Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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Volvieron sobre sus pasos hacia los jardines donde se celebraba el espectáculo público.

– Es una suerte para Persia que Alá permita a los grandes médicos ejercer su profesión -dijo Rob.

Ibn Sina sonrió.

– Se ajusta a sus planes de darse a conocer como el gran rey que fomenta las artes y las ciencias -respondió secamente-. Ya de joven se proponía constituir un gran imperio. Ahora tiene que tratar de ampliarlo devorando a sus enemigos antes de que estos lo devoren a él.

– Los seljucíes.

– Oh, yo temería a los seljucíes si fuese visir de Ispahán -dijo Ibn Sina-. Pero Alá vigila más intensamente a Mahmud de Ghazna, porque los dos están cortados por la misma tijera. Alá ha hecho cuatro incursiones en la India, capturando veintiocho elefantes de guerra. Mahmud está más cerca de la fuente: ha penetrado en la India con mayor frecuencia y tiene más elefantes de guerra. Alá lo envidia y le teme. Mahmud debe ser eliminado si Alá quiere seguir adelante con su sueño.

Ibn Sina se detuvo y apoyó una mano en el brazo de Rob.

– Debes cuidarte mucho. Los enterados dicen que Qandrasseh tiene los días contados como visir. Y que un médico joven ocupará su lugar.

Rob no dijo nada, pero de pronto recordó que Alá había mencionado que tenía "planes nobles y elevados" para Karim.

– Si es verdad, Qandrasseh caerá sin misericordia sobre cualquiera al que considere amigo o partidario de su rival. No es suficiente que no tengas ambiciones políticas personales. Cuando un médico trata con los poderosos, debe aprender a someterse y oscilar si quiere sobrevivir.

Rob no estaba seguro de su habilidad para someterse y oscilar.

– No te inquietes demasiado -dijo Ibn Sina-. Alá cambia de idea a menudo y de un momento para otro, por lo que nadie puede saber qué hará en el futuro.

Siguieron andando y llegaron a los jardines poco antes de que el sujeto de la conversación retornara del harén de Fath Alí, al parecer relajado y de buen humor.

Alguna vez ha sido el anfitrión de su sha y protector. Se acercó a Khuff y se lo preguntó con tono indiferente.

El canoso capitán de las Puertas entrecerró los ojos para concentrarse y luego asintió.

– Hace unos años.

Evidentemente, Alá no podía tener el menor interés por la anciana primera esposa, Reza la Piadosa, de modo que era prácticamente seguro que había ejercido su derecho de soberanía con Despina. Rob imaginó al sha trepando por la escalera de la torre de piedra, mientras Khuff custodiaba la entrada. Y montado en el voluptuoso cuerpo menudo de la muchacha.

Fascinado ahora, Rob estudió a los tres hombres rodeados de nobles aduladores. Ibn Sina, serio y sereno, respondía a las preguntas de hombres con aspecto de eruditos. Karim, como siempre en los últimos tiempos, quedaba prácticamente oculto por los admiradores que intentaban hablar con él, tocarle la ropa, bañarse en la excitación y el destello de su solicitada presencia.

Rob tuvo la impresión de que Persia volvía sucesivamente cornudos a todos sus vasallos.

Se sentía a gusto con los instrumentos quirúrgicos en la mano, como si fueran prolongaciones intercambiables de su propio cuerpo. Al-Juzjani le dedicaba cada vez más tiempo, enseñándole con esmerada paciencia todas las operaciones. Los persas tenían diversos recursos para inmovilizar y desensibilizar a los pacientes. El cáñamo empapado en agua de cebada durante días e ingerido en infusión permitía que el paciente conservara el conocimiento y no sintiera dolor. Rob pasó dos semanas con los maestros farmacéuticos del khazanat-ul-sharas aprendiendo a mezclar brebajes para embotar a los pacientes. Las sustancias eran imprevisibles y difíciles de controlar, pero a veces permitían que los cirujanos operaran sin los convulsivos estremecimientos, quejidos y gritos de dolor.

Las recetas le parecían más propias de la magia que de la medicina.

