Blake Pierce - Antes De Que Peque

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De Blake Pierce, el autor de éxitos de ventas como ONCE GONE (un #1 con más de 900 críticas de cinco estrellas), llega el libro #7 en la trepidante serie de misterio con Mackenzie White como protagonista. En ANTES DE QUE PEQUE (Un Misterio con Mackenzie White – Libro 7), están apareciendo cadáveres de sacerdotes, con sus cuerpos crucificados en las entradas de iglesias por toda la ciudad de Washington D. C. ¿Podría tratarse de alguna clase de acto de venganza? ¿Podría tratarse de un miembro de su congregación? ¿O de un asesino en serie, que está persiguiendo sacerdotes por un motivo mucho más diabólico?El FBI recurre a la agente especial Mackenzie White, ya que el caso guarda muchas similitudes con los matices religiosos de su primer caso, el Asesino del Espantapájaros. Sumergida en el mundo del sacerdocio, Mackenzie se esfuerza por aprender más sobre los rituales y las antiguas escrituras, para tratar de adentrarse en la mente del asesino. Sin embargo, Mackenzie ya estaba obsesionada con la caza del asesino de su propio padre, decidida a encontrarle en esta ocasión. Y este último asesino es más siniestro que la mayoría, empujando a Mackenzie, con su juego letal del gato y el ratón, hasta los límites de su propia cordura. Un thriller psicológico de suspense trepidante, ANTES DE QUE PEQUE es el libro #7 de una nueva e impactante serie – con una nueva protagonista – que le verá pasando páginas hasta altas horas de la noche. También escrito por Blake Pierce, ONCE GONE (Un Misterio con Riley Paige – Libro #1), un #1 éxito de ventas con más de 900 críticas de cinco estrellas – ¡y una descarga gratuita!

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Era su tarea librar al mundo de estos falsos profetas. Era una tarea sangrienta, pero era la tarea de Dios. Y eso era todo lo que él necesitaba saber.

Volvió a mirar al sacerdote, metiéndose al coche y saliendo de la iglesia.

Después de un rato, tambien salió de su aparcamiento. No siguió al sacerdote demasiado de cerca, sino que le escoltó a una distancia segura.

Cuando llegó a un semáforo, apenas podía escuchar el ruido musical de su maletero mientras varias de sus puntas industriales tintineaban dentro de su caja.

CAPÍTULO SEIS

Ella está ascendiendo hacia la iglesia, y la luna de sangre proyecta la silueta de su cuerpo en el pavimento con el aspecto de un insecto estirado—una mantis religiosa o quizá un ciempiés. Suena una campana, una enorme campana por encima de la catedral, congregando a las gentes para que vengan a presentar su devoción y cantar sus alabanzas.

Sin embargo, Mackenzie no consigue entrar a la iglesia. Hay un grupo de gente en la escalinata frontal, congregándose junto al portón de entrada. Allí ve a Ellington, además de a McGrath, Harrison, a su madre y su hermana, incluso a su antiguo compañero, Bryers, y algunos de los hombres con los que ha trabajado mientras era detective en Nebraska.

“¿Qué están haciendo?” se pregunta.

Ellington se vuelve hacia ella. Tiene los ojos cerrados. Lleva puesto un traje elegante, con una corbata del color de la sangre. Le sonríe, con los ojos aún cerrados, y se lleva una mano a los labios. Junto a él, su madre apunta al portón principal de la iglesia.

Su padre está allí. Maniatado, crucificado. Le está mirando directamente a Mackenzie, con la mirada de un maniaco y los ojos abiertos de par en par. Puede observar la locura en sus ojos y en su sonrisa maliciosa.

“¿Has venido a salvarte a ti misma?” le pregunta.

“No,” contesta Mackenzie.

“Bueno, sin duda no viniste a salvarme a mí. Es demasiado tarde para eso. Ahora haz una reverencia. Reza. Encuentra tu paz en mí.”

Y como si alguien le hubiera partido en dos desde dentro, Mackenzie cae de rodillas. Se arrodilla del todo, rozándose las rodillas en el hormigón. Por todos lados, la congregación comienza a cantar en diversos idiomas. Mackenzie abre la boca de la que salen palabras sin forma, uniéndose a la sonata. Vuelve a mirar a su padre y ve que tiene un aura de fuego alrededor de su cabeza. Está muerto ahora, con la mirada en blanco y carente de expresión, y de la boca le cae un reguero de sangre que se acumula a sus pies.

Y continúa el sonido de la campana, repitiéndose una y otra vez.

Sonando…

Sonando. Algo está sonando.

Es su teléfono. Con una sacudida, Mackenzie se despierta. Apenas registra su reloj sobre la mesita, que marca las 2:10 de la madrugada. Responde al teléfono, tratando de quitarse de encima los vestigios de la pesadilla que todavía tiene en mente.

“Aquí White,” dice.

