Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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– Cuentas con mi lealtad, Majestad.

Alá asintió. Volvió a apoyar la espalda en el calor del pozo y se rascó el pecho

– Bien. ¿Te gusta mi lugar predilecto?

– Es sulfuroso como un pedo, Majestad.

Alá no era de los que ríen a carcajadas. Se limitó a abrir los ojos y sonrió.

Y luego volvió a hablar:

– Si quieres puedes traer aquí a una mujer, Dhimmi -dijo perezosamente.

– No me gusta -dijo Mirdin cuando se enteró de que Rob había cabalgado con Alá-. Es un hombre imprevisible y peligroso.

– Para ti es una gran oportunidad -apuntó Karim.

– Oportunidad que no deseo.

Con gran alivió por su parte, pasaron los días y el sha no volvió a llamarlo. Sentía la necesidad de amigos que no fuesen reyes, y pasaba la mayor parte del tiempo libre con Mirdin y Karim.

Karim se estaba amoldando a la vida de un médico joven; trabajaba en el maristán como antes, pero ahora al-Juzjani le pagaba un pequeño estipendio por el examen diario y el cuidado de sus pacientes. Con más tiempo para sí mismo y un poco de dinero, frecuentaba las maidans y los burdeles.

– Acompáñame -apremiaba a Rob-. Te traeré una puta de pelo negro como las alas de un cuervo y fino como la seda.

Rob sonreía y movía negativamente la cabeza.

– ¿Qué clase de mujer deseas?

– Una de pelo rojo como el fuego.

Karim sonreía.

– No las hacen así.

– Vosotros dos necesitáis esposa -les dijo un día Mirdin plácidamente, pero no le prestaron la menor atención.

Rob volcaba todas sus energías en los estudios. Karim continuaba su vida de mujeriego, y su apetito sexual se estaba convirtiendo en fuente de diversión para todo el hospital. Conociendo su historia, Rob sabía que detrás del rostro hermoso y el cuerpo atlético se escondía un niño sin amigos que buscaba el afecto femenino para borrar atroces recuerdos.

Ahora Karim corría más que nunca, al principio y al fin de cada día. Se entrenaba ardua y constantemente, y no sólo corriendo. Enseñó a Rob y a Mirdin a usar la espada curva de Persia -la cimitarra-, un arma con más peso del que estaba acostumbrado Rob, y que exigía muñecas fuertes y flexibles. Karim los hacía ejercitar con una piedra pesada en cada mano, haciendo que las volvieran del derecho y del revés, adelante y atrás, para fortalecer y dar velocidad a sus muñecas.

Mirdin no era un buen atleta y jamás sería espadachín. Pero aceptaba alegremente su torpeza y estaba tan dotado intelectualmente que no parecía tener la menor importancia su impericia con la espada.

Después de anochecer veían muy poco a Karim…, que bruscamente dejó de pedirle a Rob que lo acompañara a los burdeles, y confesó que había iniciado una aventura con una mujer casada y estaba enamorado. Pero cada vez con más frecuencia Rob era invitado a cenar en las habitaciones de Mirdin, cerca de la sinagoga Casa de Sión.

En casa de su amigo judío, Rob se sorprendió al ver sobre un mueble un tablero cuadriculado como el que sólo había visto dos veces con anterioridad.

– ¿Es el juego del sha?

– Sí. ¿Lo conoces? Mi familia lo ha jugado siempre.

Las piezas de Mirdin eran de madera, pero el juego era idéntico al que Rob había jugado con Alá, salvo que en lugar de empeñarse en una victoria rápida y sangrienta, Mirdin se dedicaba a enseñarle. En poco tiempo, y bajo su paciente tutela, Rob empezó a asimilar las sutilezas del juego.

Sencillo como siempre, Mirdin le dedicaba miradas de paz. Un atardecer cálido, después de cenar el pilah de verduras de Fara, siguió a Mirdin para darle las buenas noches a Issachar, su hijo de seis años.

– Abba. ¿Nuestro Padre me mira desde el Cielo?

– Sí, Issachar. Siempre te ve.

– ¿Y por qué yo no lo veo a Él?

– Porque es invisible.

