Edgar Allan Poe - Cuentos completos

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El autor norteamericano Edgar Allan Poe (1809-1849) ocupa un lugar relevante en el panteón de los escritores más admirados, imitados y estudiados de la literatura universal. Considerado por muchos como un precursor del cuento corto y de terror como género literario, Edgar Allan Poe escribió también poesía, ensayos y crítica literaria. Fascinado con lo macabro y con un especial talento para ello, Poe también exploró diversos temas y tonos en su obra, con relatos detectivescos, humorísticos, históricos y hasta crónicas periodísticas. Su obra ha inspirado innumerables homenajes e influenciado el estilo de autores como H. P. Lovecraft y Arthur Conan Doyle.Con una vida marcada por la tragedia Poe logró dejar una huella indeleble en la historia literaria de su país y del mundo, como un maestro de la naturaleza humana y de todos sus matices. El presente volumen contiene más de sesenta cuentos, reuniendo todos los relatos publicados durante su vida.

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Es cierto que los globos, en la primera etapa de su ascenso, se remontan con una velocidad parcialmente moderada. No obstante, la potencia de tal elevación depende por completo del peso superior del aire atmosférico en contraste con el peso del gas del globo. Cuando el aeróstato alcanza mayor altura y, por lo tanto, alcanza capas atmosféricas cuya densidad se reduce rápidamente, no luce posible ni razonable que la velocidad original comience a acelerarse. Pero por otro lado, tampoco tenía noticias de que en algún ascenso conocido se hubiese registrado una baja de la velocidad absoluta del ascenso, aunque esa tendría que haber sido la situación, aunque solo fuera por el escape del gas en globos de construcción imperfecta o aislados con una escueta capa de barniz. Creí pues, que las consecuencias de ese posible escape de gas debían ser suficientes para contrarrestar el efecto de la aceleración alcanzada por la mayor distancia del globo hasta el centro de gravedad. Supuse que si encontraba en mi camino el medio ambiente que había imaginado y, si este era en esencia lo que llamamos aire atmosférico, no habría mayor diferencia en la fuerza de ascenso a causa de su extremado enrarecimiento, ya que el gas de mi globo no solo estaría sometido al mismo enrarecimiento —con cuyo objeto le permitiría escapar en cantidad suficiente para evitar una explosión—, sino que continuaría siendo específicamente más liviano que cualquier mezcla de nitrógeno y oxígeno. Existía, entonces, una posibilidad bastante grande de que en ningún momento de mi ascenso lograra llegar a un punto donde —los pesos unidos de mi gigantesco globo, el gas sorprendentemente ligero que lo llenaba, la cesta y su contenido— alcanzaran a igualar el peso de la masa atmosférica desplazada por el aeróstato y, fácilmente, se entenderá que solo una situación contraria hubiera podido frenar mi ascenso. Aunque aún en este caso era posible disminuir casi trescientas libras de peso arrojando el lastre y otros elementos. Mientras, la fuerza de la gravedad continuaría disminuyendo seguidamente en proporción al cuadrado de las distancias, y con una velocidad pasmosamente acelerada, llegaría finalmente, a esas distantes regiones donde la fuerza de atracción de la tierra sería menor que la de la luna.

Existía otro aprieto que me causaba cierta inquietud. Se ha notado que en los vuelos en globo a alturas considerables, aparte del problema respiratorio, ocurren fenómenos muy penosos en todo nuestro organismo, acompañados con frecuencia de sangrado nasal y otras manifestaciones alarmantes que se van agravando a medida que aumenta la altura. Este aspecto no dejaba de causarme preocupación. ¿No sucedería que tales síntomas continuaran aumentando hasta causar la muerte? Pero logré concluir que no. La causa debía buscarse en la disminución gradual de la presión atmosférica habitual sobre la superficie del cuerpo y la consiguiente dilatación de los vasos sanguíneos superficiales. No se trataba de un desorden radical de todo el organismo como en el caso de la dificultad respiratoria, donde la densidad atmosférica es químicamente escasa para la adecuada renovación de la sangre en los ventrículos del corazón. Si solo faltaba esta renovación de la sangre, no había ninguna razón para que no pudiera mantenerse la existencia hasta en el vacío, ya que la expansión y la compresión del diafragma, conocidas normalmente como respiración, son actos totalmente musculares y causa de la respiración, no un efecto de ella. En pocas palabras, deduje que del mismo modo como el organismo podría acostumbrarse a la falta de presión atmosférica, igualmente irían disminuyendo las consecuencias dolorosas. Y tenía confianza en la inclemente resistencia de mi cuerpo para soportarlas mientras persistieran.

