“¿Hay algo en particular durante el transcurso de los últimos años que se le ocurra pudiera haberle sentado mal a alguien? ¿Alguna cosa que pudiera molestar a alguien que quizá sentía reverencia por el padre Costas previamente?”
Nancy se miró las manos. Las estaba retorciendo con nerviosismo en su regazo, tratando de evitar que temblaran.
“Supongo que sí la hubo, pero sucedió antes de que empezara a trabajar aquí. Hubo una historia hace como diez años, un informe que sacó a la luz uno de los periódicos locales. Uno de los adolescentes que lideraban un grupo juvenil dijo que el padre Costas había abusado sexualmente de él. Fue muy explícito. Nunca hubo ninguna prueba de que fuera verdad y, para ser sinceros, no hay manera de que el padre Costas pudiera haber hecho algo así. Claro que, cuando una historia periodística como esa se propaga y tiene que ver con alguien dentro de la iglesia católica, se toma como si fuera una verdad incuestionable.”
“¿Cuáles fueron las consecuencias de esa historia?”
“Por lo que me contaron, recibió amenazas de muerte. El número de feligreses que acudía a la iglesia disminuyó en un quince por ciento. Empezó a recibir emails no solicitados llenos de pornografía homosexual.”
“¿Guardó alguno de esos emails?” preguntó Mackenzie.
“Durante un tiempo,” dijo Nancy. “Llamó a la policía al respecto, pero nunca fueron capaces de hacer ninguna conexión. Una vez estuvo claro que no había nada que se pudiera hacer al respecto, los borró de su cuenta. Yo nunca los vi personalmente.”
“¿Y qué hay del adolescente que realizó las acusaciones? Si nos pudiera dar un nombre, podríamos pasar a visitarle.”
Nancy sacudió la cabeza, con lágrimas corriéndole por el rostro. “Se acabó suicidando ese mismo año. Había una nota cerca del cadáver en la que confesaba que era gay. Resultó otro golpe para el padre Costas. Hizo que la historia pareciera todavía más probable.”
Mackenzie asintió, intentando pensar en cualquier otra vía de acceso. Sabía que, naturalmente, sería difícil obtener este tipo de información de una viuda de luto. Y cuando a esto se le añadía otro suceso pasado con un artículo periodístico que podía o no ser cierto, la cuestión se ponía mucho peor. Suponía que podía presionar en busca de más información sobre el joven que había presentado la queja y que había acabado suicidándose. Claro que también podía encontrar la información por su cuenta mientras dejaba que esta pobre mujer se preparara para el funeral del padre Costas.
“En fin, señora Allensworth, muchísimas gracias por su tiempo,” dijo Mackenzie, poniéndose en pie. “Le acompaño en el sentimiento.”
“Bendita seas, querida,” dijo Nancy. También se puso de pie y llevó a Mackenzie de regreso a través de la casa hasta la puerta principal.
En la puerta, Mackenzie le dio a Nancy una tarjeta de visita con su nombre y su número. “Entiendo que está pasando por un momento muy duro,” dijo Mackenzie. “Pero si hay cualquier cosa que se le ocurra en los próximos días, llámeme por teléfono.”
Nancy recibió la tarjeta sin decir ni una palabra y la deslizó dentro de su bolsillo. Entonces se dio la vuelta, luchando claramente con un ataque de lágrimas, y cerró la puerta.
Mackenzie se dirigió de vuelta a su coche, sacando su teléfono móvil. Marcó el número del agente Harrison, que le respondió al instante.
“¿Va todo bien?” le preguntó.
“Todavía no lo sé,” dijo Mackenzie. “¿Puedes hacerme un favor e investigar hace como unos diez años para ver qué puedes encontrar sobre el padre Costas respecto a unas alegaciones de abuso sexual por parte del líder de un grupo juvenil? Me gustaría tener tantos detalles sobre el caso como sea posible.”
