Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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– El sha desea que salgas a cabalgar con él.

– Todo está bien -le aclaró a Mary y se fue con los soldados.

En las grandes cuadras detrás de la Casa del Paraíso, encontró a Mirdin Askari con la tez cenicienta. Mientras hablaban, coincidieron en que detrás de la cita estaba Karim, quien desde que se había vuelto famoso como atleta era el compañero predilecto de Alá.

Acertaron. Cuando Alá llegó a los establos, Karim iba andando directamente detrás del gobernante, con una sonrisa de oreja a oreja.

La sonrisa fue menos confiada cuando el sha se inclinó para oír a Mirdin Askari, quien murmuraba palabras audibles en la Lengua al tiempo que se postraba en el raijizemin.

– ¡Venga! Tienes que hablar en persa y aclararnos lo que estas diciendo -le espetó Alá.

– Es una bendición, Majestad. Una bendición que ofrecen los judíos cuando ven al rey -logró decir Mirdin-. "Bendito seas, oh Señor Dios nuestro, Rey del Universo que has dado Tu gloria a la carne y al hombre."

– ¿Los Dhimmis ofrecen una oración de gracias cuando ven a su sha? -preguntó Alá, asombrado y complacido.

Rob sabía que se trataba de una berakhah que decían los piadosos al ver a cualquier rey, pero ni él ni Mirdin consideraron necesario aclararlo, y Alá iba de muy buen humor cuando montó su caballo blanco y mientras lo seguían cabalgando hacia el campo.

– Me han dicho que has tomado una esposa europea -dijo a Rob, volviéndose en la silla.

– Es cierto, Majestad.

– He oído decir que tiene el pelo del color de la alheña.

– Sí, Majestad.

– El pelo de la mujer tiene que ser negro.

Rob no podía discutir con un rey ni tampoco vio la necesidad de hacerlo: se sintió agradecido de tener una mujer que Alá no valoraba.

Pasaron el día más o menos como el primero en que Rob había acompañado al sha, salvo que ahora iban dos más para compartir la carga de la atención del monarca, de modo que todo fue menos tenso y más agradable que en la ocasión anterior.

Alá estaba encantado con Mirdin, pues descubrió en él a un profundo conocedor de la historia persa. Mientras cabalgaban lentamente hacia las montañas, hablaron del antiguo saqueo de Persépolis por Alejandro, acto que Alá censuraba como persa y aplaudía como militarista. A media mañana, en un lugar sombreado, Alá y Karim practicaron un lance con la cimitarra.

Mientras los dos giraban y sus aceros chocaban, Mirdin y Rob conversaron serenamente de ligaduras quirúrgicas, hablando de los méritos respectivos de la seda, la hebra de lino, coincidieron en que se descomponía con demasiada rapidez, la crin y el pelo humano, favorito este de Ibn Sina. A mediodía dieron cuenta de ricas comidas y bebidas en la tienda del rey y se turnaron para ser derrotados en el juego del sha, aunque Mirdin se defendió con valentía, y en una de las partidas estuvo en un tris de ganar, lo que volvió más sabrosa la victoria para Alá.

En la caverna secreta de Alá los cuatro se remojaron, relajando sus cuerpos en el agua tibia de la piscina, y sus espíritus en una inagotable provisión de vinos selectos.

Karim paladeó la bebida apreciativamente, antes de tragarla, y luego favoreció a Alá con su sonrisa.

– He sido pordiosero. ¿Lo sabías, Majestad?

Alá le devolvió la sonrisa y meneó la cabeza.

– Un pordiosero bebe ahora el vino del Rey de Reyes. Sí. Escogí como amigos a un antiguo pordiosero y a un par de judíos. -La carcajada de Alá fue más audible y sostenida que la de ellos-. Para mi jefe de chatirs tengo planes nobles y elevados, y hace tiempo que me gusta este Dhimmi- Dio a Rob un empujón amistoso en el que notaba su ebriedad-. Ahora, otro Dhimmi parece ser un hombre excelente, digno de mi atención. Debes quedarte en Ispahán cuando acabes tus estudios en la madraza, Mirdin Askari, y hacerte médico de mi corte.

