Luisa Valenzuela - Diario de máscaras

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Este libro puede leerse como un libro de viajes donde los paisajes. Y en el momento en que el lector curioso pide más, justo allí, Valenzuela ya lo está subiendo a otro avión para contarle otra historia de otra gerografía.

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Hay un remanso. Es el momento más conmocionante porque se ha hecho el silencio. Estamos frente a unos cúmulos de tierra sin marca y unos pocos hombres del mismo color sepia de la tierra se han puesto a cavar. De golpe del fondo del pozo salen los aullidos, ululantes, que festejan al cuerpo recién desenterrado en su mortaja de esparto, ya casi momificado. A las corridas el cuerpo es envuelto en una estera nueva y trasladado a toda velocidad al vientre del toro que aguarda. Y sin aviso alguno se enciende el fuego.

Primero lentamente, después con avidez, el fuego va devorando todo eso que fue madera y cuero dorado, y máscara de tigre o cuerno de oro, que fue ofrendas y perfumes y un ser humano que ya no es más.

Y allí estamos, la pequeña multitud observante, y lo único que nos aleja un poco de los alados toros ardientes es ese humo que se hace cada vez más denso entre los grandes árboles, convirtiendo el espectáculo en algo fantasmal mientras cae la tarde.

Después, deudos, oficiantes y el pueblo entero se retirarán a sus casas, o a desmontar los altares en el terreno sagrado. Lavarán sus sarongs. No quedará nada de la cremación, ni toros ni torres, ni techitos, ni plataformas. Solo algunos huesos calcinados que los deudos recogerán al día siguiente para llevarlos en solemne procesión y depositarlos en una urna que es como una cunita. Los de las castas altas se dirigirán al mar y los demás al río, para que el agua complete el trabajo del fuego. Ahora del muerto o de la muerta solo quedará su memoria y los buenos recuerdos; sus deudos no tendrán más pesar, el espíritu ha sido liberado para siempre. El pueblo se ha quedado purificado y podrán iniciarse los festivales del templo.

Y nosotros los observadores, que fuimos bienvenidos porque el lugar donde se lleva a cabo un ritual de semejante envergadura se transforma de suyo en el centro del mundo −y no es concebible un axis mundi sin extraños y afuereños− sentiremos que por esos pocos días alcanzamos a tocar una puntita del misterio. Estamos agradecidos.

Papúa Nueva Guinea

En mi primer viaje a Bali (1989), habiendo agotado mis días de permanencia en ese paraíso terrenal, llegué con tiempo al aeropuerto de Denpasar para enterarme de que mi vuelo a Sydney tenía una demorada de dos horas. Me quedé observando a los pasajeros hasta que detecté a una joven que tenía una actitud de calma amabilidad. Me acerqué a ella porque sentí que estaba imbuida del espíritu de la isla y le pregunté si no quería ir al festival en un templo frente al que había pasado yo un rato antes. Ella aceptó de inmediato. Tenía en su bolso de mano un par de esas fajas amarillas necesarias para poder ingresar a los templos, me prestó una y así fuimos a ver los bailes sagrados bajo las sombrillas también amarillas del templo y a escuchar el gamelán como un último adiós a ese país mágico. De regreso al aeropuerto tratamos de juntar nuestras últimas moneditas locales para compartir una cerveza. ¿Y esa?, me preguntó mi nueva amiga señalando la moneda extraña que tenía yo en la mano junto con las otras. Le dije que era de Papúa, y que me la había dado un amigo para la suerte porque yo había soñado con ir allí. ¿Y por qué no vas ahora?, me preguntó ella, reavivando mi deseo. Ahí no más decidí postergar mi retorno a casa y largarme a la aventura.

¿Qué hace una chica como yo en un lugar como este?, me pregunté un par de días más tarde, no sin cierta ironía y bastante aprensión, mientras marchaba cuesta arriba y cuesta abajo por las altas montañas del corazón de Papúa Nueva Guinea. Iba tras un supuesto guía, un aborigen de aspecto amenazador y dulce mirada, armado de un enorme machete. Yo había llegado a esa isla en el confín del mundo simplemente para conocer, y mi temor radicaba precisamente en la imposibilidad de conocer lo que más podía interesarme.

Mi guía, sin hablar palabra siquiera de ese horrible pidgin english allí llamado tok pisin , me iba mostrando bajo la llovizna una de las aldeas locales. Bella chozas de paja tejida como canastas, en un paisaje casi alpino con bananeros. Paisaje que quita el aliento, pero yo mi aliento lo tenía reservado para otras emociones y ¿qué hacía, entonces, siguiendo una ruta escueta por la que habrían transitado montones de turistas?

