Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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Por cierto, la atormentaban emociones conflictivas y a veces el pesar la hacía sentir atolondrada por el dolor de la pérdida, mientras en otros momentos tenía clara conciencia de que no podía haber mujer más afortunada que ella en su matrimonio.

En las pocas ocasiones en que se aventuraba a salir de la casa, tenía la impresión de que la gente la observaba con enemistad. Su vestido de luto no era distinto de la indumentaria de las demás mujeres del Yehuddiyyeh, pero sin duda su cabellera pelirroja al descubierto la señalaba como europea.

Probó a ponerse su sombrero de viaje de ala ancha, pero notó que lo mismo las mujeres la señalaban en la calle, y su frialdad hacia ella era constante.

En otras circunstancias se habría sentido muy sola, porque en medio de una ciudad repleta de gente sólo podía comunicarse con una persona, pero en lugar de aislamiento experimentaba una intimidad total, como si sólo ella y su reciente marido habitaran el mundo.

Durante el apagado mes de Ramadán, únicamente los visitó Karim Harun; varias veces vio correr al joven médico persa por las calles, espectáculo que le hacía contener el aliento, pues era como ver correr a un corzo. Rob le habló de la carrera, el chatir, que tendría lugar el primero de los tres días festivos, llamado Bairam, con que se celebraba el fin del largo ayuno.

– He prometido asistir a Karim durante la carrera.

– ¿Serás el único?

– También estará Mirdin. Pero creo que nos necesitará a los dos.

Su voz contenía un interrogante, y Mary comprendió que a Rob podía preocuparle que ella lo considerara una falta de respeto hacia su padre.

– Entonces debes ir -dijo ella con tono firme.

– La carrera propiamente dicha no es una celebración. No puede verse con malos ojos que alguien que está de luto vaya a presenciarla.

Ella lo pensó a medida que se aproximaba el Bairam y, por último, decidió que su marido tenía razón y que ella misma presenciaría el chatir.

A hora muy temprana de la primera mañana del mes de Shawwal flotaba una densa neblina que hizo abrigar a Karim la esperanza de que sería un buen día para un corredor. Había dormido a rachas, pero se dijo que sin duda los otros competidores habían pasado la noche como él, tratando de apartar la carrera de sus mentes.

Se levantó, cocinó un gran cazo de guisantes y arroz, y salpicó el pilah con semillas de apio que midió con gran atención. Comió más de lo que quería, y luego volvió a su jergón para descansar mientras el apio hacía su efecto, manteniendo su mente en blanco y conservando la serenidad mediante la oración:

Alá, hazme volar hoy seguro de mis pies Haz que mi pecho sea un fuelle infalible, mis piernas como un árbol joven, fuertes y flexibles Mantén mi mente despejada y mis sentidos aguzados, con mis ojos siempre fijos en Ti

No oró por la victoria. Cuando él era un niño, a menudo Zaki-Omar le había dicho: "Todos los cachorros inmaduros rezan por la victoria. ¡Qué confusión para Alá! Es mejor pedirle velocidad y resistencia, y usar estas para saber asumir la responsabilidad de la victoria o la derrota."

Cuando se sintió apremiado, se levantó y se fue hasta el cubo, donde permaneció en cuclillas largo rato y movió el vientre satisfactoriamente. La cantidad de semillas de apio había sido la precisa: al terminar se sentía vacío pero no débil, y ese día no lo demoraría ningún retortijón en medio de una etapa.

Calentó agua y se bañó a la luz de una vela, secándose rápidamente, porque en la penumbra hacía fresco. A renglón seguido, se untó con aceite de oliva para protegerse del sol, duplicando la operación en los puntos donde la fricción podía causar dolor: tetillas, axilas, ingle y pene, el pliegue de las nalgas y por último los pies, cuidando especialmente el aceitado de la parte de arriba de los dedos.

