De Orissa pasé a Aurangabad, al centro de India, a estudiar con la reconocida maestra Parvatti Dutta, interna en una academia en donde la práctica tomaba entre siete a ocho horas diarias, acompañadas de un proceso de alimentación y meditación, ya que las danzas clásicas de India son un completo estudio filosófico y técnico —muy académico y profundo—, además de espiritual. Me sorprendió el absoluto rigor, respeto y devoción de las bailarinas por esta práctica: cuando entraba la maestra al aula de clase había reverencia total, silencio perfecto y no se podía comer, tomar agua, ni interrumpir durante largas jornadas de aprendizaje, fue realmente una experiencia única que formó la bases de quien soy hoy y mi aproximación espiritual y disciplinada a la danza. También he dedicado años de mi vida a estudiar las danzas contemporáneas de India como el Bollywood y el Bhangra, que son absolutamente fascinantes, dinámicas y divertidas. De hecho, en mis espectáculos y festivales anuales, dedicamos una pieza especial a una coreografía colectiva de trescientas bailarinas, inspiradas en estas danzas.
Fascinada por Oriente, mi alma gitana se dedicó a recorrer el mundo árabe: viajé por Turquía, Marruecos y Jordania, pero fue en Egipto en donde mi alma tuvo un poderoso florecimiento y, nuevamente, una conexión profunda, como si hubiera vivido allí toda la vida.
Recorrí sus templos en el río Nilo; me sentí sacerdotisa-danzarina en la época faraónica; bailé al ritmo de sus tambores beduinos en su inmenso desierto del Sahara como una Ghawazee (gitana egipcia); me enamoré de sus atardeceres oro rubí, de su magia sin tiempo, sus perfumes de jazmín, sándalo y pachulí; me sedujo la fuerza, poesía y belleza de su música, su percusión, precisión y poder, sus orquestas maravillosas, sus bailarinas que parecen diosas encarnadas, la voz atemporal de la gran Umm Kolthom, la diversidad de sus ritmos y tradiciones, su gente amorosa y alegre, el caos encantador y esa mezcla de sabiduría ancestral, con mística, percusión, pasión, misterio, color y vida.
En Cairo conocí a mis dos grandes maestros de danza árabe: Raqia Hassan: gran coreógrafa, directora del mundial de danza en Cairo Ahlan Wasahalan, y el doctor Mo Gedawi del Reda Troupe: historiador, maestro y coreógrafo de los iconos de danza oriental más importantes del mundo. Cada año, desde hace veinte años, regreso a Egipto en donde soy maestra y jurado del «Mundial de Danza del Cairo», y llevo al equipo de Colombia a competir. Además, realizo con mi Academia un crucero por el Nilo, llevando a mis alumnas a conocer la sabiduría ancestral de esta cultura. También vamos cada tres años a India y otros destinos de Oriente, pues parte de mi trabajo ha sido enlazar los dos mundos y conectar «la sabiduría de los Himalayas y el Sahara con los Andes», tal como me dijo alguna vez uno de mis maestros en Tíbet, cuando todavía no sabía cuál era mi propósito en la Tierra y viajé muchas horas y días para conocer un gurú que vivía en una cueva en Ladakh y le pregunté para qué estaba en este plano. Me dijo: «tu misión, Antonina, es traer la sabiduría de oriente a occidente a través de la danza, el arte y la espiritualidad». No entendí nada en ese momento, pero por supuesto, con el tiempo, todo tuvo sentido.
Me enamoré de India y Egipto, me sumergí en su magia, música, misterio, cultura ancestral y riqueza. Mi alma se alimentó de sus danzas, sensualidad y sabiduría, y así conecté mi esencia y mi propósito de vida.
La danza árabe, o Raks Sharki, es muy diferente a la danza Hindú, es otra cultura, técnica, música, vestuario; es un universo completamente distinto, de ahí también mi gran motivación por escribir este libro y dejar un legado sobre la historia, danzas tradicionales, ritmos y sabiduría de estas danzas y, por supuesto, beneficios, ya que existe bastante ignorancia en el tema, no hay mucha documentación, todo es voz a voz y tradición oral, y las diferentes versiones de cada maestro.