Está bien: la fauna local bastaba para sorprender a cualquiera, con sus canguros de árbol y los más bellos y extraños pequeños marsupiales de la tierra, animales de otras eras, y aves del paraíso, y los casuarios, esas aves feroces que pueden matar de una patada, el enorme casuario que allí funciona como por aquí el Rolex o el BMW, como un símbolo de estatus.

Pero yo quería otra cosa. Había hecho el viaje en Air Niugini desde Sydney, pasando por Port Moresby (pronúnciese Port Mosby), la fea capital, para ver a los hombres decorados con los rostros como obras de arte del más puro fauve que imaginarse pueda mente alguna. O, mejor aún, los mudheads , esos guerreros que bailan con máscaras-yelmo de barro, especie de gran nido de hornero con facciones seudohumanas y aterradoras, hechos en sus orígenes precisamente para eso, para aterrorizar al enemigo.

Pero aun en esas latitudes del desconcierto, donde habría de encontrarme con estrellas de mar de color azul iridiscente y bandadas de murciélagos que oscurecían el cielo, los hombres de colores o de barro no son cosas de todos los días, como se podría inferir al ver las fotos.

“Usted espera asistir a un sing-sing”, me dijo con más desprecio que piedad la estilizada y rubia australiana vestida con ropa de safari dueña del lodge donde fui a parar más allá de Mount Hagen, en las Western Highlands, las Tierras Altas del Oeste, para decirlo en traducción. “Esas son pretensiones de extranjeros, los sing-sing son algo muy especial, y fuera de la fiesta anual en agosto no es nada fácil encontrarlos, y además los aborígenes prohíben la asistencia de foráneos. Eso sí, cuando hay muchos pasajeros en el lodge solemos organizar una representación muy realista. Pero usted ahora es la única huésped, comprenderá que no podemos movilizar a la gente”.

Comprendí, pero no puedo decir que supe resignarme. Eso que había emoción y actividad en la zona: una guerra tribal. El escueto pasquín local advertía lo siguiente:

“Hay toque de queda en las áreas de Tambul-Nebilyer y Waghi, y está prohibida la portación pública de armas ofensivas tales como lanzas, arcos y flechas, hachas y cuchillos”.

Guerra quizá por culpa de los misioneros blancos que tanto desalentaron las ancestrales ceremonias moka, ahora llamadas sing-sing, “canta-canta” en tok pisin. Porque la ceremonia moka es una forma de retribución, de reparación, de regalo y a la vez una enorme manifestación de poder. Una forma elegantísima de enfrentarse con el enemigo en la cual no impera la violencia, todo lo contrario, donde el otro no queda vencido sino aplastantemente apabullado, viéndose a su vez obligado a reunir durante años elementos y cerdos y dinero y caracoles kina que son una forma del dinero, y cantidad de guerreros danzantes y comida para poder ofrecer a sus adversarios un sing-sing aún más esplendoroso.

Yo había hecho el viaje para ver algo de eso, y ahí estaba jadeando detrás del guía, recorriendo un poblado de aisladas chozas vacías. Los habitantes estaban cultivando papas dulces en las faldas de la montaña, con las caras lavadas o más o menos, sin rastro alguno de colores ni de bellas máscaras de paja colorida y trenzada con arte, especiales para el gran festival de la batata.

Al atardecer volví a la gran choza-hotel para tomar unas cervezas y recibir un premio consuelo: videos de la zona. Petrus Picks, nativo local, contestaría mis preguntas. Mi primera pregunta fue: ¿no habrá un sing-sing por acá, mañana o pasado? Y obtuve una respuesta negativa, naturalmente. Más tarde, Petrus puso la cassette titulado Primer Encuentro y pude ver cómo los hombres de esas mismas montañas ríspidas fueron “descubiertos” recién en l935, fecha en la cual debieron abandonar de un porrazo lo que los documentalistas llamaron la “edad de piedra”. No conocían ni el metal ni la rueda. Para no mencionar la filmadora a manivela con la que los registró uno de los buscadores de oro australianos que hasta allí llegó sin proponérselo. Todo parecía ir a pedir de boca entre aborígenes convencidos de enfrentarse con los espíritus de sus antepasados y los dos hermanos blancos seguros del poder de sus rifles, hasta que se armó la gresca y empezó la matanza de nativos.

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