Blake Pierce - Antes De Que Peque

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De Blake Pierce, el autor de éxitos de ventas como ONCE GONE (un #1 con más de 900 críticas de cinco estrellas), llega el libro #7 en la trepidante serie de misterio con Mackenzie White como protagonista. En ANTES DE QUE PEQUE (Un Misterio con Mackenzie White – Libro 7), están apareciendo cadáveres de sacerdotes, con sus cuerpos crucificados en las entradas de iglesias por toda la ciudad de Washington D. C. ¿Podría tratarse de alguna clase de acto de venganza? ¿Podría tratarse de un miembro de su congregación? ¿O de un asesino en serie, que está persiguiendo sacerdotes por un motivo mucho más diabólico?El FBI recurre a la agente especial Mackenzie White, ya que el caso guarda muchas similitudes con los matices religiosos de su primer caso, el Asesino del Espantapájaros. Sumergida en el mundo del sacerdocio, Mackenzie se esfuerza por aprender más sobre los rituales y las antiguas escrituras, para tratar de adentrarse en la mente del asesino. Sin embargo, Mackenzie ya estaba obsesionada con la caza del asesino de su propio padre, decidida a encontrarle en esta ocasión. Y este último asesino es más siniestro que la mayoría, empujando a Mackenzie, con su juego letal del gato y el ratón, hasta los límites de su propia cordura. Un thriller psicológico de suspense trepidante, ANTES DE QUE PEQUE es el libro #7 de una nueva e impactante serie – con una nueva protagonista – que le verá pasando páginas hasta altas horas de la noche. También escrito por Blake Pierce, ONCE GONE (Un Misterio con Riley Paige – Libro #1), un #1 éxito de ventas con más de 900 críticas de cinco estrellas – ¡y una descarga gratuita!

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Ella le sonrió, regocijándose en el aliento que le daba a su corazón en esos momentos. Dios, puede ser tan encantador…

A medida que caminaban hacia la mañana juntos, también se dio cuenta de que tenía razón: la razón por la que ella quería quedarse y seguir charlando era para ayudar a los hermanos Tuttle a resolver los problemas que habían tenido con su padre.

Por lo visto, el fantasma del caso recientemente reabierto de su padre le acechaba más de lo que quería reconocer.

***

Divisar la iglesia Presbiteriana Cornerstone a la luz de la mañana resultaba surrealista. Mackenzie conducía junto a ella de camino a su reunión con el reverendo Jerry Levins. Levins vivía en una casa que se asentaba a solo media manzana de la iglesia, algo que Mackenzie había visto con frecuencia durante su etapa en Nebraska donde los líderes de las iglesias pequeñas solían vivir muy cerca de sus casas de devoción.

Cuando llegaron a casa de Levins, había numerosos coches aparcados al lado de la calle y en la entrada a su garaje. Asumió que se trataba de miembros de Cornerstone, que habían venido para buscar consuelo o para ofrecer su apoyo al reverendo Levins.

Cuando Mackenzie llamó a la puerta principal de la modesta casa de ladrillo, le respondieron de inmediato. Era obvio que la mujer que salió a abrirles la puerta había estado llorando. Miró con desconfianza a Mackenzie y a Ellington hasta que Mackenzie le mostró su placa.

“Somos los agentes White y Ellington, del FBI,” dijo. “Nos gustaría hablar con el Reverendo Levins, si está en casa.”

La mujer les abrió la puerta y entraron a una casa que resonaba con lloros y gemidos. En alguna otra parte de la casa, Mackenzie podía oír el murmullo de oraciones.

“Iré a buscarle,” dijo la mujer. “Hagan el favor de esperar aquí.”

Mackenzie observó cómo la mujer atravesaba la casa, entrando a una pequeña sala de estar en cuya entrada había unas cuantas personas de pie. Después de algunos susurros, un hombre alto y calvo se acercó caminando hacia ellos. Igual que la mujer que había respondido a la puerta, también era evidente que había estado llorando.

“Agentes,” dijo Levins. “¿Puedo ayudarles?”

“En fin, ya sé que son momentos muy tensos y tristes para usted,” dijo Mackenzie, “pero esperamos obtener cualquier información que podamos sobre el reverendo Tuttle. Cuanto antes podamos conseguir pistas, más rápido atraparemos al responsable de esto.”

“¿Creen que su muerte pueda estar relacionada con la de ese pobre sacerdote esta semana?” preguntó Levins.

“No podemos saberlo con certeza,” dijo Mackenzie, aunque ya estaba convencida de que era así. “Y por esa razón esperábamos que pudiera hablar con nosotros.”

“Por supuesto,” dijo Levins. “Mejor afuera en la escalera. No quiero interrumpir las plegarias que se están llevando a cabo aquí.”

