Edgar Allan Poe - Cuentos completos

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El autor norteamericano Edgar Allan Poe (1809-1849) ocupa un lugar relevante en el panteón de los escritores más admirados, imitados y estudiados de la literatura universal. Considerado por muchos como un precursor del cuento corto y de terror como género literario, Edgar Allan Poe escribió también poesía, ensayos y crítica literaria. Fascinado con lo macabro y con un especial talento para ello, Poe también exploró diversos temas y tonos en su obra, con relatos detectivescos, humorísticos, históricos y hasta crónicas periodísticas. Su obra ha inspirado innumerables homenajes e influenciado el estilo de autores como H. P. Lovecraft y Arthur Conan Doyle.Con una vida marcada por la tragedia Poe logró dejar una huella indeleble en la historia literaria de su país y del mundo, como un maestro de la naturaleza humana y de todos sus matices. El presente volumen contiene más de sesenta cuentos, reuniendo todos los relatos publicados durante su vida.

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Justo ahora es el momento de explicarles a vuestras excelencias la razón de mi viaje. Ustedes recordarán que algunas lamentables situaciones en Róterdam, finalmente, me habían hecho considerar la decisión de suicidarme. La vida no me molestaba en sí misma sino motivado a las intolerables angustias resultantes de mi situación. En este estado de ánimo, con deseos de vivir y cansado al mismo tiempo de la vida, el libro comprado en la librería, junto al acertado encuentro con mi primo de Nantes, abrieron una puerta en mi imaginación. Al fin me decidí… Decidí partir, pero seguir viviendo, abandonar este mundo, pero seguir existiendo... En fin, para poner a un lado los misterios: resolví, ocurriera lo que ocurriera, hacer un viaje hasta la luna. Y para que no se piense que estoy más loco de lo que realmente soy, voy a comenzar a explicar lo mejor posible las percepciones que me llevaron a creer que tal propósito, aunque colmado de problemas y peligros, no estaba tan alejado de lo posible para un espíritu atrevido.

La primera situación a considerar era la distancia de la tierra a la luna. El espacio medio entre los centros de los dos astros equivale a 59.9643 veces el radio ecuatorial de nuestra orbe, vale decir unas 237.000 millas. Digo el espacio medio, pero se debe reconocer que como la órbita de la luna está formada por una elipse cuya excentricidad no es menor de 0,05484 del semieje más grande de la elipse, y el centro de la tierra se encuentra situado en su foco, si de alguna forma lograba llegar a la luna en su perigeo, la distancia antes mencionada se vería reducida. Si por el momento dejamos de lado esa posibilidad, de todas formas había que restar el radio de la tierra de las 237.000 millas, es decir, 4.000, y también el de la luna, 1.080, es decir, un total de 5.080, con lo que en circunstancias normales, quedarían por recorrer 231.920 millas.

Me convencí de que esta distancia no era tan inconcebible. Viajando por tierra, a un promedio de setenta millas por hora, la he recorrido varias veces, y cabe tomar en cuenta que se podrían lograr velocidades mayores. Inclusive, de esa forma, no me tomaría más de ciento sesenta y un días llegar a la superficie de la luna. Sin embargo, algunos detalles me llevaban a creer que, probablemente, mi promedio de velocidad superaría con creces las sesenta millas por hora y, como estas conclusiones me estremecieron profundamente, no dejaré de referir sus detalles a continuación.

El próximo punto a tener en cuenta era mucho más relevante. De acuerdo a las indicaciones del barómetro, puede observarse que a una altura de 1.000 pies sobre el nivel del mar nos hallamos sobre una trigésima parte del total de la masa atmosférica, que a los 10.600 pies nos hemos elevado a un tercio de la misma; que a los 18.000 pies, que es muy cercanamente la altura del Cotopaxi, habremos sobrepasado la mitad de la masa material —o, por lo menos, medible— de la atmosfera que pertenece a nuestro globo. Se estima igualmente que a una altitud que no sobrepase la centésima parte del diámetro terrestre —es decir, que no exceda las ochenta millas—, la vida animal no podría resistir el excesivo enrarecimiento del aire y, además, que los instrumentos más sensibles de medición que poseemos para asegurarnos de la existencia de atmósfera serían inservibles a esa altura.