A Mirdin se le subieron los colores a la cara y se puso incómodo.

– Me honras, Majestad. Te ruego que no te ofendas, pero solicito de tu buena voluntad que me permitas regresar a mi hogar en las tierras del gran golfo cuando sea hakim. Mi padre es anciano y está enfermo. Seré el primer médico de nuestra familia, y antes de su muerte quiero que me vea instalado en el seno de mi hogar.

Alá asintió al descuido.

– ¿Y qué hace esa familia que vive en el gran golfo?

– Nuestros hombres han recorrido las playas desde tiempos inmemoriales, comprando perlas a los pescadores, Majestad.

– ¡Perlas! Eso esta bien, pues yo adquiero perlas si son de calidad. Serás el benefactor de los tuyos, Dhimmi; porque debes decirles que busquen la más grande y perfecta y me la traigan. La compraré y tu familia se enriquecerá.

Iban haciendo eses en sus monturas cuando emprendieron el regreso.

Alá hacía esfuerzos por mantenerse erguido y les hablaba con un afecto que podía o no sobrevivir a la sobriedad posterior. Cuando llegaron a los establos reales, donde asistentes y sicofantes lo rodearon para atenderlo, el sha decidió hacer ostentación de su compañía.

– ¡Somos cuatro amigos! -gritó al alcance de los oídos de la mitad de los cortesanos-. ¡Sólo somos cuatro hombres buenos que son amigos!

La noticia corrió como reguero de pólvora, tal como ocurría siempre con los chismorreos referentes al sha.

– Con algunos amigos es necesaria la precaución -advirtió Ibn Sina a Rob una mañana de la semana siguiente.

Estaban en una fiesta ofrecida al sha por Fath Alí, un hombre acaudalado, proveedor de vinos de la Casa del Paraíso y de casi toda la nobleza.

Rob se alegró de ver a Ibn Sina. Desde su matrimonio, haciendo gala de su sensibilidad característica, el médico jefe rara vez había solicitado su compañía por la noche. Mientras paseaban se cruzaron con Karim, rodeado de admiradores, y Rob pensó que su amigo parecía tanto un prisionero como un objeto de adulación.

Su presencia en aquel lugar se explicaba porque cada uno era receptor de un calaat, pero Rob estaba harto de reuniones reales. Aunque diferían en algunos detalles, todas estaban marcadas por la uniformidad. Para colmo, le mortificaba que ocuparan su tiempo.

– Preferiría estar trabajando en el maristán, donde me encuentro en mi elemento -dijo.

Ibn Sina paseó la mirada a su alrededor, cautelosamente. Caminaban a solas por la finca del mercader y gozarían de un breve periodo de libertad, pues Alá acababa de entrar en el harén de Fath Alí.

– Nunca debes olvidar que tratar con un monarca no es lo mismo que tratar con un hombre común y corriente -dijo Ibn Sina-. Un rey no es algo como tú y como yo. Le basta hacer un ademán indiferente para que alguien como nosotros sea condenado a muerte. O mueve un dedo y a alguien se le permite seguir viviendo. Así es el poder absoluto, y ningún hombre nacido de mujer se le puede resistir. Vuelve un poco loco al mejor de los monarcas, incluso.

Rob se encogió de hombros.

– Yo nunca busco la compañía del sha ni tengo el menor deseo de mezclarme en política.

Ibn Sina asintió aprobadoramente.

– Los monarcas de Oriente comparten una característica: les gusta escoger como visires a los médicos, pues sienten que de alguna manera los sanadores ya cuentan con la atención de Alá. Yo sé que es fácil responder al atractivo de ese nombramiento, y me he emborrachado con el embriagador vino del poder. De joven, acepté dos veces el título de visir en Hamadha. Era más peligroso que la práctica de la medicina. La primera vez, escapé por los pelos a que me ejecutaran. Me encerraron en la fortaleza de Fardaja donde languidecí durante meses. Cuando me liberaron sabía que, visir o no visir, no estaría seguro en Hamadhan. Con al-Juzjani y mi familia me trasladé a Ispahán, donde estoy desde entonces bajo la protección del sha Alá.

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