Aunque no existe absoluta claridad sobre los orígenes de ambas, es muy importante comprender el significado académico, técnico, su contexto histórico, cultural y el profundo legado a la humanidad que traen consigo. Es fundamental tener un estudio riguroso y académico en cada una de estas danzas, ya que no solo se trata de aprender una técnica o mover una parte del cuerpo, son años de estudio, disciplina y compromiso, como todo lo que resulta extraordinario en la vida cuando ponemos el corazón, la acción y el compromiso.
De todo este aprendizaje surgió mi motivación para fundar la primera Escuela de formación académica avalada por el Ministerio de Educación, ofreciendo doble programa: Danza de Oriente y Danza conciencia. La primera, enseña toda la parte histórica, técnica y académica de las danzas árabes e hindú, y la segunda, el trabajo terapéutico de la danza oriental. En 1999, inspirada por mis viajes y aprendizajes en Oriente, motivada por ese monje budista que me habló sobre mi misión de vida, fundé mi academia: Prem Shakti y el sistema que lleva el mismo nombre, en Bogotá, Colombia. En ese entonces, no existía ninguna academia de danza árabe ni hindú, ni bailarinas. De hecho, recuerdo que solo había un restaurante árabe en toda la ciudad.
Con absoluto amor, inspiración y compromiso creé este sistema como una síntesis de mi búsqueda personal, estudios y vivencias en Oriente y allí encontré las respuestas a mi misión de vida y la unión e integración de mi recorrido como artista plástica, escritora, bailarina y sanadora.
«Prem» y «Shakti» son dos palabras en sánscrito (el idioma más antiguo de la humanidad, proveniente de India), «Prem» significa amor supremo, amor a ti mismo, al universo, a absolutamente todo, para mí es la fuerza y energía más poderosa que existe, el origen y el fin de todo. Por su parte, «Shakti» es el principio creativo del Universo, su fuerza femenina y receptiva.
Desde que entramos al año 2000, tal como lo menciono en mi libro El Despertar de la diosa , la polaridad al hemisferio derecho del cerebro cambió, lo ying : lo femenino, amoroso, el poder creativo, la fuerza amorosa, el perdón y la gratitud que vienen a transformar, sanar y armonizar todo. Con absoluto amor, inspiración y compromiso creé este sistema como una síntesis de mi búsqueda personal, estudios y vivencias en Oriente y allí encontré las respuestas a mi misión de vida y la unión e integración de mi recorrido como artista plástica, escritora, bailarina y sanadora. Paralelamente a mi trabajo de formación como bailarina me formé como terapeuta de Aura-soma (sanación a través de los colores), una síntesis de un conocimiento muy antiguo que reúne cábala, numerología, arquetipos y tarot, en el London School of Therapeutics. También estudie Chamanismo en Chile, renacer y cristales.
Realizamos el «primer diplomado de Danza terapia» con el Ministerio de Cultura en el área de «Poblaciones» para la mujeres desmovilizadas de Santa Marta, en un ejercicio maravilloso de sanación a través de la danza oriental donde las mujeres cambiaron los fusiles por cinturones de monedas y bailaron en la Quinta de San Pedro, morada del libertador Simón Bolívar.
Acababa de llegar de India y Egipto, no tenía idea si iba resultar una academia de danza árabe e hindú en Bogotá, pero este era el llamado de mi corazón y el camino de mi alma. Recuerdo que me dieron el peor horario en el gimnasio Marathon porque el resto estaba lleno y era el boom del fitness . Empecé dictando clases los sábados a la una de la tarde. y a los tres meses llegué a tener 120 personas en clase. Todos los medios de comunicación estaban asombrados por el fenómeno, estuvimos entre lo mejor del año 2000 por la revista Aló de la Casa Editorial El Tiempo y fui portada del disco Lo mejor de la música de Oriente con Emi Music, en donde aparecía la famosa canción Rama Yah de Rachid Taha, el cantante argelino que fue éxito en todo el mundo.
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