Blake Pierce - Antes De Que Peque

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De Blake Pierce, el autor de éxitos de ventas como ONCE GONE (un #1 con más de 900 críticas de cinco estrellas), llega el libro #7 en la trepidante serie de misterio con Mackenzie White como protagonista. En ANTES DE QUE PEQUE (Un Misterio con Mackenzie White – Libro 7), están apareciendo cadáveres de sacerdotes, con sus cuerpos crucificados en las entradas de iglesias por toda la ciudad de Washington D. C. ¿Podría tratarse de alguna clase de acto de venganza? ¿Podría tratarse de un miembro de su congregación? ¿O de un asesino en serie, que está persiguiendo sacerdotes por un motivo mucho más diabólico?El FBI recurre a la agente especial Mackenzie White, ya que el caso guarda muchas similitudes con los matices religiosos de su primer caso, el Asesino del Espantapájaros. Sumergida en el mundo del sacerdocio, Mackenzie se esfuerza por aprender más sobre los rituales y las antiguas escrituras, para tratar de adentrarse en la mente del asesino. Sin embargo, Mackenzie ya estaba obsesionada con la caza del asesino de su propio padre, decidida a encontrarle en esta ocasión. Y este último asesino es más siniestro que la mayoría, empujando a Mackenzie, con su juego letal del gato y el ratón, hasta los límites de su propia cordura. Un thriller psicológico de suspense trepidante, ANTES DE QUE PEQUE es el libro #7 de una nueva e impactante serie – con una nueva protagonista – que le verá pasando páginas hasta altas horas de la noche. También escrito por Blake Pierce, ONCE GONE (Un Misterio con Riley Paige – Libro #1), un #1 éxito de ventas con más de 900 críticas de cinco estrellas – ¡y una descarga gratuita!

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Dicho esto, Mackenzie se giró hacia las puertas dobles, despidiéndose sin palabras del equipo forense. Intentó imaginarse a alguien arrastrando un cuerpo por el pequeño jardín y subiéndolo por las escaleras en medio del silencio nocturno. La posición de las luces de seguridad en la calle hubiera dejado a oscuras el portón de la iglesia. No había luces de ninguna clase junto al portón de la iglesia, por lo que hubiera estado sumida en una oscuridad casi absoluta.

Quizá fuera más probable de lo que pensé originalmente que el asesino se tomara todo el tiempo del mundo para hacer esto, pensó.

“Esa me pareció una solicitud extraña,” dijo Ellington. “¿Qué estás pensando?”

“Todavía no lo sé, pero sé que hubiera sido necesaria mucha fuerza y determinación para trabajar en solitario para levantar a alguien del suelo y clavar sus manos a esta puerta. Si se empleó un mazo para clavar las puntas, puede que indique que había más de un asesino—uno para levantar a la víctima del suelo además de extender el brazo, y otro para clavar las puntas.”

“Tiene cada vez mejor pinta, ¿no es cierto?” dijo Ellington.

Mackenzie asintió mientras comenzaba a tomar fotografías de la escena con la cámara de su teléfono. Al hacerlo, la idea de la crucifixión volvió a recorrerle todo el cuerpo. Le hizo pensar en el primer caso en el que había trabajado en que se habían utilizado temas de crucifixión—un caso en Nebraska que había acabado por llevarle a entablar relaciones con el Bureau.

El Asesino del Espantapájaros, pensó. Dios, ¿voy a ser capaz alguna vez de dejar ese asunto en las catacumbas de mi memoria?

Por detrás suyo, el sol comenzaba a salir, proyectando los primeros rayos de luz del día. A medida que su sombra se proyectaba lentamente sobre las escaleras de la iglesia, trató de ignorar el hecho de que casi parecía una cruz.

De nuevo, los recuerdos del Asesino del Espantapájaros le nublaron la mente.

Quizá este sea el momento, pensó con esperanza. Quizá cuando cierre este caso, los recuerdos de esa gente crucificada en los maizales dejarán de atormentarme.

Sin embargo, mientras mirada de nuevo a las puertas manchadas de sangre de la iglesia Presbiteriana Cornerstone, se temió que eso no eran más que castillos en el aire.

CAPÍTULO TRES

Mackenzie se enteró de muchas cosas sobre el reverendo Ned Tuttle en la siguiente media hora. Para empezar, dejaba atrás dos hijos y una hermana. Su mujer le había dejado hacía ocho años, para mudarse a Austin, Texas, con el hombre con el que había estado teniendo relaciones durante un año antes de ser descubierta. Los dos hijos vivían en el área de Georgetown, lo que suponía que esa iba a ser la primera parada del día para Mackenzie y Ellington. Eran poco más de las 6:30 cuando Mackenzie aparcó su coche junto a la curva que había al lado del apartamento de Brian Tuttle. Según el agente que les había informado de la noticia, los dos hermanos estaban allí, esperando a hacer lo que fuera posible para responder a sus preguntas sobre la muerte de su padre.