El chico tenía mejillas morenas y regordetas y mirada seria. Sus dientes y sus mandíbulas ya eran enormes, y algún día tendría la inelegancia de su padre, pero también su dulzura.

– Si Él es invisible, ¿cómo sabe que aspecto tiene Él mismo?

Rob sonrió. "¡Que cosas dicen los niños! -pensó-. Responde a eso, oh Mirdin, erudito de la ley oral y escrita, maestro del juego del sha, filósofo y sanador…"

Pero Mirdin estuvo a la altura de las circunstancias.

– La Torá nos dice que Él ha hecho al hombre a Su imagen, que lo ha hecho a Su semejanza, y por lo tanto le basta mirarte, hijo mío, para verse a sí mismo. -Mirdin besó al niño-. Buenas noches, Issachar.

– Buenas noches, Abba. Buenas noches, Jesse.

– Descansa bien, Issachar -dijo Rob, besó al niño y salió del dormitorio detrás de su amigo.

CINCO DÍAS AL OESTE

Llegó una numerosa caravana de Anatolia, y un joven conductor se presentó en el maristán con un canasto de higos secos para un judío que se llamaba Jesse. El joven era Sadi, el hijo mayor de Dehbid Hafiz, kelonter de Shiraz. Los higos eran un objeto que simbolizaba el amor y la gratitud de su padre por la misión médica de Ispahán que luchó contra la plaga.

Sadi y Rob se sentaron, bebieron chai y comieron las deliciosas frutas, grandes y carnosas, llenas de cristalitos de azúcar. Sadi había comprado los higos en Midyat, a un arriero cuyos camellos los habían transportado desde Izmir, atravesando todo el territorio turco. Ahora volvería a conducir los camellos hacia el este, con rumbo a Shiraz, y estaba atrapado en la gran aventura del viaje. Se sintió orgulloso cuando el sanador Dhimmi le pidió que llevara el regalo de unos vinos Ispaháníes a su distinguido padre Dehbid Hafiz.

Las caravanas eran la única fuente de noticias, y Rob interrogó a fondo al joven.

No había nuevos indicios de plaga cuando la caravana partió de Shiraz.

Una vez, en la montañosa parte oriental de Media, habían sido avistadas unas tropas seljucíes, aunque la partida parecía poco numerosa y no atacó a la caravana ¡alabado sea Alá!. En Ghazna, la población estaba afectada por un curioso sarpullido que producía escozor, y el amo de la caravana no quiso detenerse para que los camelleros no se acostaran con las mujeres lugareñas y contrajeran la extraña dolencia. En Hamadhan no hubo plaga, pero un forastero cristiano había contagiado una fiebre europea en tierras del Islam, y los mullahs habían prohibido al populacho todo contacto con los diablos infieles.

– ¿Cuáles son los signos de esa enfermedad?

Sadi Ibn Dehbid titubeó: no era médico y no ocupaba su mente con esas cuestiones. Sólo sabía que nadie, salvo su propia hija, se acercaba al cristiano.

– ¿El cristiano tiene una hija?

Sadi no estaba en condiciones de describir al enfermo y a su hija, pero dijo que Boudi el Camellero, que estaba con la caravana, los había visto a ambos.

Juntos buscaron al tratante de camellos, un hombre arrugado y de mirada maliciosa, que escupía saliva roja entre sus dientes ennegrecidos de tanto mascar arecas.

Boudi apenas recordaba al cristiano, afirmó, pero cuando Rob le refrescó la memoria con una moneda fue acordándose de que los había visto a cinco jornadas de viaje al oeste, medio día más allá de la ciudad de Datur. El padre era de edad mediana, de largo pelo gris y sin barba. Usaba ropas negras extranjeras, parecidas a las túnicas de un mullah. La mujer era joven, alta y tenía una curiosa cabellera de color un poco más claro que la alheña. Rob lo miró, preocupado.

– ¿Parecía estar muy enfermo el europeo?

Boudi sonrió amablemente.

– No lo sé, amo. Enfermo.

– ¿Había servidumbre?

– No vi que nadie los atendiera.

Sin duda los mercenarios habían huido, se dijo Rob.

– ¿Ella tenía suficiente comida?

– Yo mismo le di una canasta con legumbres y tres hogazas de pan, amo.

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