Se puso un taparrabos de lino y una camisa del mismo material, ligeros zapatos de cuero para corredores y una gorra estrafalaria, con plumas. Colgó de su cuello el carcaj y un amuleto encerrado en una bolsita de paño, y se echó una capa sobre los hombros para protegerse del frío. Entonces salió de la casa.

Caminó lentamente al principio y luego más rápido, sintiendo que la calidez comenzaba a aflojar sus músculos y coyunturas. Todavía había muy poca gente en la calle. Nadie lo vio cuando se introdujo en un soto frondoso para orinar. Pero cuando llegó al punto de partida, junto al puente levadizo de la Casa del Paraíso, ya se había reunido una multitud en la que pululaban centenares de hombres. Se abrió camino entre ellos hasta encontrar a Mirdin en la parte de atrás, tal como habían acordado, y en seguida se reunió con ellos Jesse ben Benjamín.

Karim notó que sus amigos se saludaban con cierto envaramiento, y pensó que algo ocurría entre ellos. Pero de inmediato apartó esta preocupación de su mente. En esos momentos sólo debía concentrarse en la carrera.

Jesse le sonrió y tocó inquisitivamente la bolsita que colgaba de su cuello.

– Mi amuleto de la buena suerte -dijo Karim-. De mi dama.

Pero no debía hablar antes de una carrera; no podía. Sonrió rápidamente a Jesse y a Mirdin para demostrar que no quería ofenderlos, cerró los ojos y dejó la mente en blanco, haciendo oídos sordos a las charlas y risas estruendosas que lo rodeaban. Le resultó mucho más difícil bloquear los olores a aceites y grasa animal, hedores corporales y ropas sudadas.

Repitió su oración.

Cuando abrió los ojos, la neblina era perlada. Escudriñó a través de la bruma y vio un disco rojo perfectamente redondo: el sol. El aire ya estaba pesado. Comprendió, angustiado, que sería un día brutalmente caluroso.

Se le escaparía de las manos. Imshallah. Se quitó la capa y se la dio a Jesse.

Mirdin estaba pálido.

– Alá sea contigo.

– Corre con Dios, Karim -dijo Jesse.

No respondió. Ahora reinaba el silencio. Corredores y espectadores fijaron la vista en el alminar más cercano, el de la mezquita del Viernes, donde Karim vio a una figura pequeña y vestida de negro que acababa de entrar en la torre.

Al cabo de un instante, la obsesiva llamada a la primera oración llegó a sus oídos y Karim se postró mirando al sudoeste, en dirección a La Meca.

Al concluir la oración, todos volvieron a gritar a voz en cuello, corredores y espectadores por igual. El ruido era ensordecedor e hizo temblar a Karim. Algunos gritaban palabras de aliento, otros invocaban a Alá y muchos aullaban, sencillamente, con el espeluznante sonido que pueden emitir los hombres cuando atacan las murallas del enemigo.

Desde donde estaba, sólo podía percibirse el movimiento de los corredores de delante, pero sabía por experiencia que algunos saltarían para ocupar la primera fila, peleando y empujándose, sin preocuparse de a quién pisoteaban ni qué lesiones infligían. Hasta los que no fueron lentos en incorporarse después de la oración corrían riesgos, porque en el turbulento torbellino de cuerpos, los brazos agitados golpearían caras, los pies patearían piernas, y habría tobillos dislocados y torcidos.

Por ese motivo, aguardó al fondo con desdeñosa paciencia, mientras ola tras ola de corredores pasaban ante él abrumándolo con su alboroto.

Pero finalmente echó a correr. El chatir había comenzado, y él estaba en la cola de una larga serpiente humana.

Corría muy lentamente. Le llevaría largo rato cubrir las primeras cinco millas romanas y cuarto, pero eso era parte de su estrategia. La alternativa habría consistido en estacionarse delante de la multitud y luego, si no salía lesionado de la refriega, arrancar a un ritmo que le permitiera colocarse a la cabeza. Pero ello habría significado consumir demasiada energía a la salida. Así pues, optó por el plan más seguro.

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