Mas no dejé de observar, no obstante, que esos últimos cálculos están basados completamente en nuestra percepción experimental de las propiedades del aire y de las leyes mecánicas que afectan su dilatación y su compresión —hablando comparativamente— sobre la zona inmediata a la tierra y, que al mismo tiempo se da por sentado, que la vida animal es fundamentalmente incapaz de transformación a cualquier distancia inaccesible desde la superficie. Ahora bien, tomando como referencia tales datos, todas estas consideraciones tienen que ser puramente analógicas. La mayor altura lograda por el hombre fue de 25.000 pies en la cruzada aeronáutica de Guy-Lussac y Biot. Se trata de una altura moderada, inclusive si se la compara con las ochenta millas en cuestión, por lo que no pude dejar de pensar que la situación se prestaba a la duda y a las más diversas conjeturas.

Está confirmado que al ascender a una altitud dada, la cantidad de aire medible —al seguir ascendiendo— no se encuentra en proporción a la altura alcanzada adicionalmente (como se puede deducir con claridad por lo antes dicho), sino en constante proporción decreciente. Pues está claro, que por más altura que alcancemos no podemos, literalmente hablando, superar el límite más allá de donde no hay atmósfera. Mi opinión era que esta sí existía, aunque podía encontrarse en un estado de excesivo enrarecimiento.

Por otro lado, sabía que no faltaban testimonios para demostrar la existencia de un límite real y definido de la atmósfera más allá del cual no hay absolutamente nada de aire. Pero una ocurrencia descuidada por quienes sostienen tal teoría me pareció, si no idónea de impugnarla completamente, digna de ser pensada seriamente al menos. Al cotejar los lapsos entre las continuas llegadas del cometa de Encke a su perihelio, y después de tomar en cuenta, debidamente, todas las alteraciones causadas por la atracción de los planetas, se estima que los períodos se están reduciendo gradualmente. Vale señalar que el eje mayor de la elipse dibujado por el cometa se está reduciendo en un lento pero regular proceso de disminución. Pues bien, esto debería ocurrir así si presumimos que el cometa sufre una resistencia por parte de un medio incorpóreo exageradamente enrarecido que ocupa el área de su órbita, ya que tal medio, al demorar la velocidad del cometa, debe aumentar la fuerza centrípeta amortiguando la centrífuga. Dicho de otra forma, la atracción del sol alcanzaría cada vez más intensidad y el cometa iría acercándose a él con cada revolución. No parece haber otra forma de exponer la variación señalada.

Pero hay más. Puede notarse que el diámetro real de la nebulosidad del cometa se reduce velozmente al acercarse al sol y se expande con igual velocidad al alejarse hacia su afelio. ¿No estaba justificado cuando supuse, con Valz, que esta figurada condensación de volumen es causada por una compresión del mencionado medio etéreo, y que se va haciendo más denso en proporción a su cercanía al sol? El fenómeno que altera la forma lenticular y que se llama luz zodiacal era también un tema que merecía atención. Este esplendor tan notorio en los trópicos, y que no se puede confundir con ningún resplandor meteórico, se ensancha oblicuamente desde el horizonte, alcanzando habitualmente, la dirección del ecuador solar. Me dio la impresión de que era el resultado de una atmósfera enrarecida que se expandía a partir del sol hasta más allá de la órbita de Venus por lo menos, y en mi parecer a una muchísima mayor distancia. Me negaba a creer que este medio ambiente estuviera limitado a la zona de la elipse del cometa o a la cercanía inmediata del sol. Por el contrario, era más sencillo imaginar que abarcaba toda el área de nuestro sistema planetario, condensada en eso que llamamos atmósfera de los planetas, y tal vez modificada en muchos de ellos por motivos simplemente geológicos. O sea, alterada o transformada, o en sus proporciones, o en su naturaleza esencial, por partículas volátiles que emanan de dichos planetas.

Ya aceptado este punto de vista, no dudé más. Dando por hecho que encontraría a mi paso una atmósfera sustancialmente similar a la de la superficie de la tierra, pensé que con auxilio del considerablemente ingenioso aparato de Grimm sería posible condensarla en cantidad suficiente para mis necesidades respiratorias. Esto descartaría el principal impedimento para un viaje a la luna. Yo había gastado mucho dinero y esfuerzo en modificar el instrumento para el fin requerido, y confiaba plenamente en su aplicación si me era posible cumplir el viaje dentro de un lapso de tiempo razonable. Y esto me lleva al tema de la velocidad con el que podría realizarlo.

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