La anterior afirmación colige hacer un acercamiento a la cultura no desde los valores y comportamientos que un colectivo comparte, sino desde la función subjetiva que trae el lenguaje y sus significados. En esa medida, los conceptos y su sentido no son meras abstracciones de objetos que existen en la realidad, sino que tienen una conciencia intencional. El anterior análisis de los alcances de Frege y Wittgenstein conducen a confirmar que existe una relación entre la filosofía del lenguaje y la realidad social y política; es decir, el lenguaje está siempre situado en una realidad que deviene de las implicaciones, condiciones y cambios culturales que lo determinan.
El lenguaje y el giro lingüístico
Frente a esta confirmación, el reto principal que nos interpela es la aparente neutralidad del lenguaje que intenta generalizar el significado que provee a la realidad. La interacción social endémica a la configuración del significado del lenguaje supera cualquier intento de lograr una expresión desde este que se denomine universal, a pesar de ser vehículo genérico para la interacción entre los individuos que componen un colectivo.
El trabajo de Kristeva (1997), “Bajtín, la palabra, el diálogo y la novela”, sobre la semiótica y la crítica al desarrollo del estructuralismo y el pensamiento posestructuralista, concede un primer acercamiento al lenguaje de la diferencia4, en la medida en que recuerda que todo texto como productividad, desplazamiento y escritura implica, al mismo tiempo, al productor y al receptor en la construcción del sentido.
La intertextualidad fue utilizada por Kristeva (1997) como una noción frente al modo de estructurar la totalidad de la realidad: “Todo texto se construye como mosaico de citas, todo texto es absorción y transformación de otro texto. En lugar de la noción de intersubjetividad, se instala la de intertextualidad, y el lenguaje poético se lee, al menos, como doble” (p. 3). El concepto de intertextualidad disuelve la idea del texto como una unidad cerrada y establece la noción de que este último siempre está en relación con otros. Esta clase de semiótica tiende a superar los defectos inherentes al estructuralismo —estatismo y no historicismo—, con lo cual se inicia un cambio metodológico que potencia el trabajo filosófico de análisis del lenguaje.
El lenguaje supera así las perspectivas tradicionales que lo enmarcan como condición originaria necesaria para la apropiación de la realidad. Desde varios marcos de referencia, se plantea el interrogante que a su vez sirve de elemento convergente entre los diferentes temas: ¿cómo supera el lenguaje sus límites en tanto lenguaje? La idea que afirma que este codifica una visión del mundo neutral y homogénea se adscribe a la certeza de que está situado en una serie de relaciones de poder. La tradición de la filosofía del lenguaje defiende que todo lenguaje en cuanto fenómeno tiene como tema central el uso que de él se da; y ello implica concebir sus propiedades estructurales y constitutivas de la conciencia, así como una estructura lingüística que revela el sistema de patrones objetivos con valores específicos en la producción social de significado, desplazando así la idea de que existe un universo objetivo e independiente.
El giro lingüístico —the linguistic turn— tuvo inicio con los trabajos de Frege y su exploración por la identidad de una proposición numérica a partir de los cuestionamientos de Russell. Sin embargo, fue Wittgenstein el que inauguró en la tradición filosófica el estudio del lenguaje como estructurante de la realidad, en lugar de concebirlo como simples etiquetas ligadas a conceptos. El giro lingüístico propuesto por la filosofía continental demostró que el lenguaje constituye la realidad; no obstante, esa realidad está compuesta y definida por las diferencias entre los objetos que nos rodean. En otras palabras, los conceptos de algo no pueden existir sin ser nombrados, pues son las diferencias las que estructuran nuestra percepción, lo cual tiene lugar en el momento en que los símbolos nos conceden las características propias de un objeto cualquiera. El sistema simbólico del lenguaje es reconocido entonces como condición necesaria para concebir y comprender la realidad, pues los símbolos tienen significado y estos son estructurados por el lenguaje.
Por otro lado, Butler (2004), en Lenguaje, poder e identidad, aborda la cuestión performativa del lenguaje desde varios escenarios políticos donde es posible reconocer la “vulnerabilidad lingüística”, y de este modo desarrolla su postura principal: “El que habla está siempre de algún modo fuera de control” (p. 36). Esta vulnerabilidad lingüística cuestiona la eficacia del lenguaje y abre la posibilidad de que sus propósitos originales produzcan una inversión en sus efectos; es decir, desactivar el contralenguaje y su fuerza para demostrar la posibilidad de agencia del lenguaje, pues todo acto tiene una consecuencia política.
Para llegar a tal punto, Butler retoma la teoría de los actos de habla de Austin y la reformulación crítica del performativo en Bourdieu, a partir de lo cual logra examinar el performativo del habla como conducta. El trabajo de la filósofa posestructuralista contribuye a percibir el lenguaje como una herramienta cultural situada en una especificidad que supera la universalidad, y desde donde es posible explicar que los cambios culturales que ocurren a través del lenguaje logran sustentar derechos políticos y sociales. Cuando hablar es actuar, de manera inmediata el significado del lenguaje conlleva una subordinación de la persona a quien se dirige: la pornografía, el racismo, el odio tienen un poder performativo como condición lingüística y reafirman que los seres humanos, en cuanto seres lingüísticos, se constituyen en seres políticos (Aristóteles, 2007; Arendt, 2007).
El poder performativo del lenguaje es una condición para la ciudadanía desde el punto de vista político; sin embargo, el sentido de igualdad entre los participantes no logra que los seres sean políticos en su totalidad. Dicho de otro modo, como condición necesaria, el poder performativo no puede quedar subordinado a una mera descripción de la realidad, ya que su función es la de proveer agencia política a los individuos, pues estos son actos en sí mismos.
De este modo, el lenguaje de la diferencia supera al lenguaje de la igualdad, pues la claridad terminológica produce un uso común del significado de los términos en cuestión. Butler entiende el género como un “estilo corpóreo”, un acto que representa una ideología y una historia que existe más allá del sujeto que promulga alguna convención. En consecuencia, el género no es una construcción natural, concepción que permite luchar por los derechos de identidades oprimidas gobernadas por la normatividad heterosexual. Dado que estas normas son históricas y construidas socialmente, pueden ser retadas y transformadas a través de los actos performativos del lenguaje.
Asimismo, el lenguaje permite y autoriza fracturas sociales que inicialmente cuestionan la naturaleza predeterminante de las llamadas cualidades innatas y universales, y que posteriormente desmantelan las verdades generalizadas acerca de lo que significa ser sujeto político. Una vez las definiciones de hombre y mujer son liberadas de la predeterminación biológica, estas comienzan a designar posibilidades ontológicas que construyen un sujeto ya no desde la dicotomía “uno-otro”, sino a través del espacio “entre dos”.
En este punto resulta pertinente el texto de Irigaray (1992): Yo, tú, nosotras, donde se invita a tomar distancia ontológica de aquellos sistemas de pensamiento que construyen la identidad arbitrariamente:
Rechazar hoy día toda explicación de tipo biológico —porque la biología, paradójicamente, haya servido para explotar mujeres— es negar la clave interpretativa de la explotación misma. Ello significa también mantenerse en la ingenuidad cultural que se remonta al establecimiento del reino de los dioses-hombres. […] Así pues, para obtener un estatuto subjetivo equivalente al de los hombres, las mujeres deben hacer que se reconozca su diferencia. (p. 44)
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