Les llevó de vuelta a la mañana, donde tomó asiento en las escaleras de hormigón. “Debo decirles, que no estoy seguro de lo que van a encontrar sobre Ned,” comentó Levins. “Era un creyente de primera. Además de algunos problemas con su familia, no sé si tenía algo que se pareciera ni de lejos a un enemigo.”

“¿Tenía amigos dentro de la iglesia sobre los que pueda albergar dudas respecto a su moralidad u honradez?” preguntó Ellington.

“Todo el mundo era amigo de Ned Tuttle,” dijo Levins, secándose una lágrima de los ojos. “El hombre era lo más parecido a un santo que se pueda encontrar. Devolvía a la iglesia al menos un veinticinco por ciento de su salario habitualmente. Siempre estaba en la ciudad, ayudando a dar de comer y proveer de ropa a los necesitados. Cortaba el césped para algunos ancianos, hacía reparaciones domésticas para viudas, y se iba a Kenia tres veces al año de misionario para ayudar en una obra médica.”

“¿Sabe alguna cosa sobre su pasado que pudiera resultar sospechosa?” preguntó Mackenzie.

“No. Y no es poco decir porque sé muchas cosas sobre su pasado. Él y yo compartimos muchas historias sobre nuestros problemas. Y puedo decirles en confianza que, entre las pocas cosas pecaminosas que experimentó en el pasado, no había nada que pudiera sugerir que le trataran como lo hicieron anoche.”

“¿Qué hay de otras personas dentro de la parroquia?” preguntó Mackenzie. “¿Había miembros de la iglesia que pudieran sentirse ofendidos por algo que hubiera dicho o hecho el reverendo Tuttle?”

Levins pensó en ello durante un instante antes de sacudir la cabeza. “No. Si hubiera algún problema de ese tipo, Ned nunca me lo contó y yo no me enteré. Pero repito… les puedo decir con la mayor certeza que no tenía enemigos según mi conocimiento.”

“Quizá sepa si—” comenzó a decir Ellington.

Sin embargo, Levins levantó la mano, como si quisiera rechazar el comentario. “Lo siento mucho,” dijo. “La verdad es que me siento bastante triste por la pérdida de mi buen amigo, y tengo a muchos miembros de la iglesia llorando dentro de mi casa. Estaré encantado de responder a las preguntas que tengan en los próximos días, pero, en este momento, necesito volver con Dios y con mi congregación.”

“Desde luego,” dijo Mackenzie. “Le entiendo, y lamento mucho su pérdida.”

Levins consiguió esbozar una sonrisa cuando se puso de nuevo en pie. Había lágrimas recientes corriendo por sus mejillas. “Lo dije en serio,” susurró, haciendo lo que podía por no derrumbarse delante de ellos. “Denme un día más o menos. Si hay algo más que tienen que preguntar, díganmelo. Me gustaría colaborar para llevar a quienquiera que haya hecho esto ante la justicia.”

Dicho esto, regresó de nuevo al interior de la casa. Mackenzie y Ellington regresaron a su coche mientras el sol tomaba su posición natural en el cielo. Era difícil de creer que solo fueran las 8:11 de la mañana.

“¿Y ahora qué?” preguntó Mackenzie. “¿Alguna idea?”

“Bueno, llevo levantado casi cuatro horas y todavía no he tomado café. Ese parece un buen lugar por el que empezar.”

***

Veinte minutos después, Mackenzie y Ellington estaban sentados frente a frente en una pequeña cafetería. Mientras tomaban su café, repasaron los documentos sobre el padre Costas que habían conseguido en el despacho de McGrath y los archivos digitales sobre el reverendo Tuttle que habían enviado por email al teléfono de Mackenzie.

Además de examinar las fotografías, no había mucho que estudiar. Incluso en el caso del padre Costas, en el que había papeleo de acompañamiento, no había gran cosa que decir. Habían acabado con su vida con la herida de cuchillo en su pulmón o con una incisión profunda en su nuca que había profundizado lo suficiente como para revelar destellos blanquecinos de su médula espinal.

“Así que, según este informe,” dijo Mackenzie, “las heridas infligidas en el cuerpo del padre Costas probablemente fueron las que le mataron. Seguramente estaba ya muerto cuando le crucificaron.”

“¿Y eso significa algo?” preguntó Ellington.

“Creo que hay muchas posibilidades. Está claro que hay algún tipo de ángulo religioso en todo esto. El mero concepto de la crucifixión apoya esa idea. No obstante, hay una gran diferencia entre utilizar el acto de la crucifixión como mensaje y utilizar la imagen de la crucifixión.”

“Creo que te entiendo,” dijo Ellington, “pero puedes continuar con la explicación.”

“Para los cristianos, la imagen de la crucifixión sería simplemente un tipo de descripción. Si ese fuera el caso, los cadáveres hubieran estado prácticamente libres de heridas. Piensa en ello… la cristiandad al completo sería bastante diferente si Cristo hubiera estado ya muerto cuando le clavaron en la cruz.”

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