Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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Karim tenía pocas dificultades con la Sharia, pues había sido criado en un hogar devoto y conocía las leyes piadosas. Lo que lo abrumaba era el estudio del Fiqh. Había tantas leyes y sobre tantas cosas que estaba seguro de no poder recordarlas.

Rob reflexionó en ello.

– Si no recuerdas el texto exacto del Fiqh, debes pasar a la Sharia o a la Sunna. Toda la ley se basa en los sermones y escritos de Mahoma. Por ende, si no logras recordar las leyes, ofrece una respuesta desde el punto de vista religioso o de la vida del Profeta y tal vez los dejes contentos. -Suspiró-. Vale la pena intentarlo. Y entre tanto, oraremos y memorizaremos tantas leyes del Fiqh como podamos.

A la tarde siguiente, en el hospital, siguió a al-Juzjani por las salas y se detuvo con los demás junto al jergón de Bilal, un niño flacucho con cara de ratita. A su lado estaba un campesino de ojos atontados y resignados.

– Estupor -dijo al-Juzjani-. Un ejemplo de que el cólico puede absorber el alma. ¿Qué edad tiene?

Acobardado pero halagado de que le dirigieran la palabra, el padre bajó la cabeza.

– Está en la novena temporada, Señor.

– ¿Cuánto tiempo lleva enfermo?

– Dos semanas. Es la enfermedad del costado que mató a dos de sus tíos y a mi padre. Un dolor espantoso. Viene y se va, viene y se va. Pero hace tres días vino y no se fue.

El enfermero, que se dirigía servilmente a al-Juzjani y sin duda deseaba que terminaran con el niño y siguieran su camino, dijo que sólo había sido alimentado con sherbets de jugos azucarados.

– Vomita o defeca inmediatamente cuanto traga -concluyó.

Al-Juzjani asintió.

– Examínalo, Jesse.

Rob bajó la manta. El chico tenía una herida bajo el mentón, pero estaba completamente cicatrizada y no tenía nada que ver con su dolencia. Le puso la palma de la mano en la mejilla, y Bilal intentó moverse pero no tuvo fuerzas. Rob le palmeó el hombro.

– Caliente. -Le pasó lentamente las yemas de los dedos por el cuerpo. Al llegar al estomago, el chico gritó.

– Tiene la barriga blanda a la izquierda y dura a la derecha.

– Alá trató de proteger el asiento de la enfermedad -dijo al-Juzjani.

Con la mayor delicadeza posible, Rob utilizó las yemas de los dedos para trazar la zona dolorida desde el ombligo y a través del lado derecho del abdomen, lamentando la tortura que producía cada vez que apretaba la barriga. Dio la vuelta a Bilal y vieron que el ano estaba rojo y tierno.

Rob volvió a taparlo con la manta, cogió sus pequeñas manos y oyó que el viejo Caballero Negro volvía a carcajearse de él.

– ¿Morirá, Señor? -preguntó el padre, en tono pragmático.

– Sí -respondió.

Nadie sonrió ante su opinión. Desde que regresaran de Shiraz, Mirdin Karim habían relatado algunas cosas que a su vez fueron repetidas. Rob había notado que ahora nadie se reía de él cuando se atrevía a decir que alguien moriría.

– Elo Cornelio Celso ha descrito la enfermedad del costado, y todos deben leerlo -dijo al-Juzjani mientras pasaba al siguiente jergón.

Después de visitar al último paciente, Rob fue a la Casa de la Sabiduría y pidió al bibliotecario Yussuf-ul-Gamal que lo ayudara a encontrar lo que había escrito el romano sobre la enfermedad del costado. Se sintió fascinado al descubrir que Celso había abierto cadáveres para perfeccionar sus conocimientos. Sin embargo, no era mucho lo que se sabía sobre esa enfermedad concreta, que el autor describía como malos humores en el intestino grueso, cerca del ciego, acompañados por una violenta inflamación y dolor en el costado derecho.

