Y todos los días que allí estuvimos, que fueron tres, dormí de noche encerrado. Mas al segundo tuve noticias ciertas y vi que de nada me hubiera servido ponerme en peligros de morir ahogado por mi deseo de escapar. Y fue que aquel Sebastián de Silva con el que tanto amistara bajó a tierra y entró en pláticas con un veneciano de los que en las casas del consulado estaban. Y le preguntó por aquella castellana doña Josefina que diecisiete años atrás había llegado a Marraqués con la gente del Rey de Castilla y por las otras personas que con ella iban. Y supo por él que estas gentes habían cruzado el desierto de arena y habían muerto todos luego en el país de los negros y que la señora, cuatro años pasados desde la partida y muerte de los hombres, casó con un moro rico de Marraqués y tuvo dél cuatro hijos y una hija y al tener la hija murió de sobreparto, lo que fue muy llorado por todos por el mucho afecto que le tenían. Y que de las dos mujeres que con ella quedaban y eran sus criadas, la una murió de allí a poco, sirviendo a otro mercader veneciano de nombre Sebastiano Matticcini y la otra casó con un moro que la llevó a otra ciudad, a Mequenés o a Fes, y no se volvió a saber della. Y que un cierto Manuel de Valladolid, que tampoco se determinara a cruzar el arenal y que fuera el contador y mayordomo del Rey en aquella desventurada tropa, amistara mucho con un moro notable de la ciudad del que se hizo tan amigo que no quiso tornar más a Castilla. Y esto sería también por miedo a que la justicia del Rey le demandara ciertas culpas y abominaciones. Y acabó tornándose moro y renegando de la verdadera Fe. Y lo ahijó su amigo y cuando este murió heredó dél muy buena hacienda. Y que era tan devoto y celoso observador de la ley del falso profeta Mahoma que gozaba de muy buena reputación entre los moros y el Miramamolín lo entraba en su Consejo y no daba paso sin consultarle, y lo colmaba de mercedes y honores.
Cuando supe la muerte de mi señora doña Josefina sentí que mi vida no valía ya nada y se me fueron los pulsos y quedé sentado como estaba en mi mazo de cuerdas, fuera de seso, sin saber qué decir. Y mi amigo, que sabía algo del mal que me aquejaba, me puso la mano en el hombro y me anduvo consolando con aquellas palabras acordadas y dulces como música que tiene la fabla de los portugueses. Mas yo no tenía consuelo de aquello y solamente miraba al mar por no ser de otros notado y silenciosamente me estuve llorando muy amargas y calientes lágrimas que la brisa salada del Poniente secaba nada más nacer y me las iba doliendo por las mejillas. Y ya no pensé en escapar de la nao ni de cautiverio alguno sino que determiné dejar mi alma y mi cuerpo en las manos de Dios Nuestro Señor para que fuera servido tomarlas cuanto antes porque más no quería vivir ni seguir penando. Y aún no me consolaba cuando tornamos anclas y seguimos levantando espumas por los caminos tristes de la mar.
Mas según los días fueron pasando iguales como rueda, cada uno con sus afanes, fui yo saliendo de mi postración y tristura en lo que mucho me ayudaron las gentilezas y piedad que conmigo gastaban Sebastián de Silva y los otros que por su mediación fueron luego sabiendo la causa y raíz de mis desventuras. Y con mucha razón me tenía por el ser más desdichado del mundo y hasta los que hasta entonces me despreciaban a veces y me mandaban "manco trae esto" o "manco lleva esto allá", las más de las veces por mortificarme, mudaron ahora y procuraban me favorecer y tenían piedad de mí. Y con esto, como el alma humana antes quiere vivir de esperanza que finar de desesperación, fue cerrando la llaga que doña Josefina había en mí abierto y me fui conformando y me fue doliendo menos aquella honda herida nunca del todo cerrada que siempre me acompañará hasta el momento de mi muerte. Y fui dando entrada a otros pensamientos de más consuelo y así pensaba otra vez en que habría de llevar el unicornio al Rey y que él me recibiría con mucha pompa y nobleza en aquella sala grande de su alcázar y que me colmaría de honores y que yo sofrenaría las lágrimas cuando estuviera rodilla en tierra delante dél escuchando cuantas alabanzas de mí dijera a sus cortesanos. Y cómo luego me daría licencia y me regalaría un caballo suyo y una bolsa de doblas y yo acudiría a presentarme delante de mi señor el Condestable y que el dicho Condestable me recibiría derramando muy