Juan Galán - En busca del unicornio

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La novela, ambientada a finales del siglo XV, narra la historia de un personaje ficticio a quien se envía en busca del cuerno del unicornio, que se supone aumentará la virilidad del rey Enrique IV de Castilla, llamado el Impotente. En la trama argumental, habilísima y muy amena, dentro de una escrupulosa fidelidad a la ambientación histórica, se suceden las más curiosas e inesperadas peripecias, siempre con un fondo emotivo y poético que da fuerza y encanto mítico al relato.
El autor ha logrado un estilo que es un maravilloso equilibrio entre la soltura y agilidad narrativa y el sabor arcaico que requería el tema. En suma, una deliciosa novela de aventuras en donde coexisten lo fantástico, lo humorístico y lo dramático. La obra ha sido galardonada con el Premio Planeta 1987.

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Mas luego que me recogieron y tomaron nota de lo que hallaron en Sofala, dieron vuelta y bajaron hacia el Mediodía. Y los pilotos iban registrando las costas y no apartándose nunca de ellas y asentando en sus papeles los montes y cerros y arboledas y cabos y ensenadas y peñas y otros accidentes que por ella se descubrían.

Y así iban levantando sus cartas de marear muy menudamente en servicio de su Rey. Y a los veinte días de navegación arribamos a un río que llamaron el Ocho. Y era una desembocadura grande que vertía gran copia de barro en el mar. Y allí arrimamos los barcos y echamos ancla y se botaron esquifes con barriles por hacer la aguada. Y aunque yo no bajé a tierra, el "Santísima Trinidade" estaba tan cerca de la playa que bien pude ver cómo los ballesteros levantaban un mojón grande y alto amontonando muchas piedras y mampuestos que de dentro de la tierra traían. Y en ello pusieron grande esfuerzo mientras otros subían y bajaban toneles haciendo la aguada y abastando las naos. Y aun otros se entraban por aquellas espesuras de los árboles y ballesteaban carne y tornaban con cabras y sabandijas y asábanlas en la playa con gran deleite y acuerdo de los que en las naos quedaban.

Y de allí a dos días nos partimos muy bien abastecidos de viandas y agua dulce y dejando atrás un mojón o pedrao como en lengua lusa lo llaman, de más de cuatro estados de alto en el que un cantero puso una lápida con el escudo del Rey de Portugal y la fecha. Y esto valía por tomar posesión para su Rey de todas las tierras y afluentes que aquel río bañara, en lo que me pareció notable demasía de los lusos. Mas sobre esto nada dije, tan grande era la merced que de ellos recibía, que era como si me sacasen de la muerte cierta y nueva vida me dieran. Mas en otras cosas advertílos igualmente aparatosos como en lo de usar hinchados y luengos nombres, como si en todos hubiera alcurnia y nobleza, y en lo de llamar a la menor de las carabelas "O Terror dos Mares".

Y era dicha carabela tan menguada y tantas aguas hacía que muy por menudo hacían plática de barrenarla y perderla porque retrasaba a las otras, mas el almirante no se determinaba a perderla.

Pasando adelante la víspera de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo cruzamos por la parte de Poniente por mar muy abierto que el almirante había llamado cabo de las Tormentas por una muy mala que sufrieron cuando la ida, mas hubo suerte a la tornada y lo cruzamos sin daño ni esfuerzo. Y después de navegar dos días más pegados a la costa que de costumbre, luego nos separamos un poco más y tomamos la derrota de Septentrión. Y así llegó la Navidad y ya me dejaron bajar a la playa donde se hizo misa solemne y se rezó un rosario y juntamente cantamos un "Te Deum Laudamus". Y luego comimos carne y repartieron un cubilete de vino por cabeza en muy buena hermandad. Y yo dormí aquella noche con otros en la playa y no pude pegar ojo pensando en mi presente dicha y en que muy pronto vería a mi señora doña Josefina, la cual me creería ya muerto. Y en pasando adelante de allí a pocos días fuimos a dar en otra desembocadura de río grande y nuevamente bajaron hombres a hacer la aguada y a ballestear carne y a levantar un pedrao como el que dejábamos en el otro río. Y a éste llamaban río Siete, de donde deduje que quedaban otros seis por recorrer antes de llegar a Portugal. Y con esto fui cavilando sobre las jornadas y las leguas que faltarían para rendir viaje, que eran más de lo que primero había pensado. Y luego vine a saber que los portugueses no dan nombre a los ríos en sus cartas y papeles sino solamente números porque el nombre ha de acordarlo el Rey de Portugal que muy estrechamente sigue los negocios de las exploraciones y descubrimientos.