De este modo, les he mencionado muchas de las consideraciones, aunque no todas, que me llevaron a programar un viaje a la luna. Ahora, si complace a sus excelencias, voy a relatarles los resultados de un proyecto cuya concepción luce tan audaz, y que en cualquier caso no tiene equivalente en la historia de la humanidad.

Una vez alcanzada la altitud ya mencionada —es decir, tres millas y tres cuartos— lancé desde la cesta cierta cantidad de plumas y observé que seguía ascendiendo con suficiente velocidad por lo que no era necesario descartar ningún lastre. Esto me alegró, pues deseaba conservar conmigo todo el peso posible, ya que no tenía ninguna certeza sobre la fuerza de atracción o la densidad atmosférica de nuestro satélite. Hasta ese instante no tenía molestias físicas, respiraba con total libertad y no sentía dolor de cabeza. El gato dormía tranquilamente sobre el abrigo que me había quitado y observé que las palomas tenían un aire despreocupado. Estas últimas, atadas por una pata para evitar que escaparan, se ocupaban activamente de recoger algunos granos de arroz que les había lanzado en el fondo de la cesta.

A las seis y veinte el barómetro mostró una altitud de 26.400 pies, es decir, casi cinco millas. Las posibilidades parecían ilimitadas. Ciertamente, usando la trigonometría esférica, era muy fácil determinar el espacio terrestre que alcanzaban mis ojos. La superficie convexa de una fracción de esfera es a la superficie total de la misma lo que el verseno de la fracción al diámetro de la esfera. Pues bien, en esta oportunidad, el verseno —o sea, el espesor de la fracción por debajo de mí— era aproximadamente la misma que mi elevación, o que la elevación del punto de vista sobre el área. Entonces, la proporción de la superficie terrestre que se mostraba ante mis ojos era de cinco a ocho millas. Dicho de otra forma, estaba observando una decimosexta parte del área total del globo terráqueo. El mar lucía sereno como un plato, aunque pude advertir con mi telescopio que se hallaba sumamente rizado. Ya no podía ver el navío que al parecer había tomado rumbo este. Por momentos comencé a sentir intensos dolores de cabeza, en especial en la zona de los oídos, aunque continuaba respirando con mucha facilidad. El gato y las palomas no parecían sentir ninguna molestia.

A las siete menos veinte el globo entró en una región de nubes densas, que me causaron serias dificultades, estropeando mi aparato condensador y mojándome hasta los huesos. Esto, por cierto, fue una particular sorpresa, pues nunca había imaginado posible que tal nube estuviera a esa altura. Creí conveniente liberar dos bultos de cinco libras de lastre, manteniendo ciento sesenta y cinco libras de peso. Al hacerlo no tardé en sobrevolar la zona de las nubes, y al momento me percaté de que mi velocidad de ascenso se había incrementado considerablemente. Luego, a los breves segundos de salir de la nube, un fuerte relámpago la atravesó de punta a punta, incendiándola completamente como si se tratara de un bloque de carbón ardiente. Esto ocurrió, como he mencionado, a plena luz del día. Se me hace imposible imaginar la grandeza que hubiese mostrado el mismo hecho en caso de ocurrir durante la noche. Únicamente el infierno hubiera podido darnos una imagen apropiada. De la manera en que vi tal fenómeno hizo que mi cabello se erizara mientras observaba los abiertos abismos, dejando que mi imaginación descendiera y deambulara por las inusuales galerías abovedadas, los golfos inflamados y los espantosos y rojos abismos de aquel espantoso e indescifrable incendio. Me había salvado por muy poco. Si hubiese continuado un momento más dentro de aquella nube, es decir, si la humedad no me hubiera obligado a soltar lastre del globo, lo más probable es que no hubiera logrado escapar a la desgracia. Este tipo de peligros son tal vez los más grandes que se deben desafiar al viajar en globo, pero se piensa poco en ellos. Sin embargo, ya había alcanzado una elevación demasiado grande como para que volviera a presentarse el peligro.

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