Edgar Allan Poe - Cuentos completos

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El autor norteamericano Edgar Allan Poe (1809-1849) ocupa un lugar relevante en el panteón de los escritores más admirados, imitados y estudiados de la literatura universal. Considerado por muchos como un precursor del cuento corto y de terror como género literario, Edgar Allan Poe escribió también poesía, ensayos y crítica literaria. Fascinado con lo macabro y con un especial talento para ello, Poe también exploró diversos temas y tonos en su obra, con relatos detectivescos, humorísticos, históricos y hasta crónicas periodísticas. Su obra ha inspirado innumerables homenajes e influenciado el estilo de autores como H. P. Lovecraft y Arthur Conan Doyle.Con una vida marcada por la tragedia Poe logró dejar una huella indeleble en la historia literaria de su país y del mundo, como un maestro de la naturaleza humana y de todos sus matices. El presente volumen contiene más de sesenta cuentos, reuniendo todos los relatos publicados durante su vida.

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A las diez encontré que tenía muy poco en lo que ocuparme. Todo estaba bien y estaba convencido de que el globo subía con una velocidad cada vez mayor, aunque ya no tenía manera de verificar su progresión. No sufrí dolores ni molestias de ninguna tipo y disfruté de un estado de ánimo mejor que en ningún otro momento desde que me alejé de Róterdam. Entonces, me ocupé de verificar los diferentes instrumentos y de renovar la atmósfera de la cámara. Decidí hacerlo cada cuarenta minutos para mantener mi buen estado físico, no porque fuese definitivamente necesaria dicha renovación. Mientras, no pude evitar anticiparme al futuro. Mi fantasía viajaba felizmente por supuestas y fantásticas regiones lunares y mi imaginación, sintiéndose libre de ataduras por primera vez, vagaba entre las múltiples maravillas de un territorio oscuro e inseguro. De repente había antiguas y centenarias florestas, vertiginosos abismos y cataratas que se caían estruendosamente en despeñaderos sin fondo. Luego, llegaba a las serenas soledades del mediodía donde nunca soplaba el viento, donde inmensos campos de amapolas y hermosas flores parecidas a lirios se extendían en la lejanía, calladas e inmóviles por siempre. Más tarde transitaba otra distante región, donde se encontraba un vago y oscuro lago limitado por las nubes. Pero no solo estas ilusiones se apoderaban de mi mente. Espantos de naturaleza mucho más aterradora y pavorosa aparecían en mi mente, sacudiendo lo más profundo de mi alma con la sola suposición de su existencia. Pero no dejaba que esto se prolongara demasiado tiempo, considerando con sensatez que los peligros reales y manifiestos de mi viaje eran muchos para atrapar por completo mi atención.

Hacia las cinco de la tarde, mientras trabajaba en regenerar la atmósfera de la cámara, aproveché el momento para observar a la gata y a los gatitos a través de la válvula. Me dio la impresión de que la gata sufría mucho nuevamente y no dudé en atribuirlo a los problemas que tenía para respirar, por otra parte, mi ensayo con los gatitos tuvo un resultado realmente extraño. Como es de suponer, había esperado que revelaran cierto malestar, aunque en menor grado que la madre, y eso sería suficiente para confirmar mi creencia sobre la resistencia a la presión atmosférica habitual. No estaba prevenido para descubrir, al inspeccionarlos con atención, que tenían una salud magnífica y que estaban respirando con perfecta regularidad y soltura, sin dar la menor muestra de padecimiento. No tuve posibilidad de otra explicación, salvo ir más allá de mi planteamiento e imaginar que la atmósfera altamente enrarecida que los rodeaba no era, tal vez (como lo había supuesto), químicamente insuficiente para la vida animal y que, posiblemente, una persona nacida en tal ambiente podría acaso respirarla sin ningún inconveniente, mientras que al descender a estratos más densos, en las cercanías de la tierra, sufriría torturas de naturaleza parecida a las que yo acababa de sufrir. En ningún momento he dejado de lamentar que un estúpido accidente me despojara en ese instante de mi pequeña familia de gatos, impidiéndome avanzar en la comprensión del problema señalado. Cuando pasé la mano por la válvula, con un recipiente de agua para la gata, la manga de mi camisa se enganchó en el lazo que sujetaba la pequeña cesta y, de forma instantánea, lo desató del botón donde estaba atado. Si la cesta se hubiera pulverizado en el aire, no habría podido dejar de verla con tanta rapidez. Creo que no pasó más de una décima de segundo entre el momento en que se soltó y el de su desaparición. Mis mejores deseos la acompañaron en su descenso, pero no tenía ninguna expectativa de que la gata o los gatitos sobrevivieran para narrar lo que había pasado.

