Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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La mantuvo abrazada y le habló en voz baja, contándole cómo eran Ispahán y el Yehuddiyyeh, la madraza y el hospital Ibn Sina. Y le habló de sus amigos, el musulmán y el judío, Mirdin y Karim.

– ¿Están casados?

– Mirdin tiene esposa. Karim tiene montones de mujeres.

Se quedaron dormidos, absortos el uno en el otro.

Rob despertó con las luces grises del amanecer por el crujido de una silla de montar, el lento golpetear de cascos en el camino polvoriento, una tos, y hombres que hablaban mientras sus cabalgaduras iban al paso.

Por encima del hombro de Mary atisbó a través de los matorrales que separaban su escondrijo del camino y vio pasar una fuerza de soldados de caballería. Tenían un aspecto feroz, y llevaban las mismas espadas orientales que los hombres de Alá, aunque también portaban arcos más cortos que la variedad persa. Su ropa era andrajosa y los turbantes otrora blancos se veían oscuros de sudor y tierra; exudaban un hedor que Rob percibió desde donde estaba, aterrado, a la espera de que uno de sus caballos lo delatara o que uno de los jinetes desviara la vista hacia los matorrales y los descubriera.

Apareció ante sus ojos una cara conocida: Hadad Khan, el irascible embajador seljucí que se había presentado en la corte del sha Alá.

Por tanto, eran seljucíes. Y cabalgando junto al encanecido Hadad Khan apareció otra figura conocida, la del mullah Musa Ibn Abbas, edecán jefe del imán Mirza-aboul Qandrasseh, el visir persa.

Rob vio a otros seis mullahs y contó noventa y seis soldados a caballo.

No había manera de saber cuántos habían pasado mientras dormían.

Su caballo y el de Mary no relincharon ni produjeron ningún sonido que revelara su presencia. Finalmente, pasó el último seljucí, y Rob se atrevió a respirar, atento a la debilitación de los sonidos que producían.

Poco más tarde, despertó a su esposa con un beso, levantó el campamento en un santiamén y se pusieron en camino, porque ahora tenía una razón para darse prisa.

– ¿Casado? -se asombró Karim. Miró a Rob y sonrió.

– ¡Una esposa! No esperaba que siguieras mi consejo -dijo Mirdin, con la cara iluminada-. ¿Quién hizo los arreglos?

– Nadie. Es decir -se apresuró a agregar Rob-, en realidad hubo un acuerdo nupcial hace más de un año, pero se concretó ahora.

– ¿Cómo se llama? -preguntó Karim.

– Mary Cullen. Es escocesa. La conocí con su padre en una caravana, en mi viaje al Este.

Contó algunas cosas sobre James Cullen, y habló de su enfermedad y su muerte. Mirdin no parecía escucharlo.

– Una escocesa. ¿Quiere decir que es europea?

– Sí. Originaria de un territorio que está al norte de mi país.

– ¿Es cristiana?

Rob asintió.

– Tengo que ver a esa europea -dijo Karim-. ¿Es una mujer bonita?

– ¡Es una beldad! -barbotó Rob, y Karim soltó una carcajada-. Pero quiero que la juzgues con tus propios ojos.

Rob se volvió para incluir a Mirdin en la invitación, pero vio que su amigo se había alejado.

A Rob no le atraía la idea de informar al sha lo que acababa de ver, pero había comprometido su lealtad y no tenía alternativa. Cuando se presentó en palacio y dijo que quería ver al rey, Khuff esbozó su habitual sonrisa dura.

– ¿Cuál es el recado?

El capitán de las Puertas puso cara de piedra cuando Rob meneó la cabeza y no abrió la boca.

Pero Khuff le dijo que esperara y fue a transmitirle a Alá que el Dhimmi extranjero Jesse quería verlo. Poco después, el anciano llevó a Rob a la presencia del sha.

Alá apestaba a bebida, pero escuchó con suficiente sobriedad el informe de Rob referente a que su visir había enviado a conferenciar con una partida de enemigos del sha a algunos de sus discípulos, entregados a la observancia estricta del Islam.

