“¿Cómo se llama?”
“Eric Crouse.”
“¿Y qué tipo de cosas?” preguntó Mackenzie.
“Hablaba sin tapujos sobre cómo saldría a la luz lo que se había guardado en secreto y que esa luz podía ser cegadora. Que arder en la luz quizá fuera exactamente lo que necesitaba Living World.”
“¿Y cuánto tiempo llevaba comportándose de esa manera?”
“Como un mes más o menos, diría yo. Por lo que tengo entendido, se fue por su propia voluntad hace unas dos semanas, pero los demás ancianos y el pastor Woodall ya habían comentado la posibilidad de dejarle marchar. La cuestión es que todo lo que Eric estaba diciendo seguía al dedillo las escrituras. Cosas que dijo Jesús, cosas que cree la mayoría de la gente que viene a Living World. Pero… y sé que esto va a sonar tonto… se trataba más de la manera en que decía las cosas. ¿Sabe? Como si tuviera algún contexto oculto para ellas. Además, nunca antes había hablado de esa manera. Era uno de los ancianos, sin duda, pero nunca fue de los que hablaban como un loro de las escrituras o empezaba a dar charlas sobre la condenación eterna.”
“Entonces, si no cree que fuera capaz del asesinato, ¿por qué le menciona? ¿Simplemente fue el cambio de personalidad lo que asustó a todo el mundo?”
Wylerman se encogió de hombros. “No. Algunas personas empezaron a percibir que Eric hacía todo lo posible para evitar las reuniones o los pequeños grupos que también atendía el pastor Woodall. Nunca habían sido los mejores amigos del mundo, pero se llevaban bien. Entonces, sin más ni más, cuando empezó a hablar acerca de esta luz cegadora iluminando toda esta oscuridad, también pareció distanciarse del pastor Woodall.”
“¿Y dice que se marchó de la iglesia hace dos semanas?”
“Sí, día arriba, día abajo. No sé si ahora va a alguna otra iglesia o qué. Y lo que es extraño es que es casi como si Eric conociera la agenda del pastor Woodall. Acababa de regresar de un retiro hace unos pocos días.”
“¿Un retiro?”
“Sí, es esta pequeña escapada que se concede un par de veces al año. No es más que una islita en las costas de Florida.”
“¿Y cuánto hacía que había regresado?” preguntó Mackenzie.
“Su mujer y él regresaron a casa hace cinco días.”
Mackenzie pensó en esto durante un momento, catalogándolo en su cabeza. Entonces se interesó por el hombre que había mencionado Wylerman—el antiguo anciano de la iglesia, Eric Crouse.
“¿Por casualidad sabe dónde vive Crouse?” preguntó Mackenzie.
“Sí. He estado en su casa unas cuantas veces para pequeños grupos y plegarias.”
Mackenzie no sabía muy bien por qué, pero algo en todo esto le crispaba los nervios. El momento en que Eric Crouse había abandonado Living World era casi perfecto para el tipo de sospechoso que estaba buscando. Imaginarse a este hombre en agonía estrechando unas manos en oración con un hombre que podía ser responsable de tres muertes en los últimos días resultaba desasosegante.
“¿Puede decirme dónde?”
“Lo haré,” dijo Wylerman, “pero preferiría que no le dijera que obtuvo la información a través de mí… o de nadie más en Living World, la verdad.”
“Por supuesto que no,” dijo Mackenzie.
Con cierta resistencia, Wylerman le indicó cómo llegar hasta la casa de Eric Crouse. Mackenzie apuntó las notas en su teléfono, notando que mientras Wylerman había estado interactuando con ella, su mente seguía junto a sus amigos de luto junto a la iglesia. Estaba mirando en esa dirección ahora, secándose las lágrimas de los ojos mientras les miraba a través de la ventana del pasajero.
“Gracias por su tiempo, señor Wylerman,” dijo Mackenzie.
Wylerman asintió sin decir ni una palabra más. Entonces salió del coche. Mantuvo la cabeza gacha incluso antes de haber llegado hasta la pequeña congregación de gente. Mackenzie podía ver cómo temblaba. Nunca había entendido cómo la gente podía tener una fe tan profunda en un Dios invisible, aunque respetaba el sentido de la comunidad que era evidente entre los que compartían una creencia común. En ese momento, se sintió muy mal por Dave Wylerman, además de por los que atendían Living World y el vacío que sentirían el domingo por la mañana.
Con ese sentido de la compasión impulsándola, Mackenzie salió del aparcamiento de Living World y se dirigió hacia el oeste, hacia lo que parecía ser la primera pista sólida que había salido de este caso.
Eran las 6:40 cuando llegó a la casa de Eric Crouse. Estaba ubicada en un barrio de clase alta donde las viviendas eran más importantes que los jardines, con las casas apretadas las unas contra las otras. El garaje estaba cerrado, lo que imposibilitaba saber si había alguien en casa—aunque, dada la hora temprana, Mackenzie suponía que habría alguien que le abriría la puerta.
Mientras caminaba hacia su puerta, Mackenzie deseó haberse hecho con otra taza de café en alguna parte. Era difícil de creer que todavía no eran ni las siete. Hizo todo lo que pudo para sacudirse los vestigios del sueño de su rostro mientras llamaba al timbre de la residencia Crouse. De inmediato, pudo escuchar unas pisadas al otro lado de la puerta. Unos segundos más tarde, la puerta se abrió solo un poquito y se asomó una mujer.
“¿Puedo ayudarle?” preguntó la mujer, con obvia desconfianza.
“Sí,” dijo Mackenzie. “Y le pido disculpas por la hora intempestiva, pero esto es urgente. Soy la agente Mackenzie del FBI. Busco a Eric Crouse.”
La mujer abrió la puerta con lentitud. “Ese es mi marido. Él… en fin, se ha enterado de una noticia terrible esta mañana. ¿Asumo que esa es la razón de que esté aquí? ¿Por el asesinato de esta mañana?”
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