Juan Galán - En busca del unicornio

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La novela, ambientada a finales del siglo XV, narra la historia de un personaje ficticio a quien se envía en busca del cuerno del unicornio, que se supone aumentará la virilidad del rey Enrique IV de Castilla, llamado el Impotente. En la trama argumental, habilísima y muy amena, dentro de una escrupulosa fidelidad a la ambientación histórica, se suceden las más curiosas e inesperadas peripecias, siempre con un fondo emotivo y poético que da fuerza y encanto mítico al relato.
El autor ha logrado un estilo que es un maravilloso equilibrio entre la soltura y agilidad narrativa y el sabor arcaico que requería el tema. En suma, una deliciosa novela de aventuras en donde coexisten lo fantástico, lo humorístico y lo dramático. La obra ha sido galardonada con el Premio Planeta 1987.

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Y el dicho alcaide ya sabía por cartas quién era yo y cómo había de tenerme en prisión, no porque hubiese hecho mal alguno sino porque así convenía al servicio del Rey. Y me recibió bien y apiadado de mí y me dio un calabozo alto donde entraba el sol por una ventana y mandó que me pusieran cama de paja nueva para que no me afligiera tanto la humedad y el salitre del mar. Y cada día me daban de comer la misma ración de los guardas y soldados que allí están. Y me dejaban salir dos o tres horas a la azotea ancha donde están los cañones y no me prohibían hablar con los velas que allí hacen sus turnos, de los que, con la curiosidad de mi vida pasada, fui haciendo algunos amigos.

De esta manera pasé cuatro o cinco meses y al final me iban tomando confianza y ni siquiera me cerraban la puerta del calabozo y a veces me mandaban hacer recados por dentro del castillo. Y el dicho castillo es el más grande que imaginarse pueda, pues ocupa toda una península que se asoma en altas peñas y cuestas sobre la brava mar, y por este lado no precisa de muralla ni defensa alguna. Y la única barrera barreada está por el lado de tierra que es muy estrecho y por aquí está la muralla fuerte y bien guardada. Así que yo tenía licencia para andar libremente por dentro y no podía escapar si no fuera tirándome al mar, de lo que sin duda moriría por ser allí muy bravo y abierto y de altas olas batido.

Con esto me fui ganando la confianza de los oficiales y del alcaide y algunas veces me dejaron salir del castillo para ir al pueblo, donde vivían las mujeres de los soldados y artilleros y peones y otras de la mancebía. Y el dicho pueblo tiene unas casillas muy míseras de las cuales las primeras están a dos tiros de ballesta de las puertas del castillo. Y allí me mandaban a veces los guardas a comprar vino, que en el castillo no lo había por las ordenanzas, o a traer comida caliente de la taberna. Y de esta manera me ganaba algunos dineros o algún regalo de cosas de comer o de vino y, siendo los guardas gentes simples, yo también me hacía más simple de lo que soy por engendrarles confianza y amistad. Y ellos, por matar sus horas de vigilancia, que son muy tediosas, me hacían venir a sus puestos para que les contara cosas del país de los negros. Y lo que más a gusto oían era lo referente a como se ayuntan las negras y a qué partes de mujer tienen y a si las dichas partes son más duras y calientes que las de las blancas y al gusto con que se ofrecen a los blancos. Y hacían muchas chanzas sobre esto y uno de nombre Barrionuevo, cabo de ellos, me decía que el día menos pensado iban a botar una galeota y me iban a nombrar almirante de los guardas de Segres para que los llevara a donde las negras estaban. Y que íbamos a alcanzar fama en la labor de empreñar y repoblar a todas las negras del África. Y con todo esto me trataban bien y me daban confianzas y yo me hacía criado de todos y me llamaban "el manco de los güesos" por los que en el saco traía, mas no por burla de mi desgracia sino por su simplicidad de soldados. Y nadie sabía allí mi nombre sino que yo era "el manco de los güesos".

Veintiuno

Y pasando adelante vine a tomar confianza con la tabernera de los soldados que se llamaba Leonor y era viuda y había sido mucho tiempo soldadera. Y aunque no era muy guapa ni estaba bien hecha, andando en su trato luego pareció hermosa. Y la dicha tabernera me había tomado voluntad de ver mi manquedad y cautiverio y así, día sobre día, llegamos a yacer como hombre con mujer según la humana natura demanda, y yo me demoraba grandes ratos en su casa cuando iba con las jarras de los mandados a traer vino al castillo. Y una vez me quedé a dormir con ella la noche entera y, aunque los guardas notaron que faltaba de mi encierro, como sabían donde posaba, no dijeron nada. Y así fui tomando la costumbre de quedarme algunas noches a dormir con Leonor la Tabarta, que así la llamaban, y ninguno me lo prohibía ni decía nada, que todos me veían muy asentado y regalado y contento y nadie creía que pudiera pensar en huir. Y ganas me daban de acomodarme a aquella vida porque mi tal Leonor, aunque no fuera muy bella y tuviera algo de bigote y el rostro algo marchito y estragado de la mucha vida vivida, era para mí más dulce que la miel y muy gentil y en aquel pecho podía yo consolarme de mis tristezas y a su calor me dormía cada noche como niño y ella me consolaba con la ternura de sus manos ásperas y levantadas del mucho trabajar y yo se las besaba como a dama y le decía requiebros en lengua castellana y versos de los poetas, que ella mucho se placía en oírlos, y ella me decía otros en la suave portuguesa que es sutil como la seda en rostro de doncella. Y así nos íbamos durmiendo cada noche, cada uno al calor del otro en aquellos ventosos febreros, debajo de las frazadas de lana, mientras se iba apagando el chisco de la chimenea del rincón y a lo lejos bramaba el mar con su nocturna desvelada artillería. Cien años hubiera sido feliz al lado de Leonor la Tabarta.