– No tenemos noticias de ningún ataque en Hammadhan -dijo lentamente Alá-. Por tanto, no era una partida atacante y, en consecuencia, se reunieron para urdir la traición. -Observó a Rob a través de sus ojos velados-. ¿Con quién has hablado de esto?

– Con nadie, Majestad.

– Dejemos las cosas así.

En lugar de seguir conversando, Alá acomodó el tablero del juego del sha entre ambos. Se mostró visiblemente complacido de encontrar en Rob a un adversario más difícil que antes.

– ¡Ah, Dhimmi, te estás volviendo habilidoso y astuto como un persa!

Rob logró mantenerlo a raya un rato. Finalmente, Alá le hizo besar el polvo y la partida terminó como siempre: shahtreng. Pero ambos reconocieron que se había producido un cambio. Ahora el juego era más igualado, y Rob habría sido capaz de mantenerse más tiempo de no haber estado tan ansioso por volver junto a su esposa.

Ispahán era la ciudad más hermosa que Mary había visto en su vida, o se lo parecía porque estaba con Rob. Le gustó la casita del Yehuddiyyeh, aunque reconoció que el barrio judío era pobretón. La casa era más pequeña que la que había habitado con su padre cerca del wadi de Hamadhan, aunque de construcción más sólida.

Insistió para que Rob comprara yeso y algunas herramientas sencillas, y juró que repararía la casa mientras él no estuviera, el primer día que se quedó sola. Todo el calor del verano persa flotaba en el aire, y en breve el vestido de luto de mangas largas quedó empapado de transpiración.

A media mañana llamó a la puerta el hombre más bello que hubiese visto nunca. Llevaba un canasto con ciruelas negras, que dejó en el suelo para tocarle el pelo rojo, con lo que le provocó un buen susto. El hombre reía entre dientes e inspiraba respeto; la deslumbró con sus dientes perfectamente blancos enmarcados por el rostro bronceado. Por fin habló largo y tendido; parecía elocuente y gracioso, pleno de sentimientos, pero se expresaba en parsi.

– Lo siento -dijo Mary.

– Ah.-Instantáneamente comprendió y se tocó el pecho-. Karim.

Ella perdió el miedo y se mostró encantada.

– Claro. Eres el amigo de mi marido. Me ha hablado de ti.

Karim sonrió de oreja a oreja y la llevó -mientras ella protestaba con palabras que el no entendía- a una silla donde la sentó y le hizo comer una ciruela dulce, mientras él mezclaba el yeso hasta obtener la consistencia adecuada y rellenaba tres resquebrajaduras de las paredes interiores. Luego reparó un alféizar. Descaradamente, Mary le permitió que la ayudara a cortar los grandes espinos del jardín.

Karim seguía allí cuando Rob volvió, y Mary insistió en que compartieran la cena, que tuvieron que demorar hasta que oscureció, porque estaban en el Ramadán, el noveno mes, el mes del ayuno.

– Me gusta Karim -dijo Mary después que se fue-. ¿Cuándo conoceré al otro…, a Mirdin?

Rob la besó y meneó la cabeza.

– No sé -dijo.

Para Mary, el Ramadán resultó una celebración muy peculiar. Era el segundo que Rob pasaba en Ispahán y le contó que en realidad se trataba de un mes sombrío, supuestamente consagrado a la oración y la contrición aunque la comida parecía ocupar el primer plano en la mente de todos, porque los musulmanes no podían ingerir alimentos sólidos ni líquidos desde el amanecer hasta la puesta del sol. Los vendedores ambulantes de comida estaban ausentes de los mercados y de las calles, y las matans permanecían a oscuras y en silencio todo el mes, aunque por la noche se reunían familias y amigos para comer y fortalecerse a la espera del ayuno del día siguiente.

– El año pasado estuvimos en Anatolia durante el Ramadán -dijo Mary con tono melancólico-. Papá le compró corderos a un pastor y ofreció un banquete a nuestros sirvientes musulmanes.

– Podríamos ofrecer una cena de Ramadán.

– Sería muy agradable, pero estoy de luto -le recordó su esposa.

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