejaron también por la salida del fondo, despacio, algunos dignatarios, équites y senadores.
En ese momento, el emperador se acordó de que, en el espectáculo en el que no iba a estar presente, debían actuar en un ballet unos muchachos venidos de la lejana Bitinia. «Nuestro Oriente pacificado -se dijo-. Merecen que al menos los salude.» Y, por primera vez, ordenó a la escolta germánica que lo esperase fuera. Luego se desvió, solo, hacia el largo criptopórtico -la elegante galería construida por Manlio donde se hallaba expuesto el mapa en piedra del imperio- para reunirse con aquellos jóvenes artistas.
Casio Quereas y Sabino habían seguido sus movimientos a distancia. Vieron que había echado a andar por el criptopórtico y que la luz era débil. Constataron, sorprendidos, que los guardias germánicos no lo acompañaban. El emperador estaba completamente solo. Y aquel era el último día para los conjurados.
– Ahora -susurró Quereas-. Es el momento. ¡Ahora!
Sin embargo, se quedaron un momento dudando, casi paralizados por lo que estaban a punto de hacer. Entretanto, empezaban a asomarse al atrio los dignatarios que habían salido sin llamar la atención, y uno preguntó en voz baja:
– ¿Dónde está Calixto?
Hasta hacía un instante, Calixto había caminado al lado del emperador, y ahora había desaparecido: temieron que quisiera traicionarlos. En un arranque de decisión irreversible, Casio Quereas se adentró en el criptopórtico.
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