Su falta de pecado, de separación respecto al orden natural y universal, la hace virgen y no obedece otra voluntad distinta a ser. Debemos observarla para aprender de ella acerca de cómo debemos volver a vivir. Nuestro cuerpo habla su idioma, el idioma de la biología, pero en el fondo, lo que verdaderamente somos está regido por el mismo orden divino: la energía padre, energía de amor en expansión.
Cuando estamos ante un entorno natural y no somos capaces de sentir la conexión con la naturaleza, algo no anda bien en nosotros. Debido a nuestra intrínseca conexión con ella, una manera de restituir la paz espiritual puede surgir por medio del perdón, en el mero hecho de reconocer en nosotros que no la sentimos como parte nuestra. Podemos reconectarnos al caminar descalzos, pasar tiempo con ella, respirar su aire, sintiendo sus olores, alimentarnos de productos frescos y orgánicos, abrazarnos a los árboles, tomar un baño en un río, meditar en él... La naturaleza ya es medicina y hacia eso es a donde vamos.
Cuando el ser humano soñó que perdió su «fuente», comenzó a creer que la vida no era suficiente en sí misma. Eso generó el mundo desarrollado tal y como lo conocemos hoy en día, alejado y desconectado de la naturaleza. Sin embargo, la «fuente» nunca la hemos perdido, y de la misma manera que hace que en un espacio de naturaleza virgen no deje de brotar vida y de expandirse, puede actuar también desde adentro de nosotros.
El problema es que elegimos constantemente ahogar la voz que procede de esta fuente porque al ver la manifestación del mundo del ego y considerarlo como la única alternativa, no sabemos que hay otra alternativa, o, mejor dicho, no la recordamos. La destrucción del planeta no más que el reflejo de nuestro desorden interno.
Cuando vibramos en amor, servimos a la expansión de una misma energía en unidad, la energía de amor que proviene de la «fuente» de todo lo que existe. Desde esta conciencia el ser humano sería incapaz de coger de ella más de lo que necesita. Por su parte, la propiedad privada, así como el dinero es un invento del hombre. La vida se rige por otras leyes y es necesario conocerlas para encontrar esa alternativa y vivir de forma impecable y auténtica.
En lugar de ser un lobo con piel de cordero, se trata de descubrir nuestra inocencia para poder ser como Dios dentro y un manso afuera. Y desde ese estado de compleción interior, relacionarnos desde la abundancia que somos.
¿No es esta alternativa mucho más seductora que la invitación del mundo a acumular?
Sólo así es posible amar incondicionalmente, dejando de buscar el interés particular, al ser ya conscientes de que lo tenemos todo.
Estás vivo, luego existes
Este primer capítulo tiene como propósito conectar con una verdad fundamental. Es el hecho de que estás vivo y existes y tiene que tener un propósito ahora. No importa lo que tú creas, pues eso es algo que está más allá de lo que tú puedes determinar. Eres tal como te crearon, más allá de las ideas que tengas de ti mismo.
Observa cómo estás sujeto a una gravedad que te mantiene firme sobre la tierra. Además, dispones de aire para respirar y tu corazón late sin que tú tengas que hacer nada. La madre tierra te proporciona el agua, los alimentos y las medicinas que necesitas para garantizar tu salud y una buena vida. La naturaleza recoge tus desechos y los utiliza para volver a proporcionar vida. Todo está ahí para ti, el canto de los pájaros, la belleza de un paisaje, el frescor de la lluvia, la luz del sol, el calor del fuego, el olor de la montaña... pero es muy posible que todos estos detalles pasen desapercibidos cuando andamos dormidos en nuestro mundo mental. De momento, toma esta información como lo que es, una pista para recordar tu original estado de Ser.
Volver a Ser implica reconectarse con la naturaleza, y si bien no sabes cómo, puedes empezar por querer respetar lo que desconoces. De esa manera pides y te predispones a utilizar a la naturaleza como guía. Tomarás conciencia de la ignorancia del ser humano por darle la espalda a la naturaleza. No hay nada que el ser humano pueda construir que sea comparable a la armonía del entorno natural, donde se pueda tomar a la naturaleza como testigo y maestra para inspirar el amor con el que deberían desarrollarse todas nuestras relaciones.
Todo el origen de la vida proviene del mundo espiritual y la ignorancia nos ha hecho perder el foco sobre cómo vivir. Podemos conectarnos directamente a la «fuente» de la que todo brota en la materia para que la abundancia del universo y de la naturaleza se exprese a través de nosotros. Debido a la certeza de esto, no tiene sentido coger más de lo que necesitamos.
Tal es el tamaño de nuestro olvido que lo que parece obvio, como es sentir el amor de la naturaleza y comunicarnos con ella, nos parece una locura y lo que es la locura de la separación nos parece algo normal. Por lo tanto, te diré, si es tu caso, que haces bien al extrañarte de la supuesta «normalidad» del mundo atribulado, infeliz y atropellado. El cambio de experiencia al que apunto en este libro depende de que escuches la voz de la intuición que te dice que el mundo que ves no es tu verdadero hogar.
Hubo un momento en la historia de la humanidad, hace unos seis mil años, que algunos autores denominan «la caída», en el que pasamos de ser seres despiertos, un estado en el que las personas sentían una fuerte conexión con la naturaleza y el cosmos, a concebir la separación, con un nuevo sentido del yo, caracterizado por la individualidad.
A nivel interno el mundo se «desespiritualizó» y pasamos de un estado natural de armonía a un estado de ansiedad y discordia, en el que nuestros propios deseos y necesidades como individuos comenzaron a tener prioridad sobre el bienestar del grupo. Al mismo tiempo, esa separación que sentimos también se extendió incluso al cuerpo. En lugar de verlo como una parte integrada de nuestro ser, comenzamos a concebir un yo como una especie de entidad atrapada dentro de un cuerpo que, de alguna manera, nos era extraño o ajeno. Nuestro sentido de identidad quedó reducido a un enfoque muy estrecho: el de nuestro ego.
Por primera vez se experimentaba en un espacio mental, mientras que el resto de la realidad quedaba «ahí fuera», separada de ellos mismos. En lo externo este cambio se manifestó de muy diversas maneras: un aumento masivo de la brutalidad, de los conflictos y de la opresión. Dio lugar a sociedades jerárquicas y a guerras constantes entre grupos. Condujo a la opresión de las mujeres y a una nueva actitud hacia el sexo totalmente represiva y llena de sentimientos de culpa.
Algunos autores creen que cuando se produjo «la caída», nuestra percepción se automatizó como una medida de ahorro de energía y pasamos de sentir la unidad que conformamos con el mundo natural y el cosmos a percibir objetos de los que podíamos abusar para todos nuestros fines, perdimos con ello el significado y la armonía de muchos pueblos aborígenes en el mundo y la sensación de hogar en la Tierra. El mundo se convirtió en un espacio vacío entre el nacimiento y la muerte.
El despertar espiritual es el proceso a través del cual se restituye la separación, al sentido de conexión y armonía de los pueblos primigenios. A diferencia de lo que sucede en el estado dormido, los pueblos indígenas y las tribus prehistóricas tenían una intensa percepción de su entorno. Por contraposición, el yo egoico presenta unos límites muy robustos y muy bien definidos y los individuos viven en su propio espacio mental, abstraídos en sus pensamientos. Esto provoca que nuestra experiencia del mundo sea menos directa e inmediata. El potente sentido del ego y la charla mental incesante consume una enorme cantidad de energía, y como resultado de ello, queda poca energía disponible para usarla en los procesos de percepción.
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