Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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Fue detrás de al-Harat la mayor parte de la etapa. Una vez, en la calle de los Apóstoles, se acercó bastante y el otro corredor volvió la vista. Se habían conocido en lamadham, y en los ojos de al-Harat notó un antiguo desprecio que le era familiar: "Ah, es el culo donde la mete Zaki-Omar."

Al-Harat aceleró, y en breve lo aventajó otra vez en doscientos pasos.

Karim cogió la séptima flecha. Mirdin le habló de los otros corredores mientras le daba agua y lo untaba de amarillo.

– Eres el cuarto. El primer lugar lo ocupa un afgano cuyo nombre ignoro. El segundo es Mahdavi, un hombre de al-Rayy. Luego va al-Harat, y después tú.

A lo largo de una vuelta y medía siguió la pista de al-Harat, preguntándose en ocasiones por los otros dos, tan distanciados que no estaban a la vista. En Ghazna, un territorio de altísimas montañas, los afganos corrían por sendas tan altas que el aire era tenue, y se decía que cuando lo hacían en altitudes inferiores no se fatigaban. Y había oído decir que Mahdavi, de al-Rayy, también era un excelente corredor.

Pero mientras descendían la corta y empinada cuesta de la avenida de los Mil Jardines, vio a un corredor aturdido en la orilla del camino, que se sujetaba el costado derecho y sollozaba. Lo adelantaron, y en breve Jesse le dio la noticia de que se trataba de Mahdavi.

A Karim también había vuelto a molestarle el costado, y los dos pies le producían dolor. La llamada a la tercera oración llegó cuando iniciaba la novena etapa. Era un momento que lo tenía preocupado, pues el sol ya no estaba alto y temía que sus músculos se agarrotaran. Pero el calor seguía siendo implacable y lo apretó como una manta pesada mientras yacía rezando; aún sudaba cuando se levantó y echó a correr.

Esta vez, aunque mantuvo el mismo ritmo, tuvo la impresión de alcanzar a al-Harat como si este fuera andando. Cuando estuvieron cuerpo a cuerpo al-Harat intentó hacer una carrerilla, pero en seguida su respiración fue audible y desesperada, y Karim lo vio tambalearse. El calor lo había vencido. Como médico, Karim sabía que el hombre moriría si se trataba de la enfermedad que enrojecía la cara y resecaba la piel, pero el rostro de al-Harat estaba pálido y húmedo.

No obstante, Karim se detuvo cuando el otro pasó dando bandazos y abandonó la carrera.

A al-Harat todavía le quedaba bastante desprecio para poner gesto adusto, pero quería que ganara un persa.

– Corre, bastardo.

Karim lo dejó atrás, encantado.

Desde la alta pendiente del primer tramo descendente, con la vista fija en la extensión recta de camino blanco, distinguió a una figura pequeña que subía la larga cuesta a lo lejos.

Ante sus propios ojos, el afgano cayó, volvió a incorporarse y echó a correr para, finalmente, desaparecer en la calle de los Apóstoles. A Karim le costó refrenarse, pero conservó el ritmo escogido y no volvió a ver al otro corredor hasta pisar la avenida de Alí y Fátima.

Ahora estaba mucho más cerca. El afgano volvió a caer, se levantó y echó a correr con paso desigual. Estaba acostumbrado al aire enrarecido, pero las montañas de Ghazna eran frescas y el calor Ispahání favoreció a Karim, que siguió acortando distancias.

Al pasar por el maristán no vio ni oyó a la gente que conocía porque estaba concentrado en el otro corredor.

Karim lo alcanzó después de la cuarta y última caída. Habían llevado agua al afgano -un hombre achaparrado, de hombros anchos y tez cetrina- y le estaban aplicando paños húmedos en tanto jadeaba como un pez en tierra. Sus ojos pardos ligeramente rasgados, de mirar sereno, vieron pasar a Karim.

La victoria le proporcionó más angustia que sensación de triunfo, pues ahora debía tomar una decisión. Tenía ganada la carrera, pero ¿podía aspirar a obtener el calaat del sha? La "prenda real" consistía en quinientas piezas de oro y el nombramiento honorario, aunque muy bien pagado, de jefe de los chatirs, y todo eso pasaría a manos de quien cumpliera las ciento veintiséis millas en menos de doce horas.

