Noah Gordon - El Médico
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Rob gruñó. "Karim no debería beber una gota de alcohol", pensó, deprimido.
– Lamento haberte molestado. Tengo que ir a correr.
– ¿A correr? ¿Precisamente hoy? ¿Después de lo de anoche?
– Debo prepararme para el chatir.
– ¿Qué es el chatir?
– Una carrera pedestre.
Karim salió de la casa. Rob oyó sus fuertes pisadas cuando echó a correr y el sonido emprendió la retirada hasta que se perdió en el crepúsculo del alba.
Rob siguió echado en el suelo, oyendo los ladridos de los perros callejeros que señalaban el progreso del médico más flamante del mundo, que corría como un djinn a través de las estrechas callejuelas del Yehuddiyyeh
UNA CABALGATA POR EL CAMPO
– El chatir es nuestra carrera nacional, una tradición casi tan vieja como la misma Persia -explicó Karim a Rob-. Se celebra para festejar el fin del Ramadán, el mes de ayuno religioso. En su origen, tan lejos en la bruma del tiempo que hemos perdido el nombre del rey que patrocinó la primera carrera, era una competencia destinada a seleccionar al chatir o mayordomo del sha, pero a través de los siglos ha atraído a Ispahán a los mejores corredores de Persia y de otros sitios, hasta transformarse en un espectáculo grandioso.
La carrera se iniciaba en las puertas de la Casa del Paraíso, serpenteaba por las calles de Ispahán a lo largo de diez millas romanas y media, y terminaba ante una serie de postes en el patio del palacio. Unas bolsas colgadas de los postes contenían doce flechas, y cada bolsa estaba asignada a un corredor. Cada vez que un jugador llegaba a los postes, sacaba una flecha de su bolsa, la ponía en el carcaj que llevaba a la espalda y, a continuación, desandaba lo andado para completar la vuelta siguiente. La carrera comenzaba, tradicionalmente, con la llamada a la primera oración. Era una agotadora prueba de resistencia. Si reinaba un calor opresivo, declaraban ganador al participante que más aguantaba en la carrera. Si el tiempo era fresco, algunos cumplían las doce vueltas completas, o sea ciento veintiséis millas romanas por lo general recogiendo la última flecha poco después de la quinta oración. Aunque se rumoreaba que antiguos corredores habían alcanzado marcas mejores, la mayoría coronaba la carrera en unas catorce horas.
– Ningún ser vivo recuerda a un corredor que terminara en menos de trece horas -dijo Karim-. El sha Alá ha anunciado que si un hombre concluye la carrera en doce horas, le adjudicará un magnífico calaat. Además, obtendrá una recompensa de quinientas piezas de oro y el nombramiento honorario de jefe de los chatirs, lo que conlleva un bonito estipendio anual.
– ¿Por eso has trabajado tanto y corres distancias tan largas todos los días? ¿Piensas que puedes ganar esta carrera?
Karim sonrió y se encogió de hombros.
– Todos los corredores sueñan con ganar el chatir. Por supuesto, me gustaría ganar la carrera y el calaat. Sólo hay una cosa mejor que ser médico: ¡ser un médico rico en Ispahán!
La atmósfera se estaba poniendo tan perfectamente húmeda y templada, que Rob tuvo la sensación de que le besaba la piel cuando salió de casa. El mundo entero parecía gozar de la plena juventud, y el Río de la Vida vibraba día y noche a causa de la fusión de las nieves. Corría el brumoso abril en Londres, pero en Ispahán era el mes de Shabin, más suave y dulce que el mayo inglés. Los descuidados albaricoqueros estallaban en una blancura de sorprendente belleza, y una mañana Khuff fue a buscar a Rob, y le informó que el sha solicitaba su compañía para una cabalgata.
A Rob no le gustaba nada pasar tanto tiempo con el versátil monarca, y le sorprendió que recordara su promesa de cabalgar juntos.
En los establos de la Casa del Paraíso le dijeron que aguardara. La espera fue considerable, pero finalmente apareció Alá, seguido por un séquito tan nutrido que Rob no podía dar crédito a sus propios ojos.
– ¡Bien, Dhimmi!
– Majestad.
Impaciente, el sha restó importancia al ravizemin y montaron en seguida.
