Maria Siliato - Calígula

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En el fondo de un pequeño lago volcánico, muy cerca de Roma, descansan desde hace veinte siglos dos barcos misteriosos, los más grandes de la Antigüedad. ¿Cómo llegaron estas naves egipcias a un lago romano? Una inscripción en el interior de los barcos puede ser la clave: el nombre Cayo César Germánico, más conocido como Calígula, sea tal vez la respuesta. Esta extraordinaria novela ofrece una nueva visión de la excéntrica y controvertida figura del emperador Calígula, tan despreciada y cuestionada por la historia. Un niño que logró sobrevivir y aprendió a defenderse en un medio hostil, un muchacho que veneraba a su padre y que junto a él descubrió y se enamoró de Egipto. Un joven marcado por la soledad, el dolor, arrastrado a la locura por el asesinato de toda su familia, víctima de las intrigas del poder. ¿Cabría ahora preguntarse si el gran verdugo, el asesino brutal, no fue en realidad una víctima?

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– Limpiadme el palacio de esos bastardos egipcios. Que no quede ni uno.

Anio Viniciano gritó:

– ¡El caballo! ¡El caballo!

Tres o cuatro pretorianos se precipitaron a las cuadras y derribaron las puertas.

– ¿Qué hacéis? -dijeron los mozos que estaban cepillando diligentemente el brillante y sedoso pelaje.

Los pretorianos se abrieron paso dando manotazos a ciegas y apartaron a los mozos. El primer golpe hirió a Incitatus en el corvejón izquierdo; el orgulloso animal cayó sobre las patas posteriores, se irguió tomando impulso con la grupa y las fuertes patas anteriores, con las narices dilatadas, levantó la cabeza sacudiendo la crin y cayó de nuevo hacia atrás sobre las patas posteriores profiriendo un estridente relincho de dolor. Se volvió para mirar al que lo había herido y, mientras sus ojos extraviados miraban, el hombre lo atravesó entre las costillas, a la altura del corazón. Un gran chorro de sangre salió de las narices y salpicó el pesebre de marfil. Incitatus cayó hacia un lado con las patas estiradas, menos la que tenía el corvejón cortado.

El arte de poner orden

El grito «¡Han matado al emperador!» recorrió Roma como el estallido de un relámpago en el cielo del mediodía. La gente se quedó paralizada, pero al cabo de un instante, arrastrada por una desesperada rebeldía, un conato de auténtica revuelta, se precipitó impulsivamente por las calles desde todos los barrios de la ciudad, llamándose unos a otros. El grito «¡Lo han asesinado!» hacía salir a otros de las tabernas, las casas, los talleres, los mercados, y todos corrían instintivamente, como manadas ingobernables, hacia el Foro, la Curia, la domus del emperador. Se formó un caos: carromatos abandonados en la calle, bancos volcados… Los vigiles fueron arrollados por la marea aullante que subía; las cohortes pretorianas, pilladas por sorpresa, no pudieron mantener enteras sus filas. En unos minutos, la muchedumbre enfurecida llenó el Foro, rodeó y sitió la Curia.

Los pretorianos formaban desesperadamente una barrera. Asiático intentaba transmitir la orden de no reaccionar con violencia, pues en un momento la furia podía transformarse en insurrección: «Que no se vea sangre, que no haya muertos…». Algunos ya arrojaban piedras o empuñaban armas improvisadas: palos, varas de hierro, lo que encontraban.

La caballería de Sabino no pudo abrirse paso en medio de aquel desorden, los caballos se encabritaron, tuvo que retroceder. Mientras tanto, en el Foro la muchedumbre se incrementaba con los que afluían de todas las calles y desbordaba escalinatas, balaustradas, columnas, estatuas. En la historia de Roma jamás volvería a estallar una indignación popular semejante tras la muerte violenta de un emperador. Y eso debería haber sugerido a los historiadores alguna reflexión.

Cónsules y senadores, que habían esperado bullendo de júbilo, se echaron a temblar. El anciano Claudio -al que Calixto había metido en el complot- se escondió, aterrorizado, en un trastero del palacio, no se sintió seguro ni siquiera allí y fue a acurrucarse en un rincón del desván.

Los senadores huyeron tumultuosamente para congregarse en el sagrado Capitolio, más fácil de defender que la Curia Julia, en el Foro, y nunca la gloriosa pero empinada vía Sacra había sido subida tan deprisa. Sin embargo, no se salvaron gracias a su indecorosa retirada, sino a los pactos secretos del previsor Calixto, porque cuatro cohortes acudieron rápidamente para proteger el nuevo poder y rodearon el Capitolio con una consigna que, en lo sucesivo, en casi todos los derrocamientos de régimen se encontraría productivo utilizar: «Libertas».

