Mariela González - Götterdämerung

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Europa, principios del XIX. Una época de cambios, de sentimientos encendidos que afloran en forma de nuevos ideales. Aunque lo cierto es que las cosas comenzaron a ser diferentes mucho antes: el día en que se abrieron los Senderos, los seres feéricos empezaron a convivir con los humanos, y los mismos dioses reclamaron su lugar como gobernantes legítimos de las naciones del continente.Viktor DeRoot, como tantos otros poetas y artistas diletantes, busca su fortuna en Heidelberg. Pero hay algo que le diferencia: es uno de los pocos que saben emplear la Alta Poesía, la disciplina capaz de convertir los versos en herramientas para manipular la realidad. Es por ello que tiene una visión muy diferente del mundo que le rodea… bueno, y quizás también por llevar en su ojo derecho el corazón de su amigo Gus, un trasgo de Galiza. El mismo que guarda el alma de Viktor en un tarro vacío. Cosas que pasan en una noche cualquiera, en un encuentro casual.La Alta Poesía es un conocimiento preciado y peligroso a partes iguales, y por mucho que Viktor quiera mantenerse alejado de ella y rehuir los errores de su pasado, se verá envuelto en intrigas, traiciones y juegos de máscaras que le obligarán a asumir un papel que nunca hubiera imaginado para mantener el orden del mundo.

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—Es... Diemisser, el bibliotecario de la universidad.

****

Bajamos en silencio las escaleras. En silencio también descendimos por la calle, con el sonido de la ciudad que se despertaba: el agua de los cubos derramándose por los balcones, los lecheros proclamando su mercancía fresca, los estudiantes que se afanaban por llegar temprano a clase. Tan solo nuestros zapatos hablaban, resonando sobre el empedrado en una extraña música sin coordinación.

Aquel silencio se me clavaba más que cualquier palabra afilada, más que cualquier reproche que hubiera podido proferir mi compañero. Era casi una jugarreta del destino, una metáfora amarga y malintencionada: que tuviera que ir a recuperar su alma al lugar que había devorado sus sueños y esperanzas. Sabía que aquello lo enfurecía más que el extravío en sí.

—Maldita sea, Vik—tuve que decirle al fin, al cabo de un rato, a aquella espalda que avanzaba presurosa frente a mí—. Te juro que si hubiera sabido quién era ese hombre no habría jugado contra él. No habría apostado la chaqueta... si hubiera recordado que el tarro estaba dentro, ¿vale? Se me olvidó. Lo siento.

No hubo respuesta. Quizás me ignoraba, o quizás se había recluido en aquel pozo sin fondo de su mente, su refugio inaccesible. Ni siquiera la íntima conexión que compartíamos me permitía llegar hasta él en esos momentos.

Después de ascender algunas callejuelas todavía solitarias llegamos a la plaza y hallamos ante nosotros el imponente edificio de la universidad. Era un coloso, el guardián de la ciudad, cuya presencia se sentía allá donde fueses, sobresaliendo entre los edificios. Jóvenes inquietos y profesores avinagrados desaparecían bajo los umbrales de sus múltiples bocas. El conocimiento exudaba de las paredes blancas y las ventanas, se filtraba en el mismo aire de Heidelberg, embargándolo todo con el aroma del progreso. Su florecimiento se había iniciado dieciséis años atrás, gracias al gran duque de Baden, después de una prolongada decadencia. 1803 había marcado el resurgir del academicismo en Heidelberg; poco a poco, la ciudad iba adquiriendo protagonismo indiscutible como el corazón que bombeaba conocimiento a los estados de la recién creada Confederación Germánica.

Para Viktor, en cambio, era la imagen de su fracaso más amargo.

—Bueno... —empecé a decir, cuando nos detuvimos un instante—. Quédate aquí si quieres. No creo que tarde mucho...

—Ni hablar —respondió él, contra todo pronóstico—. Vamos los dos.

Comenzó a andar hacia la puerta de la biblioteca, el edificio anexo, como si el suelo le quemara. Lo seguí hasta situarme a su lado. Él se caló el ala del sombrero hasta que su rostro se volvió anodino en la sombra. Le preocupaba que alguien lo reconociera, algún antiguo profesor tal vez, pero nadie se fijó en nosotros mientras recorríamos la plaza y entrábamos por el portón. Subimos hasta la sala de lectura, siempre con aquel ronroneo constante en los pasillos, el murmullo de los estudiantes que compartían impresiones, confidencias o cotilleos. De tanto en tanto, alguno de los vigilantes voluntarios chistaba una advertencia para que bajaran la voz, lo cual sucedía durante un par de minutos. En un lateral, al final de la sala, estaba el escritorio de Janus Diemisser. Parapetado tras grandes torres de estanterías, camuflado allí donde las lámparas del techo no alumbraban, siempre huraño en el cumplimiento de sus tareas. Recordé entonces lo que el tipo había confesado la noche anterior, durante la partida: cuando le llegara la hora, deseaba que fueran aquellas estanterías las que lo mandasen al otro barrio. Sepultándolo sin más. No imaginaba mayor felicidad que desaparecer entre aquellas toneladas de palabras y de sabiduría que constituían su día a día.