Terminó de leer y fue otra vez a ver a Bilal. El padre ya no estaba. Un severo mullah rondaba al niño como un cuervo, entonando estrofas del Corán, mientras aquel tenía la vista fija en su vestimenta negra, con ojos desolados. Rob movió un poco el jergón para que Bilal no viera al mullah. En una mesa baja, el enfermero había dejado tres granadas persas redondas como bolas, para que el chico las comiera por la noche. Rob las cogió y empezó a hacerlas girar de una en una, hasta que pasaban de mano en mano por encima de su cabeza. "Como en los viejos tiempos, Bilal." Ahora Rob era un malabarista con poca práctica, pero, tratándose de tres objetos, no tuvo dificultades y, además, hizo diversos trucos con la fruta.

Los ojos del chico estaban tan redondos como los propios objetos voladores.

– ¡Lo que necesitamos es acompañamiento musical!

No conocía ninguna canción persa, y quería encontrar algo vital. De su boca emergió la estridente canción de Barber sobre la muñeca.

Tus ojos me acariciaron una vez, tus brazos me abrazan ahora…

Rodaremos juntos una y otra vez, así que no hagas juramentos vanos.

No era una canción adecuada para que un niño muriera con ella en sus oídos, pero el mullah, que contemplaba incrédulo sus juegos de manos, proporcionó suficiente solemnidad y oración mientras Rob proporcionaba una pizca del goce de vivir. De todos modos, nadie podía entender aquellos versos, de modo que Rob no sería acusado de falta de respeto. Regaló a Bilal varios estribillos más, y luego vio cómo saltaba en una convulsión definitiva que arqueó su cuerpecillo. Sin dejar de cantar, Rob sintió el aleteo del pulso hasta que se esfumó en la nada en el cuello de Bilal.

Rob le cerró los ojos, limpió el moco que le colgaba de la nariz, enderezó el cuerpo y lo lavó. Le ató con un trapo las mandíbulas y, por último, lo peinó.

El mullah seguía con las piernas cruzadas, entonando el Corán. Sacaba chispas por los ojos: era capaz de rezar y odiar al mismo tiempo. Sin duda se quejaría de que el Dhimmi había cometido sacrilegio, pero Rob sabía que el informe omitiría que antes de morir Bilal había sonreído.

Cuatro noches de cada siete el eunuco Wasif iba a buscarlo, y Rob se quedaba en el harén de la torre hasta la madrugada.

Daban lecciones de lengua.

– Una polla.

Ella rió.

– No; eso es tu lingam, y esto, mi yoni.

Ella dijo que emparejaban bien.

– El hombre es lebrato, toro o caballo. Tú eres toro. La mujer es corza o yegua o elefanta. Yo soy corza. Eso es bueno. Sería difícil para un lebrato dar placer a una elefanta -explicó la joven seriamente.

Despina era la maestra y Rob el alumno, como si otra vez fuera niño y nunca hubiese hecho el amor. Ella hacía cosas que él había visto en las imágenes del libro comprado en la maidan, y otras que no aparecían allí. Le mostró el kshiraniraka, el abrazo de leche y agua. La posición de la mujer de Imdra. El congreso de bocas o auparishtaka.

Al principió Rob estaba intrigado y encantado, mientras hacían progresos en el Tiovivo, la Llamada a la Puerta o el Coito del Herrero. Se irritó cuando Despina quiso enseñarle los sonidos correctos que debía emitir al eyacular, la elección de sut o plat en sustitución del gemido.

– ¿Nunca te relajas y follas, sencillamente? Esto es peor que memorizar el Fiqh.

– El resultado es mejor después que se aprende -dijo ella, ofendida.

Rob no se sintió agraviado por el reproche implícito en su voz. Además había decidido que le gustaban las mujeres que supieran moderarse.

– ¿No es suficiente el anciano?

– Antes era más que suficiente. Su potencia era famosa. Era bebedor y mujeriego, y si estaba de humor hacía la víbora. Una víbora "femenina" -dijo ella, y los ojos se le llenaron de lagrimas al sonreír-. Pero hace dos años que no yace conmigo. Cuando ella enfermó, dejo de venir.

Despina le contó que toda su vida había pertenecido a Ibn Sina. Era hija de dos esclavos suyos, una india y un persa que fue su sirviente de confianza.

La madre había muerto cuando ella tenía seis años. El anciano se casó con ella a la muerte de su padre, cuando tenía doce, y nunca la había liberado.

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