En una clave similar, se encuentra el trabajo del arquitecto chileno Alejandro Aravena, al menos en lo que respecta a sus proyectos para viviendas sociales, en las que colabora desde el año 2000 con el ingeniero Andrés Iacobelli. Las construcciones se plantean como una respuesta a los bajos presupuestos para la vivienda popular en Chile, considerados por ellos como insuficientes. El nombre del proyecto es Elemental y consiste en construir y entregar al propietario solamente “media casa”, a la que llaman también “vivienda incremental”, para que sea el propio usuario quien la complete con sus propios recursos, o bien mediante la autoconstrucción. El argumento de Aravena se fundamenta en su idea de que con los bajos presupuestos para la construcción habitacional popular en su país, apenas el equivalente a diez mil dólares americanos, es mejor construir solamente los elementos básicos de la casa, como la estructura y las instalaciones, y dejar pendientes las demás habitaciones y los acabados, para que sean completados por los habitantes. El resultado es que solamente la mitad del área de la vivienda se entrega terminada y se dejan huecos sin muros ni fachadas entre cada par de unidades para crecimiento futuro. La primera aplicación de esta innovadora idea fue la construcción en 2003 del proyecto para un centenar de viviendas llamado Quinta Monroy en Iquique, Chile. Desde entonces, Elemental ha construido 2.300 casas en tres países: Brasil, Chile y México.
El proceso fue descrito elocuentemente por el arquitecto Aravena en un texto publicado en 2004 con el título “Elemental: Building Innovative Social Housing in Chile” (Elemental: Construyendo vivienda social innovadora en Chile),21 curiosamente publicado en el número 21 de la revista Harvard Design Magazine, el mismo volumen donde se publicó el texto de George Baird anteriormente citado. La edición de la revista se llamó “Rising Ambitions, Expanding Terrain: Realism and Utopianism” (Elevando ambiciones, expandiendo el campo: realismo y utopismo). Quizá sea aventurado afirmarlo, pero es muy posible que el proyecto Elemental, clasificado en la revista dentro del rubro “realista” en lugar de “utopista”, también coincida con muchos de los atributos de la arquitectura crítica, quizá no exactamente a la que se refiere Baird, pero ciertamente a los que nos referimos en el presente texto.
De algún modo, el espíritu crítico de las casas Dom-Ino y Citröhan, diseñadas por Le Corbusier en las primeras dos décadas del siglo xx, son el antecedente ideológico de los proyectos de Elemental por su condición incremental; a su vez, también algunas de sus características se relacionan con los conceptos aplicados por el estudio Lacaton y Vassal: su flexibilidad estructural, su eficiencia económica y su programa funcional indefinido, aun tomando en cuenta sus diferencias contextuales e históricas.
A pesar de la clara influencia de los conceptos de libertad estructural y economía de la construcción, que son aportaciones teóricas de Le Corbusier, en arquitectos actuales como Aravena, Lacaton y Vassal, sus modos de hacer arquitectura son distintos a los del maestro, ya que la postura de Le Corbusier fue determinista y absoluta, y buscaba la universalidad, mientras que ellos buscan la participación ciudadana en sus proyectos y contar con mecanismos democráticos, como el activismo vecinal, además de manifestar su claro interés en el contexto donde edifican.
Sería importante seguir buscando actitudes críticas similares en quienes diseñan y construyen en la actualidad. Si es posible identificar a estos arquitectos, no por las características formales de sus obras, sino por su postura frente a los problemas que les son planteados, quizá puedan aportar ideas o claves para mitigar la creciente y aguda crisis por la que atraviesa la arquitectura, mediante sus trabajos y reflexiones, e incluso a través de sus ocasionales omisiones, sin el riesgo de caer en un nuevo estilo arquitectónico o una moda pasajera. En tanto la arquitectura crítica no se reduzca a una imagen formal específica o a una lista de características taxonómicas estará a salvo de convertirse en un nuevo “ismo”. El carácter crítico de arquitectos de tiempos y procedencias también distintos ha dado resultados formales muy diferentes. Por lo tanto, se debe buscar el espíritu crítico de la obra en el pensamiento de su autor, no en sus volúmenes, colores, formas, ni espacios.