tiernas lágrimas y abiertos los brazos como a hijo que vuelve de cautiverio y que me regalaría una huertecilla en los pagos del Guadalbullón para compensarme por mis quebrantos y servicios, mas yo le diría que antes quisiera el premio de volver a servir al Rey en las escaramuzas contra moros y él miraría por mi brazo manco sin decir palabra y yo le mostraría que aún puedo hacer molinetes de estoque certeramente con la mano que me queda y que el brazo manco es capaz, con cierto artificio de correas que tengo muy pensado, de gobernar adarga como si lo asistiese mano. Con lo cual quedaría mi señor el Condestable muy admirado y me daría venia para acompañarlo otra vez contra el moro como en los tiempos de antes. Y aunque mi salud quebrantada y mi ser sin dientes y el dolor y el desconcierto de todas mis coyunturas y el molimiento de mis huesos y mis barbas blancas ya eran más aviso de ancianidad achacosa que de lozana juventud, yo quería persuadirme de que las cosas volverían a ser como antes y de que en tornando a Castilla todo se hallaría como el día que fuimos partidos della. Y en estos consuelos fui pasando adelante y ya no hice por huir a parte alguna de las del reino de los moros que íbamos topando, aunque aún me encerraban las noches por quitarme el pensamiento y ocasión de la huida.
Con esto pasamos adelante y después de una semana salimos a mar abierto y allá nos llegó la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo que celebraron los hombres con gran alegría y algazara y música y coplas y bailes, en lo que ya conocí que faltaba poco para llegar a Portugal, como así fue, pues a veintiuno de enero, con grandes fríos y la mar muy subida y borrascosa, dimos vista a sus costas por el lugar que llaman el cabo de San Vicente y hubo gran alborozo entre los marineros y ballesteros y todos cantaron el "Te Deum Laudamus". Y luego Sebastián de Silva me vino a abrazar y llorando fuertemente me señalaba que aquéllas eran las piedras y los árboles de Portugal y hacía casi cuatro años que no había visto a su gente y familia. Y en los días siguientes ya no perdimos de vista las costas que eran a menudo muchas playas peladas y luego manchas de verdor y tan sólo una vez tocamos tierra que fue para descargar ciertas cosas en un castillo que en la costa estaba y que desde allí le mandaran al Rey recado y carta de Bartolomé Díaz avisándole de nuestra llegada. Y luego, en pasando adelante, llegamos a un puerto grande y bueno y muy resguardado que llaman Setúbal. Y allí entramos a fondear y muchas barcas enramadas salieron a nosotros con músicas y banderas y guirnaldas de verde como en romería, a dar bien venida, que no parecía sino que el mundo estaba pendiente de la vuelta del almirante, tal es la afición que estos portugueses tienen de las cosas de la mar. Y los marineros y ballesteros fueron muy celebrados y la gente acudía con vino y viandas que liberalmente repartían con los que en las naos venían y de las que a mí me cupo parte generosa como a uno más. Y de allí a dos días me mandó llamar Bartolomeo Díaz y me puso una mano en el hombro y muy encarecidamente me dijo: "Amigo mío, Juan de Olid, ésta es la hora en que has de partir para donde está el Rey, que Dios guarde, y no hay cosa alguna que yo por ti pueda hacer salvo que lo dejo informado por carta de cuanto en tu favor se podría decir. Ahora quedas en las manos de Dios y en las del Rey nuestro señor". Y de estas palabras tuve yo gran pavor, que pensé que el almirante sospechaba que el Rey me mandaría matar por quitar el peligro de que pudiese dar aviso en Castilla de cuanto en el país de los negros dejaba visto. Mas luego no ocurrió así y pienso que siendo estos portugueses gente de mucho corazón, quizá el pesar de no poder favorecerme más hizo que el almirante dijera aquellas palabras tristes que yo tomé por agüero cierto de muerte. Luego un criado suyo me vino a traer un pellote y manto que el almirante me mandaba y unas calzas de hilo y unos zapatos, con lo que quedé muy vestido y calzado y muy agradecido. Y vinieron dos guardas que hasta entonces no los viera y eran de los de la ciudad y me llevaron de la nao y como quisieran saber lo que llevaba en el saco donde los huesos y el unicornio iban, luego el capitán de los ballesteros dijo lo que era y que el almirante dejaba mandado que nadie fuera osado de tomar de mí aquellos huesos.
Читать дальше