Noah Gordon - El Médico
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Se internaron cabalgando en las montañas e hicieron el amor en las tibias aguas sulfurosas del pozo secreto de Alá. Rob dejó el libro de antiguas imágenes indias donde ella pudiera verlo, y cuando intentó las variaciones que allí aparecían, descubrió que Mary lo había estudiado. Algunas prácticas resultaron placenteras y otras les causaron hilaridad. Reían a menudo y gozosamente jugando a extraños y sensuales juegos íntimos.
Siempre aparecía en él el científico.
– ¿Qué es lo que hace que te vuelvas tan húmeda? Eres un pozo que me absorbe.
Ella le hundió un codo en las costillas
Pero a Mary tampoco la incomodaba su propia curiosidad.
– Me gusta tanto cuando está pequeña…: floja y débil y con el tacto del raso. ¿Qué la hace cambiar? Una vez mi niñera me contó que se ponía larga, pesada y tiesa porque se llenaba de neuma. ¿Es cierto?
Rob meneó la cabeza.
– No es aire. Se llena de sangre arterial. He visto a un ahorcado cuya picha rígida estaba tan henchida de sangre que era roja como un salmón.
– ¡Yo no te he ahorcado a ti, Robert Jeremy Cole!
– Es algo que tiene que ver con el aroma y la vista. Una vez en el último tramo de un viaje brutal, iba cabalgando un caballo que prácticamente no podía moverse por la fatiga. Pero olió una yegua en el viento, e incluso antes de verla, su órgano y sus músculos parecían de madera, y echó a correr hacia ella tan ansiosamente que tuve que refrenarlo.
La amaba tanto que compensaba cualquier perdida. Sin embargo, le dio un vuelco el corazón la tarde en que una figura apareció ante la puerta.
– Pasa, Mirdin.
Rob le presentó a Mary, que lo observó con curiosidad; en seguida sirvió vino y pasteles dulces y los dejó solos. Fue a alimentar a los animales, con el instinto que Rob ya conocía.
– ¿De verdad eres cristiano?
Rob asintió.
– Puedo llevarte a una ciudad alejada, en Fars, donde el rabbenu es primo mío. Si solicitas la conversión a los sabios del lugar, tal vez accedan. Entonces ya no tendrías que mentir ni engañar a nadie.
Rob lo miró a los ojos y meneó lentamente la cabeza. Mirdin suspiró.
– Si fueses un granuja, aceptarías de inmediato. Pero eres un hombre honrado y fiel, además de un médico poco común. Por eso no puedo volverte la espalda.
– Gracias.
– Tu nombre no es Jesse ben Benjamín.
– No. Mi verdadero nombre es…
Pero Mirdin movió negativamente la cabeza a modo de advertencia y levantó la mano.
– El otro nombre nunca debe ser pronunciado entre nosotros. Has de seguir siendo Jesse ben Benjamín. -miró a Rob apreciativamente.
– Te has integrado en el barrio judío. En algunos aspectos algo me sonaba a falso. Pero se lo adjudiqué a que tu padre era un judío europeo apóstata que se descarrió y no se ocupó de transmitir a su hijo nuestro patrimonio histórico.
“Pero debes permanecer constantemente alerta y vigilante si no quieres cometer un error fatal. Si quedaras al descubierto, tu engaño acarrearía una espantosa sentencia del tribunal de un mullah. La muerte, indudablemente. Si desvelan tu secreto, estarán en peligro todos los judíos que viven aquí. Aunque ellos no son responsables de tu engaño, en Persia es fácil que sufran los inocentes.
– ¿Estás seguro de que quieres comprometerte en semejante riesgo? -preguntó Rob serenamente.
– Lo he meditado y asimilado. Tengo que ser amigo tuyo.
– Me alegro.
Mirdin asintió.
– Pero mi amistad tiene un precio.
Rob esperó.
– Debes comprender todo cuanto atañe a lo que finges ser. La condición de judío requiere mucho más que vestirse con un caftán y llevar barba recortada de cierta manera.
– ¿Y cómo haré para adquirir esos conocimientos?
– Debes estudiar los mandamientos del Señor.
– Conozco perfectamente los diez mandamientos.
Agnes Cole, su madre, se los había enseñado a todos sus hijos. Mirdi meneó la cabeza.
– Los diez sólo son una fracción de las leyes que componen nuestra Torá. La Torá contiene seiscientos trece mandamientos. Y esos son los que tendrás que estudiar, junto con el Talmud…: los comentarios referentes a cada ley. Sólo entonces llegarás a captar el alma de mi pueblo.