“Claro. ¿Crees que puede haber una pista ahí?”
“No lo sé,” dijo ella. “Pero me parece que sin duda merece la pena investigar a un chico que dijo que había sido abusado sexualmente por un sacerdote al que han clavado en el portón de su iglesia.”
“Claro, parece buena idea,” dijo Harrison.
Terminó con la llamada, de nuevo acosada por imágenes del Asesino del Espantapájaros y Nebraska. Obviamente, ya había tratado con asesinos que atacaban desde un contexto religioso. Y algo que sabía sobre ellos era que podían ser impredecibles y muy determinados. No iba a arriesgarse en absoluto y, como consecuencia, no dejaría ningún detalle por investigar.
Y aun sí, mientras se montaba de nuevo en el coche, cayó en la cuenta de que un chico del que han abusado sexualmente parecía una pista bastante sólida. Además, si no fuera por él, lo único que tenía a su disposición era regresar a las oficinas del FBI y ver qué podía sonsacar de los archivos mientras esperaba a que el equipo forense encontrara alguna pista.
Y sabía que, si se quedaba sentada sin hacer nada, esperando a alguna apertura en el caso, el asesino podía estar ahí fuera planeando su siguiente movimiento.
Eran las 3:08 en el salpicadero del coche cuando el sacerdote salió de la iglesia.
Observó al sacerdote a través del limpiaparabrisas desde la distancia. Sabía que era un hombre santo, su reputación era estelar y su parroquia había sido afortunada. Aun así, era bastante decepcionante. A veces pensaba que los hombres devotos deberían ser distinguidos del resto del mundo, para hacerlos más fáciles de identificar. Quizá como en esas antiguas pinturas religiosas donde se mostraba a Jesús con un gran círculo dorado alrededor de su cabeza.
Se echó a reír al pensar en esto mientras observaba cómo el sacerdote se reunía con otro hombre delante de un coche junto a la iglesia. El otro hombre era algún tipo de ayudante. Ya había visto antes a este ayudante, pero no estaba pendiente de él. Era uno de los últimos eslabones de la cadena de poder dentro de la iglesia.
No, a él le interesaba más el sacerdote principal.
Cerró los ojos mientras los dos hombres hablaban. En el silencio de su coche, se puso a rezar. Sabía que podía rezar en cualquier parte y que Dios le escucharía. Ya llevaba algún tiempo sabiendo que a Dios no le importaba donde estuvieras cuando rezabas o cuando confesabas tus pecados. No era necesario que estuvieras en algún edificio enorme y de decoración estridente. De hecho, la Biblia indicaba que esos aposentos tan elaborados eran una ofensa a Dios.
Cuando terminó con su oración, pensó en ese pasaje de las escrituras. Lo pronunció en voz alta, con voz lenta y áspera.
“Y cuando ores, no has de hacerlo como los hipócritas. Que a ellos les encanta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para que puedan ser vistos por los hombres.”
Volvió a mirar al sacerdote, que en este momento se alejaba del hombre y se dirigía hacia otro coche.
“Hipócrita,” dijo. Su voz albergaba una mezcla de tristeza y de malicia.
También sabía que la Biblia advertía sobre una plaga de falsos profetas en los tiempos finales. Esa era la razón de que, después de todo, se hubiera decidido a realizar su tarea actual. Los falsos profetas, los hombres que hablaban de glorificar a Dios mientras miraban con avaricia los platos de la recolecta mientras los pasaban alrededor de la congregación—los mismos que predicaban sobre santidad y pureza al tiempo que miraban a los jovencitos con ojos llenos de lujuria—eran los peores de todos. Eran peor que los traficantes de drogas y los asesinos. Eran peor que los violadores y los pervertidos más deplorables que había por las calles.
Todo el mundo lo sabía, aunque nadie hiciera nada acerca de ello.
Hasta ahora. Hasta que él había escuchado la voz de Dios hablándole, diciéndole que lo rectificara.
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