Se internaron en las montanas. El sha cabalgaba un semental árabe blanco que parecía volar con natural hermosura, y Rob iba detrás. Al cabo de poco, el sha adoptó un medio galope y, con un ademán, lo llamó a su lado.
– Demuestras ser un excelente médico recetando la equitación, Jesse, he estado con la mierda hasta el cuello en la corte. ¿No es agradable alejarse de la gente?
– Lo es, Majestad.
Rob echó una mirada furtiva hacia atrás. A lo lejos los seguía toda la comitiva: Khuff y sus guardias, que no le quitaba los ojos de encima al monarca, caballerizos de la casa real con monturas desocupadas y animales de carga, carros que resonaban sobre el terreno accidentado.
– ¿Quieres montar un animal más fogoso?
Rob sonrió.
– Eso sería desaprovechar la generosidad de Vuestra Majestad. Este caballo se corresponde con mi capacidad de jinete.
De hecho, le había tomado cariño al castrado castaño. Alá bufó.
– Es evidente que no eres persa, pues ningún persa dejaría pasar la oportunidad de mejorar su montura. Aquí la equitación lo es todo y los varones salen del vientre de sus madres con minúsculas sillas de montar entre las piernas.
Espoleó exageradamente al animal, que saltó por encima de un árbol caído. El sha se volvió en la silla y disparó su enorme arco por encima del hombro izquierdo, desternillándose de risa al ver que la gran saeta erraba el blanco.
– ¿Conoces la historia que hay detrás de este ejercicio?
– No, Majestad. Vi que lo ejecutaban unos jinetes en tu fiesta.
– Sí, lo practicamos a menudo, y algunos son excepcionalmente habilidosos. Se llama "flecha del parto". Hace ochocientos años, los partos eran un pueblo más entre los de nuestra tierra. Vivían al este de Media, en un territorio con infranqueables montañas y con un desierto más terrible aún, el Dasht-i-Kavir.
– Conozco el Dasht-i-Kavir. Atravesé una parte de él para llegar aquí.
– Entonces ya te consta la clase de gente que puede vivir allí -dijo Alá, sujetando firmemente las riendas de su cabalgadura para que no se separara de la de Rob-. Hubo una lucha por el poder en Roma. Uno de los contendientes era el anciano Craso, gobernador de Siria. Este necesitaba una conquista militar igual o superior a las hazañas de sus rivales César y Pompeyo, por lo que decidió desafiar a los partos.
El ejército parto, una cuarta parte de las temibles legiones romanas de Craso, iba al mando del general Suren. En su mayor parte estaba compuesto por arqueros montados en pequeños y rápidos corceles persas, y una exigua fuerza de jinetes armados con largas lanzas y armaduras hechas con chapas de metal en forma de escamas.
"Las legiones de Craso cayeron directamente sobre Suren, que retrocedió al Dasht-i-Kavir. En lugar de girar al norte e internarse en Armenia, Craso los persiguió y se metió en el desierto. Ocurrió algo maravilloso.
"Los lanceros atacaron a los romanos sin darles la oportunidad de reunirse en su clásico cuadrado defensivo. Después de la primera carga, se retiraron los lanceros y avanzaron los arqueros. Estos usaban arcos persas como el mío, de mayor alcance y penetración que los romanos. Sus flechas perforaron los escudos romanos, sus petos y gredas, y para gran asombro de los legionarios, los persas seguían lanzando flechas por encima de sus hombros, con implacable puntería a medida que se retiraban.
– La flecha del parto -dijo Rob.
– La flecha del parto. Al principio, los romanos mantuvieron alta la moral, esperando que se agotaran las flechas. Pero Suren recibió nuevas provisiones en camellos de carga, y los romanos no pudieron librar su acostumbrada guerra cuerpo a cuerpo. Craso envió a su hijo a realizar un ataque de diversión, y le devolvieron su cabeza en el extremo de una lanza persa. Los romanos se batieron en retirada bajo la cobertura de la noche. ¡El ejército más poderoso del mundo! Escaparon diez mil al mando de Casio, futuro asesino de César. Diez mil fueron capturados. Y veinte mil murieron, incluido Craso. El numero de víctimas entre los partos fue insignificante, y desde ese día todos los escolares persas practican la flecha del parto.
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