Y en esto y otras muchas cosas me pareció que eran gentes muy concertadas y veladoras de sus haciendas.

Y con esto proseguimos nuestro camino y navegación otros dos meses demorándonos en aquella costa por reconocerla y levantando las cartas de marear, que en la ida no lo habían hecho los pilotos por ser ésta la costumbre portuguesa de pasar ligeramente hasta el final del viaje y regresar luego más despacio y por menudo. Y algunas veces se bajaban a hacer aguadas o a reconocer promontorios y bajos y un par de veces regresaron con presa de negros que luego traían a la "Santísima Trinidad" a que yo hablara con ellos, mas aunque ensayaba muy voluntariosamente todas las fablas y palabras de diversos negros que conocía, ninguna de ellas era entendida por los que me traían. Y de ello íbamos sacando en consecuencia haber más copia de hablas distintas entre los negros que entre los blancos que pueblan los reinos de la Cristiandad.

Y luego que eran examinados aquellos negros, los devolvían a la playa y los liberaban sin más daño que el miedo que pasaban sino un par de veces que tomando negras estuvieron los hombres solazándose con ellas el tiempo que nos demoramos en la aguada y las otras cosas, mas luego las despidieron con regalos y ellas, aunque preñadas ciertas, parecían contentas.

Y en estos navegajes ya me fui acostumbrando a ir en naos y cuando se alzaba la mar bravamente lo soportaba bien y no tenía que pasarme el día en vomitorios como al principio. Y amistaba con algunos hombres tanto ballesteros como de marinería y hablaba con ellos en su lengua, empedrando palabras de la mía, que las dos se parecen bastante por ser naturales de lugares tan vecinos. Y así fuimos pasando por otros tres ríos más juntos que los que dejo dichos y éstos se llamaban Cinco y Cuatro y Tres, de donde yo fui acrecentando mis esperanzas viendo cuán presto estaría en mi tierra. Y cada día hacía propósito de buscar a mi señora doña Josefina en viéndome libre y de no separarme de ella jamás.

Y me complacía, cuando estaba solo o antes de dormir, en imaginar cómo sería nuestro encuentro si a la luz del sol o debajo de las muchas estrellas del África y los dulces besos que habíamos de darnos y las largas pláticas que tendríamos en aquel jardín de micer Aldo Manucio sobre lo que había sido su vida y la mía en aquellos luengos años de nuestra soledad y apartamiento. Y hasta tenía pensadas las palabras justas con que la habría de dar cuenta y embajada de mis desventuras y trabajos en el país de los negros callando tan sólo lo pasado con Gela, por excusar celos que, hasta las mujeres de mejor talante, luego que saben de otra, los sufren y padecen y a la más alegre dellas no le verás cara buena en diez o doce días.

Y con esto me iba animando mucho y se me hacía más llevadera la fatiga de la navegación. Y en este tiempo llegó el de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y para esas fechas desembarcamos en una playa larga de muy fina arena y nos confesamos unos con otros, según la costumbre del mar, y oímos misa muy devotamente y tomamos comunión delante del almirante y luego hicimos fuegos y al otro día esparcimos ceniza por las cabezas e hicimos cruda penitencia con que quedamos todos muy edificados.

Los actos ya dichos pasados, partimos de allí y siguieron las naves más pegadas a la tierra y más a menudo se iban y venían esquifes, aunque no había mengua de agua dulce. Y esto entendí ser porque iban a ver puestos donde en otros viajes habían dejado gente, lo que me aseguró estar acercándonos ya a la tierra de los moros en cuya derrota íbamos, si bien todo esto que digo era pensamiento mío pues nadie me daba parla de tales asuntos ni yo osaba pedirla. Y en esto eran muy observantes los marineros y la ballestería, que las más menudas faltas castigábanse allí con muy rigurosas y fieras tandas de palos de que todos quedaban muy escarmentados y edificados. Y aún hubo más el día en que dos hombres en liza se dieron de puñaladas y este ruido acaeció en la nao que decían de "San Joao", a lo que el almirante mandó juntarse en la costa los capitanes todos y algunos pilotos y las gentes de más respeto.

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