Tómese la carne de una oveja. Libéresela de grasa y córtesela en trozos, que se amontonarán encima y alrededor de una buena cantidad de semillas de beleño cocidas a fuego lento. Póngase todo en un recipiente de barro, debajo de una pila de boñiga de caballo, hasta que se generen gusanos. A continuación, colóquense los gusanos en un recipiente de vidrio hasta que se encojan. Cuando sea necesario, tómense dos partes de gusanos y una parte de opio en polvo, e instílense en la nariz del paciente.

El opio era un derivado del jugo de una flor oriental, la amapola o adormidera. Crecía en los campos de Ispahán, pero la demanda era superior a la oferta, pues se empleaba en los ritos de los musulmanes ismailíes tanto como en medicina, por lo que en buena parte debía importarse de Turquía y de Ghazna. Era la base de todas las fórmulas analgésicas.

Cójase opio puro y nuez moscada. Muélase, cuézase todo junto y macérese y serénese en vino añejo durante cuarenta días. Poco después el contenido se habrá convertido en una pasta. La administración de una píldora de esta pasta hará que el paciente pierda el conocimiento y quede privado de sensaciones.

Casi siempre usaban otra prescripción porque era la preferida de Ibn Sina:

Tómense partes iguales de beleño, opio, euforbio y semillas de regaliz

Muélanse por separado y luego mézclese todo en un mortero. Agréguese una pizca de la mezcla en cualquier tipo de alimento, y quien la ingiriese quedará inmediatamente dormido.

Pese a que Rob sospechaba que al-Juzjani estaba resentido por sus relaciones con Ibn Sina, en breve se encontró utilizando todos los instrumentos de cirugía. Los demás aprendices de al-Juzjani pensaron que el nuevo tenía opción a más trabajos selectos y se volvieron hoscos, descargando sus celos en Rob con insultos y murmullos. A él no le importaba, porque estaba aprendiendo más de lo que se había atrevido a soñar. Una tarde, después de realizar por primera vez a solas la intervención que más lo deslumbraba en cirugía -el abatimiento de cataratas-, intentó agradecérselo a al-Juzjani pero este lo interrumpió bruscamente:

– Tienes un don para cortar la carne. No es algo que posean muchos aprendices, y mi dedicación a ti es egoísta, pues me quitarás mucho trabajo de encima.

Era verdad. Día tras día practicaba amputaciones, remediaba todo tipo de heridas, percutía abdómenes para aliviar la presión de fluidos acumulados en la cavidad peritoneal, extirpaba almorranas, aligeraba venas varicosas…

– Sospecho que empieza a gustarte demasiado cortar -observó astutamente Mirdin en su casa, una noche, durante una partida del juego del sha.

En la habitación contigua, Fara escuchaba cómo Mary hacía dormir a sus hijos con una canción de cuna en gaélico, la lengua de los escoceses.

– Me atrae -reconoció Rob.

Últimamente había pensado especializarse en cirugía después de obtener el título de Hakim. En Inglaterra se atribuía a los cirujanos categoría inferior a los médicos, pero en Persia se les daba el tratamiento especial de ustad y disfrutaban de igual respeto y prosperidad. Pero Rob tenía sus reservas.

– La cirugía propiamente dicha es satisfactoria, pero nos vemos obligados a operar únicamente el exterior del saco de piel. El interior del cuerpo es un misterio dictaminado en libros de hace más de mil años. No sabemos casi nada del interior del cuerpo humano.

– Así debe ser -dijo plácidamente Mirdin mientras se comía un rukh con uno de sus soldados de infantería-. Cristianos, judíos y musulmanes concuerdan en que es pecado profanar la forma humana.

– Yo no hablo de profanación sino de cirugía, de disección. Los antiguos no limitaban sus conocimientos científicos con admoniciones acerca del pecado, y lo poco que sabemos se remonta a los griegos primitivos, que tenían libertad para abrir el cuerpo y estudiarlo. Abrían los cadáveres y observaban cómo está hecho el hombre por dentro. Durante un breve periodo de esos tiempos idos, su brillantez iluminó toda la medicina, pero luego el mundo cayó en la oscuridad. -Mientras protestaba se resintió su juego, lo que Mirdin aprovechó para comerle otro rukh y un camello-. Creo -dijo finalmente Rob, casi distraído- que durante estos largos siglos de ignorancia se encendieron algunos fuegos secretos.

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