Arthur Machen - La casa de las almas

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Quizá ninguna otra figura encarne mejor la transición de la tradición gótica al horror moderno que Arthur Machen. En la última década del siglo XIX, el escritor galés produjo un cuerpo seminal de relatos de horror y de lo oculto, de corrupción espiritual y física, y de sobrevivientes malignos del pasado primigenio, que horrorizaron y escandalizaron a los lectores de finales de la era victoriana. La casa de las almas es una colección de cuatro obras maestras del horror y el misterio, publicadas por primera vez en un solo volumen en 1906: «Un fragmento de vida», «La gente blanca», «El gran dios Pan» y «La luz más recóndita». En palabras de Stephen King, «„El gran dios Pan“ es el mejor relato de terror que se ha escrito en lengua inglesa»; para Guillermo del Toro, es prueba fehaciente de que «el mal nunca reposa: está gestando». «Arthur Machen puede, alguna vez, proponernos fábulas increíbles, pero sentimos que las ha inspirado una emoción genuina. Casi nunca escribió para el asombro ajeno; lo hizo porque se sabía habitante de un mundo extraño.» Jorge Luis Borges «Entre los creadores modernos del horror cósmico elevado a su punto artístico más alto, pocos pueden tener la esperanza de rivalizar con el versátil Arthur Machen, autor de una docena de relatos en donde los elementos de terror oculto y amenaza siniestra alcanzan una incomparable esencia y agudeza realista.» H.P. Lovecraft

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La dicotomía entre sexualidad y espiritualidad sólo puede arraigarse en países fundados sobre principios puritanos, países que no se ríen del Diablo porque también sería burlarse de Dios.

Machen registró estos artículos de la fe con gran fervor, como un explorador en un solitario universo espiritual. Abandonó la seguridad de sus humildes aposentos, la santidad de su nombre verdadero y la fachada de sofisticación metropolitana para alcanzar una visión extática. Al igual que Lovecraft, creía en la naturaleza transitoria de nuestra acción en este mundo y en la ferocidad inexorable del cosmos.

Este miedo también vincula tenuemente a Machen con aquel otro gran anticuario, M. R. James, pero en su caso lo que condena a sus personajes no es la arrogancia de la erudición, sino la curiosidad y el destino. A diferencia de Machen, James aborda apariciones de tal especificidad que jamás aluden a una perspectiva más amplia. Sin embargo, ambos parecen compartir la convicción de que nuestra condena yace en nuestro pasado, en los pecados de nuestros antepasados. En “El gran dios Pan”, la fecundación y maldición de un personaje florecen en la siguiente generación. El mal nunca reposa: se está gestando.

Las interpretaciones freudianas de estos temores, enfocadas en imágenes de fertilidad, feminidad y la tierra, en mi opinión no acaban de entender el punto y sólo pueden esgrimirse como argumentos reduccionistas. Los filósofos, escritores y artistas rara vez son seres humanos exitosos en lo emocional. Una conexión más interesante surge del hecho de que el miedo puede reconocerse como una sensación eminentemente espiritual. Aquí hay un lado más oscuro de la fe, si se quiere, pues ¿qué es la fe sino la creencia en aquello que no se puede demostrar ni racionalizar?

Machen sabía que aceptar nuestra insignificancia cósmica es alcanzar una perspectiva espiritual y finalmente darse cuenta de que sí, todo está permitido. Y de que por muy malvados o perversos que podamos ser, en algún lugar, en un reino caído en el olvido, un Dios enloquecido nos espera, burlándose… y listo para abrazarnos a todos.

GUILLERMO DEL TORO

INTRODUCCIÓN A LA EDICIÓN DE 1922

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FUE EN ALGÚN MOMENTO, me parece, hacia el otoño del año 1889, cuando se me ocurrió que quizá podría tratar de escribir un poco en el estilo moderno, pues hasta entonces yo había usado, por así decirlo, un disfraz literario. El inglés rico y florido de la primera parte del siglo XVII siempre tuvo para mí un atractivo peculiar. Me acostumbré a escribir así, a pensar así; llevaba un diario en ese estilo y un poco inconscientemente ataviaba mis pensamientos cotidianos y experiencias normales con el hábito del caballero o los divinos carolinos. 1Así, cuando en 1884 me encargaron traducir el Heptamerón, me vino muy natural escribir en el lenguaje de mi periodo favorito y, como declaran algunos críticos, hice una versión en inglés un poco más anticuada y tiesa que el original. También La anatomía del tabaco fue un ejercicio en torno a la Antigüedad, pero de otro tipo; y La crónica de Clemendy fue un volumen de relatos que intentaban con todas sus ganas ser medievales; y la traducción de Le Moyen de parvenir seguía siendo una cosa en modalidad antigua.