Pero yo, aún en mi derrotada vejez, quería poca quietud y cada día paseaba por las altas peñas del castillo mirando el mar que no cansa y pensaba en Castilla y en el alcázar donde el Rey nuestro señor esperaba el unicornio, y en aquella sala del palacio de mi señor el Condestable donde cada noche se juntarían los amigos de mi mocedad a echar los dados y los naipes, y a veces hablarían de mí y se preguntarían si ya estaría muerto. Y pensaba en el tremolar de las banderas de las collaciones y el trompeteo y parcheo de los músicos y el sorteo de las suertes cada vez que mi señor el Condestable saliera contra moros. Y en las tantas otras sonadas y famosas ocasiones en que yo estaba faltando y que tan feliz me habían hecho antes de ir al país de los negros. Mas también reflexionaba, viéndome viejo y manco, que aquellos sueños no tenían más objeto que persuadirme a que, en tornando a las tierras de mi juventud, podía ser otra vez joven y vigoroso, lo que ya era de todo punto imposible y no otra cosa que un engaño que yo mismo urdía para contentar mi triste y dilapidada vida. Mas a pesar de ello determiné pasar adelante y escapar de Sagres en cuanto pudiera y tornarme a Castilla. Y con esto di en pensar la mejor traza de hacerlo y que esto habría de ser de mañana después de dejarme ver por muchos, para que mi falta no fuera notada hasta la tarde y luego tiraría por caminos extraños, primero hacia la parte de Lisboa por donde no fuera buscado y luego, torciendo para donde el sol sale, hacia Castilla. Mas reflexionaba lo fácil que sería a los oficiales del Rey buscar por los caminos a un hombre manco y que muy pronto darían con mi rastro y en alcanzándome me condenarían a prisión más rigurosa y perdería toda la libertad y regalo en que hasta entonces me tuvieran. Y estas cavilaciones me echaban para atrás unos días hasta que nuevamente me visitaba el pensamiento de escapar de allí. Y estando en estas deliberaciones y dudas un día que me crucé paseando por donde bate el mar con dos oficiales del castillo, uno le dijo al otro, por hacerme broma: "Este manco de los güesos cualquier día se nos escapa a Castilla a dar tierra a los güesos de su fraile como le prometió". Y este sucedido, aunque fuera de broma, me hizo pensar que mi determinación saldría mucho más creída si yo fingía que enterraba los huesos allí, con lo que todos quedarían conformes en que ya no podía tener mientes de escapar.

Y así lo hice: dejé pasar un mes, para que los oficiales que tal dijeron no pudieran juntar sus palabras a mi determinación, y luego fui al capellán y al alcaide y les pedí licencia para enterrar los huesos de fray Jordi en el sitio donde estaba el camposanto del castillo. Y ellos me la dieron de buena gana y yo hice como que los enterraba allí y hasta vino el capellán a cantar un responso donde yo había puesto la cruz. Mas los huesos y el unicornio quedaban ocultos entre unas peñas que dan al mar en un sitio distante de allí casi media legua. Y esto cumplido, de allí a otro mes, cuando ya era casi gastado el verano, pasé la noche como solía con Leonor y muy de mañana fui al castillo porque me vieran los guardas de la puerta y luego salí y les dije que me iba a bañar en una playa allí cerca, donde los del castillo se bañaban con las calores, y así lo hice: bajé a la playa me desnudé y entré en el agua por dejar mis rastros y pisadas marcadas en la arena derechamente hasta el mar, mas luego me fui dando un rodeo por dentro del agua hasta unas peñas que al lado estaban. Y en las dichas peñas tenía escondidos de días antes un hatillo de ropa y unos zapatos y ciertos dineros que había juntado. Y en vistiendo aquellas ropas me fui presto caminando por lugares solitarios y ocultos a donde los huesos estaban y en tomándolos me metí por medio del monte hasta que estuve a dos leguas de Sagres donde ya tomé el camino real que por toda la costa va hacia el saliente del sol, por donde yo sabía que se iba a Castilla.

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