A las seis, observé que una gran parte del área visible de la tierra estaba envuelta en una densa oscuridad, la cual siguió creciendo rápidamente hasta que a las siete menos cinco, toda la superficie terrestre a la vista quedó envuelta en la negrura de la noche, aunque transcurrió mucho tiempo hasta que los rayos del sol poniente dejaron de iluminar el globo. Este acontecimiento, aunque ciertamente conocido, no dejó de causarme un gran placer. Estaba claro que por la mañana vería al astro rey muchas horas antes que los habitantes de Róterdam, a pesar de que se encontraban situados mucho más al este, y que así, un día tras otro, en proporción a la altura lograda, disfrutaría de la luz solar por más y más tiempo. Decidí, entonces, llevar una bitácora de viaje y tomar notas de un registro diario de veinticuatro horas ininterrumpidas, o sea, sin considerar el lapso de oscuridad.

A las diez, cuando sentí sueño, decidí acostarme por el resto de la noche, entonces, se me presentó un problema que por más evidente que parezca, se me había escapado de mi consideración hasta ese momento. Si me acostaba a dormir como había decidido, ¿cómo podría regenerar mientras tanto la atmósfera de la cámara? No sería posible respirar en ella por más de una hora y, aunque lograra prolongar ese tiempo a una hora y cuarto, las más desastrosas consecuencias vendrían después. La consciencia de este inconveniente me inquietó muy seriamente, y apenas se me podrá creer si señalo que después de todos los riesgos que había enfrentado, el tema me pareció tan grave como para abandonar todas mis esperanzas de llevar a feliz término mi propósito y decidir comenzar el descenso.

Sin embargo, mi escepticismo fue solo momentáneo. Pensé que el hombre es esclavo de sus costumbres y que en la inercia de su existencia hay infinidad de cosas que se consideran fundamentales, y que lo son únicamente porque se han transformado en hábitos. Es evidente que no podía permanecer sin dormir, pero me acostumbraría fácilmente y sin ningún problema a despertarme de hora en hora en el transcurso de mi reposo. Para renovar completamente la atmósfera de la cámara, solo eran necesarios cinco minutos como máximo, y el único problema era encontrar un procedimiento que —en cada oportunidad— me despertara en el momento necesario.

Debo confesar que este asunto me resultó realmente complicado. Por supuesto, ya conocía la historia del estudiante que, para no dormirse sobre el libro, sostenía en su mano una bola de cobre, que al caer en un recipiente del mismo metal ubicado en el suelo causaba un ruido suficiente para despertarlo si caía vencido por el letargo. Pero mi caso era diferente y no me permitía basarme en ningún recurso parecido, no se trataba de mantenerme despierto sino de despertarme en lapsos regulares. Finalmente encontré un medio que, aunque simple, en aquel instante de vital importancia me pareció como la invención del telescopio, la imprenta o la máquina de vapor.

Debo señalar en primer lugar que, a la altura lograda, el globo seguía su ascensión vertical de la forma más serena, y que la cesta lo acompañaba perfectamente estable, tanto que no era posible medir en ella la más ligera oscilación. Este hecho me benefició grandemente para la realización de mi proyecto. El abastecimiento de agua se encontraba almacenado en cuñetes de cinco galones cada uno firmemente atados en el interior de la cesta. Solté uno de ellos y usando dos cuerdas lo amarré de forma paralela y separado a treinta centímetros de distancia a través del borde de mimbre de la cesta, para formar una especie de soporte sobre el que coloqué el cuñete y lo fijé en forma horizontal.

A unos veinte centímetros por debajo de las cuerdas y a un metro del fondo de la cesta, armé otro soporte, pero esta vez de madera fina, disponiendo del único pedazo que tenía a bordo. Justo debajo de uno de los extremos del cuñete, coloqué encima un pequeño recipiente de barro. Luego, hice un agujero en el lado correspondiente del cuñete, al que coloque un tapón cónico de corcho. Probé a apretar y a aflojar el tapón hasta que, después de muchas pruebas, encontré el punto justo para que el agua, goteando por el orificio y cayendo en el recipiente ubicado abajo, lo llenara hasta el borde en sesenta minutos. Esto último fue fácil de calcular, viendo hasta dónde se llenaba en un tiempo dado.

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