Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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Rob siguió su mirada, que se posó en Karim, y tuvo dificultades para respirar. Karim también había descubierto a Despina y sostuvo con firmeza su mirada. Al pasar cerca, levantó la mano y tocó la bolsita que pendía de su cuello.

A Rob le pareció una declaración lisa y llana a la vista de todos, pero el sonido de la ovación no se modificó. Y aunque buscó con la mirada a Ibn Sina, no lo vio entre los espectadores al pasar por la madraza.

Karim hizo caso omiso del dolor en el costado, hasta que disminuyó, y tampoco prestó atención a la rozadura de los pies. Había llegado el momento del desgaste, y a lo largo del camino había carros tirados por burros cuyos cocheros se ocupaban de recoger a los corredores que no podían seguir adelante.

Tras coger la tercera flecha, Karim permitió que Mirdin lo frotara con el ungüento preparado con aceite de rosas, aceite de nuez moscada y canela.

Volvió amarilla su piel morena clara, pero era una buena protección del sol.

Jesse le masajeó las piernas mientras Mirdin aplicaba el bálsamo, y luego acercó una taza a sus labios agrietados, haciéndole beber más agua de la que deseaba. Karim intentó protestar.

– ¡No quiero tener que orinar!

– Estás sudando demasiado para, además, tener que mear.

Karim sabía que era verdad y bebió. Al instante, estaba otra vez corriendo, corriendo, corriendo.

Esta vez, al pasar por la escuela tuvo conciencia de que ella veía una aparición: la grasa amarilla derretida, veteada por chorros de sudor y polvo fangoso.

Ahora el sol estaba alto y abrasaba el terreno, de modo que el calor del camino penetraba el cuero de sus zapatos y le quemaba las plantas de los pies. A lo largo de la ruta había hombres con recipientes de agua, y a veces Karim se detenía para empaparse la cabeza antes de salir disparado, sin dar las gracias ni decir una bendición.

Tras recoger la cuarta flecha, Jesse lo dejó, pero reapareció poco después montado en el caballo negro de su mujer; sin duda había dejado al castrado castaño para que tomara agua y descansara a la sombra. Mirdin aguardaba junto al poste del que colgaban las flechas, estudiando a los demás corredores, de acuerdo con el plan previsto.

Karim seguía corriendo y adelantando a los hombres que se habían derrumbado. Había uno con la cintura doblada en medio del camino, en la actitud de vomitar, aunque sin arrojar nada por la boca. Un indio que murmuraba cojeó hasta detenerse y se quitó los zapatos de una sacudida. Corrió media docena de pasos, dejando la estela roja de sus pies sangrantes, y abandonó serenamente, dispuesto a esperar un carro.

Cuando Karim pasó por el maristán en la quinta etapa, Despina ya no estaba en el tejado. Quizá le había asustado su aspecto. Daba igual, porque la había visto, y ahora, de vez en cuando, estiraba la mano y aferraba la bolsita que contenía el grueso mechón de pelo negro que le había cortado con sus propias manos.

En algunos sitios, los carros, los pies de los corredores y los cascos de los animales de los asistentes levantaban una temible polvareda que le cubría las narices y la garganta y lo obligaba a toser. Comenzó a bloquear su conciencia hasta convertirla en algo pequeño y remoto en su interior, que no asimilaba nada, permitiendo que su cuerpo siguiera haciendo lo que tantas veces había hecho.

La llamada a la segunda oración fue un sobresalto.

En toda la ruta, corredores y espectadores se postraron de cara a La Meca. Karim yació tembloroso, pues su cuerpo no podía creer que hubiera una pausa en sus demandas, por breve que fuese. Sintió ganas de quitarse los zapatos, pero sabía que no podía volver a ponérselos con los pies hinchados

Cuando terminaron las oraciones, permaneció inmóvil un momento.

– ¿Cuántos?

– Dieciocho. Ahora estamos en plena carrera -respondió Jesse.