– Mirdin, eso es peor que el Fyqh. Ya estoy asfixiado por los estudios -dijo Rob con tono desesperado.
A Mirdin se le iluminaron los ojos.
– Ese es mi precio -dijo.
Rob vio que hablaba en serio y suspiró.
– ¡Maldito seas! De acuerdo.
Por primera vez durante la entrevista, Mirdin sonrió. Se sirvió un poco de vino y, haciendo caso omiso de la mesa y las sillas europeas, se dejó caer en el suelo y se sentó con las piernas cruzadas bajo su cuerpo.
– Entonces comencemos. El primer mandamiento dice: "Fructificad y multiplicaos.”
Rob pensó que era sumamente grato ver el rostro sencillo y cálido de Mirdin en su casa.
– Lo intento, Mirdin -dijo, sonriente-. ¡Hago todo lo que puedo!
LA FORMACIÓN DE JESSE
– Se llama Mary, como la madre de Yeshua -dijo Mirdin a su mujer, en la Lengua.
– El nombre de ella es Fara -dijo Rob a Mary en inglés.
Las dos mujeres se estudiaron mutuamente.
Mirdin había llevado de visita a Fara y a sus dos hijitos de piel morena Dawwid e Issachar. Las mujeres no podían conversar, pues no se comprendían. Sin embargo, poco después se comunicaban ciertos pensamientos y reían entre dientes, hacían ademanes, ponían los ojos en blanco y soltaban exclamaciones de frustración. Tal vez Fara se hizo amiga de Mary por orden de su marido, pero desde el principio las dos mujeres, tan distintas en todo sentido, experimentaron estima mutua.
Fara enseñó a Mary a recoger su larga cabellera pelirroja y cubrirla con un paño antes de salir de casa. Algunas mujeres judías usaban velo al estilo musulmán, pero muchas se limitaban a cubrirse los cabellos, y este único acto volvió menos llamativa a Mary. Fara le mostró los puestos del mercado donde los productos eran frescos y la carne de buena calidad, y le indicó a qué mercaderes había que evitar. Le enseñó a preparar la carne kosher, mojándola y salándola para quitarle el exceso de sangre. También le trasmitió cómo había que colocar carne, pimentón, ajo, hojas de laurel y sal en un caldero de barro cubierto que luego se colocaba sobre carbones encendidos, y la carne se dejaba cocer lentamente durante el largo shabbat para que se volviera sabrosa y tierna; un plato delicioso que se llamaba shalent y que se convirtió en la comida favorita de Rob.
– Me gustaría tanto hablar con ella, hacerle preguntas y contarle cosas…-dijo Mary a Rob.
– Te daré lecciones para que aprendas la Lengua.
Pero ella no quiso saber nada del idioma judío ni del parsi.
– No tengo la misma facilidad que tú para las palabras extranjeras. Me llevó años aprender el inglés y tuve que esforzarme como una esclava para dominar el latín. ¿No nos iremos pronto a donde pueda oír mi propia lengua gaélica?
– Cuando llegue el momento -respondió Rob, pero no le dijo cuándo llegaría ese momento.
Mirdin emprendió la tarea de que volvieran a aceptar a Jesse ben Benjamín en el Yehuddiyyeh.
– Desde los tiempos del rey Salomón… ¡No!, desde antes de Salomón los judíos han tomado esposas gentiles y han sobrevivido dentro de la comunidad. Pero siempre fueron hombres que dejaron en claro, en su vida cotidiana, que seguían siendo fieles a su pueblo.
Por sugerencia de Mirdin, adoptaron la costumbre de reunirse dos veces por día para rezar en el Yehuddiyyeh; para el shaharit de la mañana en la pequeña sinagoga Casa de la Paz -la predilecta de Rob-, y para el maany de final del día en la sinagoga Casa de Sión, cerca de la vivienda de Mirdin. Para Rob no significo ningún inconveniente. Siempre lo había tranquilizado el balanceo, el estado de ensueño y la rítmica canción entonada. A medida que la Lengua se volvía más natural para él, olvidó que asistía a la sinagoga como parte de un disfraz, y a veces sentía que sus pensamientos podían llegar a Dios. No oraba como Jesse el judío ni como Rob el cristiano, sino como quien busca comprensión y consuelo. A veces esto le ocurría mientras decía una oración judía, pero era más fácil que encontrara un momento de comunión en algún vestigio de su infancia; en ocasiones, mientras a su alrededor entonaban bendiciones tan antiguas que muy bien podían ser usadas por el hijo de un carpintero de Judea, pedía algo a uno de los santos de mamá, o rezaba a Jesús o a Su Madre.
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