Al rodear la maidan, Karim quedó de frente al sol y lo estudió detenidamente. A lo largo del día había corrido casi noventa y cinco millas. Tendría que considerarlo suficiente y deseaba entregar sus nueve flechas, cobrar el premio en monedas y reunirse con otros corredores que ahora chapoteaban en el Río de la Vida. Necesitaba empaparse en su envidia y admiración, y en el río propiamente dicho, hundiéndose en sus verdes aguas para obtener un reposo que se había ganado.

El sol se cernía sobre el horizonte. ¿Había tiempo? ¿Quedaban fuerzas en su cuerpo? ¿Era ese el deseo de Alá? El plazo resultaba exiguo y probablemente no cubriría otras treinta una millas antes de que la llamada a la cuarta oración indicara la puesta del sol.

Pero sabía que la victoria total liquidaría para siempre a Zaki-Omar de sus pesadillas, algo que no lograría ni acostándose con todas las mujeres del mundo.

Así, después de recoger otra flecha, en lugar de torcer hacia la tienda de las autoridades, emprendió la décima vuelta. El camino de polvo blanco estaba desierto ante sus ojos y ahora corría contra el oscuro djinn del hombre del que había ansiado ser un hijo y que había hecho de él un hardaje.

Cuando en la carrera quedó un solo hombre, ganador del chatir, los espectadores comenzaron a dispersarse; pero ahora, a lo largo del camino, la gente vio correr a Karim y volvió a reunirse en tropel cuando comprendieron que intentaría acceder al calaat del sha.

Los expertos en cuestiones del chatir anual sabían lo que significaba correr durante un día de agobiante calor, por lo que emitieron tal clamor amoroso que su sonido pareció empujar al corredor adelante, y fue una etapa casi gozosa. En el hospital logró descubrir rostros sonrientes de orgullo: al-Huzjani, el enfermero Rumi, el bibliotecario Yussuf el hadji Davout Hosein, incluso Ibn Sina. Al ver al anciano, de inmediato dirigió la mirada hacia el tejado del hospital, comprobó que ella había regresado, y supo que cuando volvieran a verse a solas, Despina sería el verdadero premio.

Pero comenzó a experimentar el problema más grave en la segunda mitad de la etapa. Aceptaba agua a menudo y la volcaba sobre su cabeza, ahora la fatiga lo volvió descuidado, y parte del agua se le volcó en el zapato izquierdo, donde al instante el cuero húmedo empezó a roerle la piel dañada del pie. Tal vez produjo una minúscula alteración en su paso, porque poco después sentía un calambre en el tendón de la corva.

Peor aún: al descender hacia las Puertas del Paraíso, el sol estaba más bajo de lo que esperaba caía directamente sobre las montañas distantes, y al iniciar la que -si acertaba en sus esperanzas -sería la penúltima vuelta, velozmente debilitado y temeroso de que no le alcanzara el tiempo, lo acometió una profunda desazón.

Todo se volvía pesado. Conservó el ritmo, pero sus pies se transformaron en piedras, el carcaj lleno de flechas le golpeaba la espalda a cada paso y hasta la bolsita que contenía el mechón le molestaba al correr. Se echaba agua con mayor frecuencia sobre la cabeza y sentía que decaía segundo a segundo.

Pero la gente de la ciudad parecía haber contraído una extraña fiebre.

Cada una de aquellas personas se había convertido en Karim Harun. Las mujeres gritaban al verlo pasar. Los hombres hacían mil promesas, gritaban sus alabanzas, invocaban a Alá, e imploraban al Profeta y a los doce imán martirizados. Previendo su llegada por los vítores, regaban la calle antes de verlo aparecer, esparcían flores, corrían junto a él y lo abanicaban o le rociaban con agua perfumada la cara, los muslos, los brazos, las piernas.

Los sintió entrar en su sangre y en sus huesos, aprendió esos fuegos, su zancada se fortaleció y estabilizó.

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