Me elevaba rápidamente, y a las siete en punto el barómetro señaló nueve millas y media. Comencé a sufrir de gran dificultad para respirar. La cabeza me dolía fuertemente y comencé a sentir algo húmedo en mis mejillas, resultó ser sangre que salía en abundancia de mis oídos. También me preocuparon mis ojos. Cuando pasé mi mano sobre ellos me dio la impresión de que me sobresalían de sus órbitas, además veía distorsionados los objetos que estaban en el globo y al globo mismo. Tales síntomas sobrepasaban lo que yo había imaginado y me causaron cierta alarma. En ese instante, actuando con la mayor irreflexión e imprudencia, lancé tres piezas de lastre de cinco libras cada una. La acelerada velocidad de ascenso así obtenida, me llevó demasiado rápido y sin la progresión necesaria a un estrato de la atmósfera altamente enrarecido, lo que casi se convierte en un hecho fatal para mi proyecto y para mi persona. Repentinamente fui presa de un espasmo que se prolongó más de cinco minutos, e inclusive después de haber disminuido en alguna medida, continué respirando a largos intervalos, jadeando muy penosamente, mientras sangraba abundantemente por la nariz, los oídos y, levemente, hasta por los ojos. Las palomas parecían estar sufriendo mucho y batallaban por escapar, mientras el gato maullaba con desesperación y, con la lengua afuera, se tambaleaba de un lado a otro de la cesta como si estuviera bajo la influencia de un veneno. Cuando comprendí el descuido que había cometido al soltar el lastre ya era demasiado tarde. Imaginé que fallecería en poco tiempo. Además, los trastornos físicos que experimentaba ayudaban a invalidarme casi completamente para hacer el más mínimo esfuerzo en busca de mi salvación. Tenía muy poca capacidad de cálculo y la violencia del dolor de cabeza parecía aumentar por momentos. Reconocí que muy pronto mis sentidos cederían por completo por lo que había tomado una de las cuerdas pertenecientes a la válvula de escape con la idea de intentar un descenso, cuando recordé el chasco que les había jugado a mis tres acreedores y sus posibles consecuencias. Eso me detuvo al instante. Haciendo un esfuerzo por recuperar mis facultades me dejé caer en el fondo de la cesta. Pude lograrlo hasta que llegué a pensar en lo conveniente de hacerme una sangría. Como no tenía con qué hacerla, me vi obligado a ingeniármelas de la mejor forma posible, así que lo logré cortándome una vena del brazo izquierdo con una navaja.
Apenas comenzó a brotar la sangre experimenté un sensible alivio. Después de perder, aproximadamente, lo que contiene media palangana de tamaño ordinario, una gran parte de los síntomas más espantosos desaparecieron totalmente. No obstante no consideré prudente levantarme de inmediato, sino que luego de vendar mi brazo lo mejor que pude, continué en reposo otro cuarto de hora. Transcurrido ese tiempo me levanté, sintiéndome tan aliviado de dolores como me había sentido en la primera parte de mi ascensión. Sin embargo continuaba sintiendo grandes dificultades para respirar y entendí que muy pronto llegaría el momento de usar mi condensador. Mientras tanto observé la gata, que muy cómodamente había vuelto a colocarse sobre mi chaqueta y descubrí, con renovada admiración, que había aprovechado el instante de mi malestar para dar a luz tres gatitos. Esta situación, por completo inesperada, determinaba un aumento del número de pasajeros del globo, pero no me molestó que hubiera ocurrido ya que, más allá de cualquier otra cosa, me daba la oportunidad de comprobar la veracidad de la conjetura que me había motivado a realizar la ascensión. Yo había supuesto que la resistencia usual a la presión atmosférica en la superficie terrestre era la causa de los males que sufre todo ser vivo a determinada distancia de esa superficie. Si los gatitos revelaban síntomas semejantes a los de su madre, debería considerar mi teoría como un fracaso, pero si eso no ocurría, juzgaría el hecho como una fuerte confirmación de tal idea.