Karim volvió a incorporarse, obligándose a correr a pesar del bochorno. Pero sabía que aún no estaba en plena carrera. Las cuestas presentaron dificultades durante la mañana, pero mantuvo el ritmo estable. Aquello era lo peor, con el sol directamente encima de la cabeza, y sabía que lo esperaba una dura prueba. Pensó en Zaki y supo que si no moría seguiría corriendo, como mínimo para conseguir el segundo puesto.

Hasta entonces no había pasado por esta experiencia, y un año más tarde quizá su cuerpo fuera demasiado viejo para semejante castigo. Tenía que ser aquel preciso día.

Esta idea le permitió llegar al fondo de sí mismo y encontrar fuerzas donde otros buscaban y no encontraban nada. Cuando deslizó la sexta flecha en su carcaj, se volvió de inmediato hacia Mirdin.

– ¿Cuántos?

– Quedan seis corredores -dijo Mirdin; Karim asintió y echó a correr otra vez.

Ahora estaba en plena carrera.

Vio a tres corredores más adelante, a dos de los cuales conocía. Estaba alcanzando a un indio menudo pero de buena planta. A unos ochenta pasos delante del indio iba un joven cuyo nombre Karim ignoraba, aunque lo reconoció como soldado de la guardia palaciega. Y mucho más adelante, aunque lo bastante cerca para identificarlo, había un corredor de nota, al-Harat de Hamadhan.

El indio había reducido la velocidad pero la aumentó cuando Karim se le puso a la par; siguieron avanzando juntos, zancada a zancada. Tenía la piel muy oscura, casi del color del ébano, bajo la que destellaban al sol músculos largos y lisos, mientras se movía.

La piel de Zaki también era oscura; una ventaja para correr bajo el sol ardiente. La de Karim necesitaba el ungüento amarillo: era del color de cuero claro y resultado -decía siempre Zaki- de que a una de sus antepasadas la había cubierto uno de los griegos rubios de Alejandro. Karim pensaba que no era improbable. Había habido una serie de invasiones griegas, conocía a hombres persas de piel clara y a mujeres de pechos blancos como la leche.

Un perro con manchas salió de la nada y corrió al lado de ellos, ladrando. Cuando pasaron por los predios de la avenida de los Mil Jardines, la gente ofrecía tajadas de melón y tazas de sherhet, pero Karim no tomó nada por miedo a los retortijones. Aceptó agua, que puso en su gorro antes de volver a calárselo en la cabeza. Sintió un alivió momentáneo hasta que el sol secó la humedad con asombrosa rapidez.

El indio cogió una tajada de melón, la engulló sin dejar de correr y tiro la cáscara por encima del hombro.

Juntos adelantaron al soldado, que ya estaba fuera de competición, pues llevaba una vuelta de retraso: sólo había cinco flechas en su carcaj. Dos líneas de color rojo oscuro bajaban por la pechera de su camisa, desde las tetillas, que ya estaban en carne viva a causa de la fricción. A cada paso, sus piernas se combaban ligeramente a la altura de las rodillas, y era evidente que no correría mucho más.

El indio miró a Karim y le dedicó una sonrisa, mostrando unos dientes muy blancos.

Karim se desalentó al ver que el indio corría cómodamente y que su cara estaba alerta, aunque no parecía exhausto. Su intuición de corredor le indicó que el otro era más fuerte y estaba menos fatigado. Y quizá era más rápido, incluso.

El perro que había corrido con ellos a lo largo de varias millas giró de sopetón y se atravesó en su camino. Karim saltó para esquivarlo y sintió la calidez de su pellejo, pero el perro chocó fuertemente con las piernas del corredor indio, que cayó al suelo.

Cuando Karim se volvió a mirarlo comenzaba a incorporarse, pero se sentó otra vez en el camino. Tenía el pie derecho retorcido; se contempló incrédulo el tobillo, imposibilitado de asimilar que para él la carrera había terminado.

– ¡Sigue! -gritó Jesse a Karim-. Yo me ocupare de él. ¡Tú sigue!

Karim giró sobre sus talones y corrió como si las fuerzas del indio se hubieran trasladado a sus propios miembros, como si Alá hubiese hablado con la voz del Dhimmi, porque comenzaba a creer sinceramente que había llegado su momento.

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