Nos plantamos frente a él y Viktor se quitó el sombrero por vez primera. Diemisser levantó la nariz de comadreja del libro de registros que leía. Primero me miró a mí y ensayó un gesto burlón; después dirigió la vista hacia mi compañero y su sonrisa se agrió. No le di la oportunidad de hablar.

—Qué tal, Janus —saludé, jovial—. Te acordarás de mí, espero, si es que el alcohol ya se te ha evaporado de la sesera. Buena partida la de anoche.

—Bastante buena para mí, ya lo creo —me replicó—. ¿A qué habéis venido, herr Gustavo? Veo que todavía calzáis zapatos, ¿queréis acaso apostar con ellos?

—Os los daría gustoso —intenté que la sonrisa no se borrase de mi cara—, siempre que accedierais a hacer un trueque. El caso es que necesito recuperar algo que perdí anoche. La chaqueta.

—¡Vaya! —El bibliotecario se echó hacia atrás, cruzando los dedos sobre la barriga—. No esperaba esto de vos. Pensaba que tendríais mejor perder.

—Perdí, sí. Vamos a saltarnos la parte del sarcasmo, ¿de acuerdo? Es necesario que esa chaqueta vuelva conmigo. Seguro que tienes alguna mejor.

—No sé qué deciros... —El tipo apoyó la mejilla en la mano derecha y miró al techo, fingiendo que reflexionaba—. Es una buena chaqueta, la verdad. Es de Viena, por lo que dice el bordado del cuello. Y ahora que viene el frío...

El golpe en la mesa nos sobresaltó a ambos. Viktor apoyó las dos palmas sobre la reluciente superficie, entrecerró el ojo izquierdo al descubierto. Tuve que reprimir un gemido; noté el pinchazo de su ira a través de mi corazón, bajo el parche que le cubría la cuenca derecha.

—Había algo dentro. Lo sabes. Una lata de judías —espetó al bibliotecario, en un tono que hizo que se girasen varias cabezas en la sala y en la balaustrada sobre nosotros—. Dime dónde demonios la tienes, y por tu bien espero que no la hayas tirado.

—Maldito chiflado... —Janus gruñó, miró la mesa con preocupación por si había quedado algún arañazo—. No, no sé nada de una lata. Antes he mentido. La chaqueta es una basura, así que la metí en un saco con otro montón de ropa vieja y me deshice de todo ello esta mañana. —Hizo una pausa, contempló nuestras caras aterradas y sonrió con maldad; se olía que algo iba mal y disfrutaba, sin duda—. Lo dejé en la tienda de Sigmund Bocchier. Paga una mierda, pero menos da una piedra.

»¿Qué más queréis? —añadió, después de otro breve silencio. Ni Viktor ni yo nos movimos, intentando asegurarnos de que no nos engañaba—. Ya os lo he dicho, podéis largaros a por esa chaqueta piojosa. ¿O es que acaso vas a hacer algo más, DeRoot? —Se inclinó hacia delante, esta vez dirigiéndose solo a mi compañero—. ¿Vas a enfadarte y montar otra de las tuyas? Inténtalo. Puedo chasquear los dedos y en menos de un minuto tendrás aquí a diez profesores dispuestos a darte una paliza.

Temí que Viktor enfureciera, aunque desde luego no en los términos que Diemisser esperaba. Pero me dije a mí mismo que lo apoyaría si ello sucedía. Sin embargo, mi amigo no respondió a la provocación. Antes bien, pareció relajarse. Retrocedió, volvió a calarse el sombrero y se tocó el ala a modo de despedida.

—Gracias, Janus, por la información. Y por la advertencia, claro. La visión de diez carcamales golpeándome con sus birretes para echarme, mientras intentan no morir de un infarto mientras lo hacen, es demasiado para mí. Creo que me iré por mi propio pie. Vamos, Gus.

****

Debo reconocer que al principio aquella especie de simbiosis me resultaba muy desagradable. Pronto me di cuenta de que sentía la esencia, las emociones, la vida de Viktor como si fuera un pequeño parásito alojado en mi mente. Era como tener dos cabezas. Si se enfadaba, si estaba triste, si se preocupaba en exceso (algo a lo que era proclive), todo aquello me sacudía como el embate de una ola y ofuscaba mis propios sentidos. Escuchaba lo mismo que él. Mi barriga se llenaba cuando la suya lo hacía. En las primeras horas, aquel torbellino me puso muy nervioso. Llegué a arrepentirme de haber sobrevivido a los lobisomes si debía pagar semejante precio y acabar desquiciado.

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