Entonces Asiático declaró que había que enfrentarse a la multitud, hablar. En medio de la desesperación, dos o tres animosos senadores se ofrecieron y, protegidos por los pretorianos, aparecieron en lo alto de la escalinata del templo. Entre ellos brilló la elocuente demagogia del senador Saturnino y la potencia de su voz, que se superponía a los insultos.

– Roma está al borde del hambre -anunció, dejando petrificadas a las aullantes primeras filas-. Las reservas de grano se han acabado -dijo a voz en cuello- porque ese «muchacho», con sus despilfarros sin tino, ha dejado depósitos y almacenes vacíos.

La multitud se sintió confundida, dudó, pues los repartos gratuitos de grano a la plebe romana eran desde hacía años una feliz costumbre. Saturnino anunció potentemente que los senadores estaban interviniendo: un convoy de naves procedente de Egipto estaba a punto de llegar; montañas de grano iban a ser repartidas. Y añadió -mendaz escapatoria de numerosos futuros gobiernos en desesperadas dificultades- que también bajarían los impuestos.

La multitud se bamboleaba. Unos escuadrones de caballería irrumpieron en la plaza y se abrieron paso entre la gente, que retrocedía huyendo de los cascos de los caballos. Detrás de la caballería aparecieron las cohortes pretorianas que habían quedado bloqueadas. Desde lo alto del Capitolio, los senadores asediados vieron que la gente, con un movimiento de marea, refluía, se alejaba corriendo por las callejas. La caballería la persiguió y la empujó hacia la Subura.

– Nos hemos salido con la nuestra -dijo Valerio Asiático, olvidando su refinado latín.

En efecto, en poco tiempo el corazón imperial de Roma estuvo totalmente patrullado por los pretorianos y los vigiles, y de la revuelta solo quedaron montones de desechos y de piedras.

– Dejemos pasar la noche -sugirió Valerio Asiático a sus colegas, y propuso que, por prudencia, ninguno bajara del Capitolio para ir a su casa.

Entretanto, los cuerpos de los asesinados se habían quedado en el suelo, en el atrio de la domus imperial, y nadie se había ocupado de ellos.

Al llegar la noche, un solo hombre en toda Roma, un amigo que había asistido a la tragedia porque se encontraba en la sala isíaca, Herodes Agripa, el etnarca de Judea que llevaba al cuello la cadena de oro del mismo peso que sus antiguas cadenas de hierro, encontró el valor necesario para subir al Capitolio y, exponiéndose al frío viento de enero que barría la colina, solicitó ver a los senadores reunidos. Estos accedieron. Y él, invocando la antiquísima ley de la República, pidió los cuerpos de los fallecidos para darles sepultura. Le contestaron que fuera a cogerlos. Fue con sus siervos, escoltado por silenciosos pretorianos. Vio que los cadáveres habían sido claramente registrados; el del emperador presentaba una salvaje serie de heridas, la mayoría de ellas hechas bastante después de la muerte, pues eran laceraciones abiertas y sin sangre. Del dedo anular derecho le había sido arrancado el anillo sigillarius.

– No eran necesarias treinta y dos puñaladas para matarte -murmuró Herodes-. Quien, estando tú vivo, no se atrevía siquiera a hablarte, ha descubierto que poseía un gran valor después de que estuvieras muerto.

Se apartó para llorar donde no lo viera nadie. No sabía que algunas de esas puñaladas, las más chapuceras, las había asestado un sicario de los Pisones. Sus hombres recogieron el cuerpo de Milonia con la ropa desordenada, vieron el vientre turgente y lo cubrieron.

– Estaba embarazada -dijo Herodes.

Después recogieron a la niña con los cabellos ensangrentados, como un animal aplastado. Nadie pensó en ese momento en los otros cinco o seis muertos como consecuencia de la furia de los germanos, esparcidos por el atrio, ni en el cadáver de Helikon, el catulus egipcio; los esclavos de los palatia los retirarían al día siguiente y echarían cubos de agua sobre el mármol manchado.

Herodes apoyó la frente en la pared del criptopórtico donde estaba el ya inútil mapa del imperio. Como tenía el corazón delicado, sus hombres pensaron que le había dado un colapso por lo que había visto. Se acercaron, pero él sacudió la cabeza y no contestó. Le hablaba al que los suyos habían recogido del suelo con unas parihuelas y cubierto con un paño.

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