Parecía, in fine, decidido que en literatura yo sería un aferrado a las eras pasadas; y no sé bien cómo logré separarme de ellas. Acababa de traducir Casanova —más moderna, pero aún no completamente al día— y no tenía nada especial en puerta, y de uno u otro modo se me ocurrió que podría tratar de escribir un poco para los periódicos. Empecé con un turnover, como se llamaban, para el viejo y desaparecido Globe, un articulito inofensivo sobre viejos proverbios ingleses; y nunca olvidaré el orgullo y el deleite que sentí cuando un día, estando en Dover, con un fresco viento otoñal que llegaba del mar, compré el periódico por casualidad y vi mi ensayo en primera plana. Como es natural, eso me animó a perseverar, y escribí más tur novers para el Globe y luego probé en la St. James’s Gazette y descubrí que ellos pagaban dos libras en vez de la guinea que daban en el Globe, así que de nueva cuenta, como era natural, dediqué la mayor parte de mi atención a la St. James’s Gazette. A partir del ensayo o artículo literario de algún modo me hice el hábito de escribir cuentos, y escribí bastantes, aún para la St. James’s, hasta que en otoño de 1890 escribí un relato titulado The Double Return. Bueno, Oscar Wilde me preguntó:

—¿Usted es el autor de ese cuento que alborotó el gallinero? Me pareció muy bueno.

Sí alborotó el gallinero y la St. James’s Gazette y yo terminamos. No obstante, seguí escribiendo cuentos, ahora sobre todo para lo que llamaban periódicos “de sociedad”, que ya no existen. Y uno de esos cuentos apareció en un periódico cuyo nombre hace mucho que olvidé. Yo había llamado al relato “Resurrec tio Mortuorum”, y el editor, con mucha sensatez, le cambió el título a “La resurrección de los muertos”.

No recuerdo con claridad cómo empezaba el cuento. Me inclino a pensar que era algo más o menos así:

El viejo señor Llewellyn, el anticuario galés, arrojó al suelo su ejemplar del periódico de la mañana y golpeó la mesa del desayuno, exclamando:

—¡Por Dios! Al último de los Caradoc del Garth lo ha casado un pastor disidente en una capilla bautista; en algún lugar de Peckham.

O bien retomaba el cuento unos años después de ese feliz acontecimiento y mostraba al joven empleado comercial perfectamente alegre, que una mañana corre demasiado rápido para alcanzar el autobús y se siente aturdido todo el día en su trabajo de oficina, y vuelve a casa un tanto abstraído, y luego, a la entrada de su propia casa, recupera, por así decirlo, su conciencia ancestral. Me parece que ver a su esposa y oír los tonos de su voz fue lo que de repente le anunció, con el sonido de una trompeta, que él no tenía nada que ver con esa mujer y su acento cockney , ni con el pastor que venía a cenar, ni con la quinta de ladrillo rojo, ni con Peckham ni con la ciudad de Londres. Aunque el antiguo lugar a orillas del Usk se había vendido hacía cincuenta años, incluso así él era Caradoc del Garth. No recuerdo cómo terminaba el relato, pero ésa fue una de las fuentes de “Un fragmento de vida”.

Y de alguna manera, aunque el relato se escribió y se publicó y se pagó, se me quedó rondando como una historia contada a medias entre 1890 y 1899. Estaba enamorado de esa idea: el contraste entre el crudo suburbio londinense y su vida de estrechez y limitación, con sus viajes diarios a la Ciudad; su absoluta banalidad y falta de sentido; entre todo esto y la antigua casona gris con parteluces en las ventanas bajo el bosque cerca del río, el escudo de armas en el porche jacobino y las nobles tradiciones antiguas; lo anterior me cautivaba y a intervalos pensaba en mi historia mal contada, mientras escribía “El gran dios Pan”, La mano roja , Los tres impostores, La colina de los sueños, “La gente blanca” y Jeroglíficos. Se quedó en el fondo de mi mente, supongo, todo el tiempo, y por fin, en 1899, empecé a escribirla otra vez desde una perspectiva un tanto diferente.

El hecho es que, una mañana gris de domingo en marzo de ese año, salí a dar una larga caminata con un amigo. En esos días yo vivía en Gray’s Inn, y deambulamos por la carretera a Gray’s Inn en una de esas curiosas exploraciones no científicas de los rincones raros de Londres que siempre me han fascinado. No creo que hubiera ningún plan muy definitivo, pero resistimos numerosas tentaciones, ya que a la derecha de la carretera a Gray’s Inn está uno de los barrios más raros de Londres para aquellos, claro está, que tienen los ojos abiertos. Ahí hay calles de 1800-1820 que bajan hasta un valle —Flora de La pequeña Dorrit vivía en una de ellas— y luego, cruzando la carretera a King’s Cross, suben muy empinadas hasta alturas que siempre me hacen pensar que estoy en los barrios pobres y marginados de un gran lugar en la costa, y que de las ventanas del ático hay una buena vista del mar. Este lugar alguna vez se llamó Spa Fields, y de manera muy adecuada cuenta entre sus atracciones con un viejo recinto de culto de la Conexión de la Condesa de Huntingdon. Es una de las partes de Londres que me resultarían atractivas si quisiera esconderme no para escapar de un arresto, quizá, sino más bien de la posibilidad de llegar a encontrarme con cualquiera que en su vida me hubiera visto.

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