Para contribuir con esta búsqueda resulta conveniente retomar la discusión planteada hace medio siglo por el arquitecto italiano Giancarlo de Carlo (1919-2005). De Carlo, además de arquitecto, fue profesor, escritor y miembro del Team X, grupo opuesto a los principios de Congreso Internacional de Arquitectura Moderna (ciam). En 1969, en Lieja, dictó la conferencia “El público de la arquitectura”, que fue traducida al inglés y publicada al año siguiente como un artículo académico titulado “Architecture’s Public”.22 En dicho trabajo subraya el concepto central de su célebre aforismo: “La arquitectura es demasiado importante para dejarla en manos de los arquitectos”, poniendo en relieve la importancia de la opinión y la interacción de los usuarios frente al diseño formal del edificio. También en ese texto seminal, De Carlo critica el movimiento moderno y en particular al ciam de 1929, que se llevó a cabo en Frankfurt bajo el título de Vivienda mínima, en el cual los asistentes discutieron posibles soluciones para producir vivienda de forma masiva, concentrándose en cómo hacerlo y no en por qué hacerlo, evadiendo la reflexión existencial y cayendo en actitudes condescendientes con el sistema económico impuesto por el capitalismo neoliberal. Su pensamiento crítico radica precisamente en haber identificado la dicotomía conflictiva entre el ethos y el pathos de la arquitectura de su tiempo. De Carlo fue uno de los primeros teóricos en articular abiertamente sus diseños arquitectónicos con el aspecto político inherente a su profesión; nunca disoció su práctica de la ideología política, dado que ambas disciplinas debaten fines y valores sociales. Políticamente su época estuvo marcada por la resistencia contra el fascismo, que inició durante la Segunda Guerra Mundial y prosiguió con una actitud de rechazo a todos los sistemas totalitarios. De Carlo perteneció al movimiento anarquista de posguerra y se mantuvo como una figura antisistema, que cuestionaba la práctica arquitectónica y los círculos académicos por su predilección ante la forma y las imágenes lustrosas de los edificios por encima de la experiencia física del espacio y el beneficio social para los destinatarios finales de los proyectos.
arquitectura en crisis
La arquitectura que se hace actualmente se encuentra en una profunda crisis, como mencionamos anteriormente. De todas las obras que se realizan anualmente en el mundo, solo participan arquitectos en un porcentaje muy reducido, que puede representar hasta la décima parte del total de las construcciones, según la región del mundo que se tome para el análisis. Las causas son, por una parte, ajenas al gremio arquitectónico y, por la otra, son responsabilidad directa de los profesionales. La economía, la globalización y la política han propiciado un sistema capitalista neoliberal que, en general, ha prescindido de los proyectos arquitectónicos, a favor de la optimización de la producción industrial de viviendas, reduciendo la participación de la gran mayoría de los arquitectos, ocupándolos solo en las escasas obras icónicas que se construyen en las grandes ciudades. También muchos factores sociales han provocado la expansión informal de las ciudades, entre ellos la autoconstrucción, principalmente en países subdesarrollados, lo cual excluye la participación de los arquitectos en dichos procesos. Por su parte, los propios arquitectos han contribuido considerablemente a su propia exclusión, apartándose voluntariamente de las áreas profesionales que no les reportan beneficios palpables, como son las ganancias económicas, ni aquellos beneficios impalpables y simbólicos, como la notoriedad y la fama. El resultado es que hoy en día, solo una mínima parte de ellos trabaja en campos relacionados con su especialidad, mientras que la arquitectura culta, aquella que se publica en los medios informativos y que se discute en las academias, es desconocida por el público en general y no contribuye significativamente al bien común.
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