“Buenos días,” le contesta la voz de Harrison. Por dentro, Mackenzie se siente decepcionada. Había estado esperando escuchar la voz de Ellington. Le habían sacado de allí para llevar a cabo alguna tarea que le había asignado McGrath, cuyos detalles eran incompletos por decirlo suavemente. Le había prometido llamarle en algún momento, pero hasta ahora, no había tenido noticias de él.

Harrison, pensó adormilada. ¿Qué demonios quiere ahora?

“Es demasiado pronto para esto, Harrison,” le dice.

“Lo sé,” dice Harrison. “Lo lamento, pero te llamo por encargo de McGrath. Ha habido otro asesinato.”

***

A través de una serie de mensajes de texto, Mackenzie reunió todas las piezas que necesitaba. Una pareja rebelde había aparcado en las sombras de un aparcamiento de una iglesia conocida para hacer el amor. En el momento que las cosas empezaban a tomar forma, la chica había visto algo extraño en la puerta. Le había asustado lo suficiente como para concluir con las actividades planeadas para la noche. Claramente disgustado, el chico cuyo acto de exhibicionismo había sido interrumpido, se había acercado sigilosamente hasta la puerta para encontrarse con un cuerpo desnudo clavado en ella.

La iglesia en cuestión era una de las más célebres de la zona: la Iglesia Comunitaria Living Word, una de las más grandes de la ciudad. Salía a menudo en las noticias, ya que el presidente de la nación solía atender sus servicios. Mackenzie nunca había estado allí (no había entrado a una iglesia desde que pasara por un fin de semana plagado de culpabilidad en la universidad) pero el tamaño y la importancia del lugar se registraron claramente en su mente mientras giraba para meter su coche en el aparcamiento.

Estaba entre los primeros que habían acudido a la escena. El equipo de CSI estaba allí, acercándose a la entrada principal de la iglesia. Solo había una agente saliendo del coche, que aparentemente le había estado esperando. No le sorprendió lo más mínimo ver que se trataba de Yardley, la agente que se había encargado del primer caso con el padre Costas.

Yardley se reunió con ella en el pavimento que llevaba hasta la entrada principal. Parecía cansada pero emocionada de esa manera con la que solo se podía identificar otro agente.

“Agente White,” dijo Yardley. “Gracias por venir tan deprisa.”

“Claro. ¿Eres la primera persona en la escena?”

“Así es. Me enviaron hace unos quince minutos. Harrison me llamó para que viniera.”

Mackenzie estuvo a punto de hacer un comentario, pero se calló. Es extraño que no me llamara a mí primero, pensó. Quizá McGrath le esté dejando hacer la parte de Ellington. Tiene sentido, ya que fue la primera en encargarse de la escena del padre Costas.

“¿Ya has visto el cadáver?” preguntó Mackenzie mientras se dirigían hacia el portón de entrada siguiendo al equipo de CSI.

“Sí. Desde unos metros de distancia. Es idéntico a los demás.”

En unos pocos pasos, Mackenzie pudo comprobarlo con sus propios ojos. Se quedó algo rezagada, permitiendo a los chicos del CSI y del equipo forense que realizaran su trabajo. Al percibir que tenían por detrás a dos agentes a la espera, ambos equipos trabajaron con rapidez y eficiencia, asegurándose de que dejaban algo de espacio a las dos agentes para que realizaran sus propias observaciones.

Yardley estaba en lo cierto. La escena era exactamente la misma, hasta el detalle de la marca alargada sobre el entrecejo. La única diferencia radicaba en que la ropa interior de este hombre parecía haberse caído por sí sola—o quizá se la habían bajado hasta los tobillos a propósito.

Uno de los chicos del equipo de CSI les miró a las dos. Parecía estar algo malhumorado, hasta algo triste.

“El fallecido es Robert Woodall. Es el sacerdote principal aquí.”

“¿Estás seguro?” preguntó Mackenzie.

“Sin ninguna duda. Mi familia acude a esta iglesia. He escuchado los sermones de este hombre al menos unas cincuenta veces.”

Mackenzie se acercó más al cadáver. La puerta de Living World no estaba recargada ni decorada como la de Cornerstone o la del Sagrado Corazón. Estas eran más modernas, realizadas con madera resistente que estaba diseñada y envejecida para que pareciera algo similar a la puerta de un cobertizo.

Como los demás, al pastor Woodall le habían clavado las manos y le habían atado los tobillos con un cable grueso. Mackenzie examinó sus genitales a la vista, preguntándose si la palpable desnudez había sido una decisión del asesino que había expuesto el cuerpo. No pudo ver nada fuera de lo normal y decidió que la ropa interior debía de habérsele caído por sí sola, quizá debido al peso de la sangre que se había acumulado allí. Las heridas que habían derramado esa sangre eran numerosas. Tenía unos cuantos rasguños en el tórax. Y aunque no se podía ver su espalda, los regueros de sangre que se derramaban por su cintura y se adentraban en sus piernas indicaban que habría unos cuantos allí también.

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