Ya, a las ocho de la mañana había logrado una altitud de diecisiete millas sobre el nivel del mar. Por lo que era evidente que mi velocidad de ascenso no solo estaba aumentando, sino que tal aumento hubiera sido probable aunque no hubiese arrojado el lastre como lo hice. Los dolores de cabeza y oídos regresaron por momentos y con mucha fuerza, y por instantes sangraba nuevamente por la nariz, pero en términos generales, padecía mucho menos de lo que podía suponerse. Sin embargo, respirar era cada vez más y más difícil, y cada inspiración me causaba un horrible movimiento convulsivo en el pecho. Entonces, desempaqué el aparato condensador y lo preparé para usarlo inmediatamente.
A esta altura de mi elevación el espectáculo que ofrecía la tierra era majestuoso. Hasta donde alcanzaba mi visión al norte, al sur, y al oeste, se explayaba la infinita superficie de un océano en aparente quietud y que por instantes iba tomando una tonalidad más y más azul. A una amplísima distancia hacia el este se veían con toda claridad las Islas Británicas, la costa marítima de Francia y España, con su pequeña porción del área norte del continente africano. No era posible diferenciar la menor huella de construcciones aisladas y las más soberbias ciudades del planeta se habían perdido totalmente en la faz de la tierra.
Lo que más me llamó la atención de la apariencia de las cosas de abajo fue la supuesta concavidad de la superficie del planeta. De manera poco reflexiva había esperado observar su convexidad real a medida que me elevara, pero pronto pude explicarme tal contradicción. Una línea trazada de manera perpendicular desde mi posición hacia la tierra habría formado la perpendicular de un triángulo rectángulo, cuya base se hubiera alargado desde el ángulo recto hasta el horizonte y la hipotenusa desde el horizonte hasta mi posición. Pero comparándola con la perspectiva que alcanzaba, mi lectura era prácticamente nada. En otras palabras, la base y la hipotenusa del aparente triángulo hubieran sido, en este caso, tan largas al confrontarlas con la perpendicular, que las dos primeras se hubieran podido considerar como paralelas. De esta forma el horizonte del aeronauta siempre se muestra como si estuviera al nivel de la cesta. Mas como el punto ubicado inmediatamente debajo de él pareciera estar —y está— a inmensa distancia, también da la impresión de encontrarse a inmensa distancia por debajo del horizonte. Por ello la supuesta concavidad permanecerá hasta que la elevación trascienda una proporción tan grande con relación al paisaje, que el ilusorio paralelismo de la base y de la hipotenusa desaparezca.
Para este momento, las palomas parecían estar sufriendo mucho. Por lo que decidí, pues, dejarlas en libertad. Primero solté una de ellas, la hermosamente moteada de gris, y la coloqué sobre el borde de la cesta. Se comportó muy inquieta, miraba con ansiedad hacia todos lados, agitando sus alas y gorjeando suavemente, pero no logré convencerla de que se soltara del borde. Por fin la agarré, y la lancé a unas seis yardas del globo. Pero al contrario de lo que esperaba, no tenía ningún deseo de descender, sino que luchó con todas sus fuerzas por regresar mientras lanzaba enérgicos y agudos chillidos. Finalmente, logró alcanzar su posición previa, pero apenas lo había logrado cuando apoyó su cabeza en su pecho y cayó muerta en la cesta del globo.
La otra tuvo más suerte, ya que para evitar que siguiera el ejemplo de su compañera y retornara al globo, la arrojé hacia abajo con todas mis fuerzas y me di el gusto de verla persistir en su descenso con mucha rapidez usando sus alas de la forma más natural. Rápidamente la perdí de vista y no tengo dudas de que llegó a casa sana y salva. La gata, que se había recobrado muy bien de su situación, procedió a devorar con saludable apetito la paloma muerta y luego se durmió muy feliz. A su vez, los gatitos lucían enérgicamente vivaces y no mostraban la más mínima señal de malestar.
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