Cuando Mackenzie entró al apartamento de Brian Tuttle, se sorprendió un poco. Estaba esperando encontrar a los dos hijos de luto, desgarrados por la muerte de su devoto padre. En vez de ello, les encontró sentados a una pequeña mesa que había en la cocina. Los dos estaban tomando un café. Brian Tuttle, de veintidós años de edad, estaba comiéndose un bol de cereales mientras que Eddie Tuttle, de diecinueve, mojaba con aire distraído un panqueque Eggo en un charquito de sirope.

“No sé con exactitud lo que creen que podemos ofrecerles,” dijo Brian. “No es que estuviéramos en los mejores términos posibles con papá.”

“¿Puedo preguntar por qué?” dijo Mackenzie.

“Porque dejamos de asociarnos con él cuando se metió de lleno en la iglesia.”

“¿No sois creyentes?” preguntó Ellington.

“No lo sé,” dijo Brian. “Supongo que soy agnóstico.”

“Yo soy creyente,” dijo Eddie. “Pero papá… lo llevó a un nivel completamente nuevo. Quiero decir, cuando descubrió que mamá le estaba engañando, no hizo nada de nada. Después de un par de días procesándolo, la perdonó a ella y al tipo con el que le estaba engañando. Dijo que les perdonaba porque era la acción cristiana en este caso. Y se negó a siquiera hablar de divorcio.”

“Sí,” dijo Brian. “Y a mamá eso le vino a decir que no le importaba un bledo a papá—que no le preocupara que le hubiera engañado. Así que se marchó. Y él no hizo gran cosa por detenerla.”

“¿Alguna vez intentó vuestro padre ponerse en contacto con vosotros después de que se fuera tu madre?”

“Oh, claro que sí,” dijo Brian. “Como cada sábado por la tarde, suplicándonos que fuéramos a la iglesia.”

“Y, además de eso,” añadió Eddie, “estaba demasiado ocupado durante la semana incluso aunque nosotros quisiéramos vernos con él. Siempre estaba en la iglesia o en misiones de caridad o visitando a enfermos en hospitales.”

“¿Cuándo fue la última vez que alguno de vosotros habló con él en profundidad?” preguntó Mackenzie.

Los hermanos se miraron el uno al otro un momento, haciendo cálculos. “No estoy seguro,” dijo Brian. “Quizá un mes. Y no fue gran cosa para nada. Estaba haciendo las mismas preguntas de siempre: cómo nos iba en el trabajo, si ya estaba saliendo con alguien, cosas por el estilo.”

“Entonces, ¿es correcto afirmar que ambos teníais una relación distante con vuestro padre?”

“Sí,” dijo Eddie.

Bajó la vista hacia la mesa por un instante cuando la pena empezó a calarle. Mackenzie ya había visto este tipo de reacción antes; si hubiera tenido que apostar, estaba bastante segura de que uno de los dos chicos rompería a llorar en menos de una hora, cayendo en la cuenta de todo lo que se había perdido en relación con un padre al que nunca había llegado a conocer.

“¿Sabéis quién le podría haber conocido bien?” preguntó Mackenzie. “¿Tenía amigos íntimos?”

“Solo ese sacerdote o pastor o lo que sea de la iglesia,” dijo Eddie. “El que está al mando del lugar.”

“¿No era tu padre el reverendo principal?” preguntó Mackenzie.

“No. Era más bien un asistente del pastor o algo por el estilo,” dijo Brian. “Había otro tipo por encima de él. Jerry Levins, creo que se llama.”

Mackenzie se percató de la manera en que los dos jóvenes estaban confundiendo los términos. Pastor, reverendo, sacerdote… era todo bastante confuso. De hecho, ni siquiera Mackenzie conocía la diferencia, y asumió que tenía que ver con las diferencias en nomenclatura entre las distintas religiones.

“¿Y pasaba tu padre mucho tiempo con él?”

“Oh, sí,” dijo Brian, un tanto enfadado. “Todo su maldito tiempo, creo. Si necesitan saber algo sobre papá, él es la persona indicada para ir a preguntarle.”

Mackenzie asintió, bien consciente de que no iba a obtener ninguna información útil de estos dos jovencitos. Aun así, hubiera deseado tener más tiempo para hablar con ellos. Claramente, había algunas tensiones y pérdidas por resolver entre ellos. Quizá si atravesaran las paredes emocionales que les mantenían tan tranquilos, tendrían más que ofrecer.

Al final, se dio la vuelta y les dio las gracias. Ellington y ella salieron sigilosamente del apartamento. Cuando empezaron a bajar las escaleras el uno junto al otro, Ellington tomó su mano.

“¿Estás bien?” le preguntó.

“Claro,” dijo ella, confundida. “¿Por qué?

“Dos chicos… su padre acaba de morir y no están seguros de cómo enfrentarse a ello. Con todas las especulaciones sobre el viejo caso de tu padre últimamente… solo me estaba preguntando.”

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